Vadim Repin Nikolai Lugansky Bartok Brahms Debussy Prokofiev 18/03/2013

Dos no son multitud

 

Lunes, 18 de Marzo de 2013. Teatro Gayarre de Pamplona. Vadim Repin, violín. Nikolai Lugansky, piano. Bela Bartok: Rapsodia para violín y piano número 1, BB 94, Sz 86, (1926). Johannes Brahms: Sonata para violín y piano número 3 en Re menor, Op. 108, (1888). Claude Debussy: Sonata para violín y piano en Sol menor, L. 140, (1917). Sergei Prokofiev: Sonata para violín y piano número 1 en Fa menor, Op. 80, (1946). Concierto inscrito en el Ciclo Grandes Intérpretes organizado por la Fundación Municipal Teatro Gayarre 2012-2013.

 

El polémico crítico Ángel Carrascosa ha escrito muchas veces que las grandes obras de la literatura para dos instrumentos sólo son adecuadamente interpretadas cuando hay dos intérpretes excepcionales en sus propios instrumentos. Un pianista mediocre acompañando a un violinista divo, algo habitual, o la alianza de dos instrumentistas sólo eficientes, por muy bien compenetrados que estén, nunca pueden alcanzar ese nivel.

Cuando escuchamos a Repin y Lugansky el comienzo de la Primera rapsodia de Bartok quedó clara, ya desde el principio, la dimensión del concierto que nos ocupa. La obra podía parecer un calentamiento que introducía un programa de inmensa exigencia. Sin embargo, aun en ese calentamiento, el dominio de los cambios de tempo, la habilidad de ambos en las secciones rápidas y la manera de captar la racialidad de esta música, con todo su componente folclórico, ya demostraban que Repin y Lugansky ya estaban metidos al cien por cien en el concierto.

No se quedó atrás la Sonata para violín y piano número 3 de Brahms. Aunque no hacía demasiado tiempo que se había escuchado la obra en este mismo ciclo, la repetición mereció mucho la pena. Fue una interpretación de gran intensidad, hecha con el fraseo a flor de piel y, en los movimientos extremos, sin dejar oportunidad de que pudiese decaer la tensión. A esto hay que sumar la calidez del fraseo de Repin en el segundo movimiento y la manera, muy inteligente, en que Lugansky destacó la profundidad de las sonoridades del registro grave del piano, seña de identidad por antonomasia del pianismo brahmsiano. Ciertamente, una muy buena versión.

Una vez escuchado esto, la Sonata para violín y piano de Debussy fue una grata sorpresa. Después del apasionamiento a raudales desplegado en Brahms, la contención propia de la música francesa parecía algo muy contrastante en el estilo, lo cual podía causar dificultades. Nada más lejos de la realidad: la ligereza del toque y del fraseo, la atención al sonido de ambos instrumentistas, la riqueza de los ataques y muy en especial de Lugansky hicieron que, dentro de tan alto nivel, quizá esta sonata de Debussy resultara lo mejor del concierto.

Finalmente, la Primera sonata de Prokofiev es una obra muy compleja para ambos intérpretes, ya no sólo técnicamente, sino sobre todo considerando la tensión que la obra debe acumular durante todo su desarrollo. Pero contando con instrumentistas tan capaces en todos los aspectos, la obra sonó con una naturalidad maravillosa. En el tercer movimiento, las notas en pianissimo de Lugansky eran como finísimas perlas, todas iguales, ayudando así a acumular una tensión que también Repin llevaba a flor de piel. Quizá fue lo menos sorprendente de la velada, porque en este Prokofiev las expectativas ya eran muy altas, pero sería difícil escuchar hoy esta sonata mejor interpretada. Los aplausos, muy merecidos, se vieron recompensados por una propina.

No es Ángel Carrascosa quizá uno de los críticos más cercanos a la visión de la música del firmante, pero parece claro que al afirmar que las músicas para agrupaciones de dúo sólo funcionan a su máximo nivel con dos intérpretes excepcionales, tiene buena parte de razón. Y es que, como pudimos escuchar en este concierto, dos no son multitud.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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