Walton Bruch Bartok BBC Philharmonic Boris Belkin Juanjo Mena 12/05/2014

Música universal

 

Lunes, 12 de Mayo de 2014. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Boris Belkin, violín. Orquesta BBC Philharmonic de Manchester. Juanjo Mena, director. Sir William Walton: Scapino: Obertura, (1940). Max Bruch: Concierto para violín y orquesta número 1 en Sol menor, Op. 26, (1868). Bela Bartok: Concierto para orquesta, SZ 116, (BB 123), (1943). Concierto inscrito en la temporada de espectáculos de la Fundación Baluarte Febrero-Mayo 2014.

 

Dicen los libros de texto que, a comienzos del siglo XX, hubo una segunda oleada de autores “nacionalistas”. Al contrario que los nacionalistas del siglo anterior, estos autores sí investigaron de primera mano el folclore de sus países, y aunque justificaron su manera de componer en otros aspectos, tomaron prestados giros del dominio folclórico. Los autores de esta segunda generación fueron Leos Janácek en Chequia, Bela Bartok y Zoltan Kodály en Hungría, Manuel de Falla en España, en parte Gustav Holst o Ralph Vaughan Williams en Inglaterra, etc. William Walton podría entrar en el grupo, aunque con bastantes reservas.

No obstante, parece que Juanjo Mena no está especialmente de acuerdo con esta descripción. Según se desprende de sus interpretaciones, la música es universal, y ni Bartok tiene por qué sonar a música húngara, ni Walton tiene que manifestar su procedencia en todas sus obras; la música debe hablar por sí misma.

Así, Juanjo Mena convirtió la obertura de Scapino de William Walton en una obra de gran exhibición orquestal, al estilo de Bernstein y Copland. Afrontó la obra como una auténtica dinamo, y ofreció una versión humorística, plagada de guiños y sorpresas al público. Una reivindicación de una obra que apenas se toca y merecería ser más conocida.

Sí ha sonado más en Pamplona el Concierto para violín número 1 de Max Bruch, ese eslabón intermedio entre los conciertos de Mendelssohn y Brahms. El violinista Boris Belkin realizó una interpretación de gran pasión y fuerza emotiva, empezando por una cadencia inicial medida con gran libertad. No poseyendo el ruso una técnica infalible, supo infundir a la obra el grado justo de dulzura o de drama, en una interpretación muy conseguida. Juanjo Mena se plegó a las exigencias del solista, y realizó un acompañamiento bien construido en un único trazo, como mandan los cánones. De propina, Belkin ofreció el tiempo lento de una sonata para violín solo de Bach, en la más pura ortodoxia, cerrando una actuación impecable.

Nos recuerdan las notas al programa de Elorri Arcocha que el Concierto para orquesta de Bartok fue encargo de la Orquesta Sinfónica de Boston. Más concretamente, el responsable fue su director Serge Koussevitzky, que asimismo encargó la Séptima Sinfonía de Sibelius o la versión orquestal de Ravel de los Cuadros de una exposición de Mussorgsky. Teniendo en cuenta los orígenes americanos de la obra, Juanjo Mena no centró su atención en la vertiente rítmica del Concierto para orquesta, directamente relacionada con el origen del compositor, sino en la vertiente lírica. Los mejores momentos fueron los pasajes más sutiles, como la introducción del primer movimiento o el tiempo lento, en donde Mena desplegó colores orquestales inhabituales, en los que las maderas resultaron fundamentales. Normalmente quien esto firma prefiere interpretaciones más “raciales” en esta obra, pero a su manera esta versión fue un logro importante. De propina, la Segunda Amorosa de las Diez melodías vascas de Guridi, servida con delicadeza y ternura infinitas.

En conjunto, Juanjo Mena ofreció un concierto de gran nivel, contando con una magnífica actuación de Boris Belkin. Pero además, supo poner de manifiesto la inutilidad de establecer etiquetas al hablar de música. Al final del concierto, autores como Walton, o sobre todo Bartok, se escucharon como compositores universales, y no simplemente como autores representativos de sus países de origen.

 

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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