Músico Xabier Armendáriz
“Otra dimensión”

Grigori Sokolov, durante su concierto en Baluarte. jesús garzaron
Sábado, 21 de febrero de 2026. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Grigori Sokolov, piano. Ludwig van Beethoven: Sonata para piano número 4 en Mi bemol mayor, Op. 7, (1796). Seis bagatelas para piano, Op. 126, (1824). Franz Schubert: Sonata para piano número 21 en Si bemol mayor, D. 960, (1828). Concierto inscrito en la temporada de espectáculos de la Fundación Baluarte 2025-2026.
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La gran sensación musical de los años 1980 y primeros 1990 fue el director rumano Sergiu Celibidache. Hablamos de un director que fue durante siete años titular de la Orquesta Filarmónica de Berlín, primero solo y después con Wilhelm Furtwängler. Tras la muerte de este último, los músicos de la orquesta prefirieron a Herbert von Karajan. Celibidache reemergió en la esfera pública tres décadas después, cuando tomó la titularidad de la Orquesta Filarmónica de Múnich, pero entonces era un músico diferente, pues manejaba un repertorio mucho más reducido y optaba sistemáticamente por tempi muy lentos, para ganar claridad estructural y depurar el sonido orquestal. El hecho de que Celibidache no realizara grabaciones y ofreciera pocos conciertos y en condiciones muy concretas ayudó a engrandecer la leyenda.
Algo similar ocurre con el pianista ruso Grigori Sokolov, un intérprete inclasificable, quizá no tan antiortodoxo como Celibidache pero que comparte con él algunos ideales. Aunque en principio alcanzó su primera fama ganando un importante concurso pianístico, Sokolov no se acomoda exactamente al sistema, pues sólo ofrece recitales como solista y no graba discos en estudio, dado que las únicas ediciones comerciales que ha aceptado fueron realizadas en conciertos en vivo. Todo ello, además de su extraordinario talento, ha contribuido también a engrandecer la leyenda. La sesión que nos ocupa no suponía el debut de Sokolov en Pamplona, (ya se le escuchó en 2019 y anteriormente varias veces en los ciclos de la desaparecida Sociedad Filarmónica), pero es verdad que Grigori Sokolov se reinventa y supera en cada actuación.
En esta sesión, abrió la primera parte con la Sonata para piano número 4 de Beethoven, una obra de juventud que, en otras manos, puede prestarse a ejercicios virtuosísticos. Sokolov no optó por este acercamiento, sino por una versión disciplinada y reposada, muy cuidada en todos los detalles. Quizá lo más interesante fue el primer movimiento, donde aparecieron polifonías internas que pocas veces se escuchan con tanta claridad, aunque también en el segundo movimiento demostró el poder de las pausas dramáticas beethovenianas. Casi sin transición, (Sokolov apenas se permite pausas entre movimientos que den lugar a aplausos), ofreció una versión muy concentrada de las Bagatelas para piano, Op. 126 de Beethoven, que él demostró por qué pertenecen por entero al período final del compositor de Bonn.
Con todo, el principal interés del programa era la Sonata D. 960 de Franz Schubert, una de tantas obras maravillosas que el austríaco compuso en su último año de vida. Grigori Sokolov no intentó emular las lentitudes que proponía Sviatoslav Richter en sus míticas interpretaciones de la obra, pero sí adoptó un tempo muy moderado que le permitió frasear con gran calidez y buscar un carácter diferente para cada aparición de los célebres trinos de la mano izquierda. El segundo movimiento fue el clímax de todo el programa oficial: es muy difícil depurar el uso del pedal de manera que se puedan conciliar calidez, claridad de articulación en el acompañamiento y la dirección de la melodía; escuchar en la vuelta del primer tema la figura de la Quinta Sinfonía de Beethoven con tanta claridad fue emocionante. En el Scherzo, es difícil escuchar un dominio del rubato tan acusado. Por último, el Finale no perdió tensión, sino que ofreció el dramatismo que en tantas ocasiones se pierde, sobre todo en el caso de los pianistas que se ensimisman en los dos primeros movimientos.
Como es habitual con Grigori Sokolov, después llegó la “tercera parte” del concierto, compuesta en este caso por seis propinas, cada cual mejor que la anterior. Fueron, por este orden: la Mazurca Op. 30 número 2 de Chopin, la Rapsodia Op. 79 número 2 y la Balada Op. 10 número 3 de Brahms, la Mazurca Op. 30 número 3 y el Preludio Op. 28 número 20 de Chopin y el Preludio Op. 11 número 4 de Scriabin. Considerando el programa que había ofrecido hasta entonces y el nivel de interpretación, podemos decir que Grigori Sokolov está, dentro de los pianistas de hoy, en otra dimensión.

