Mozart Beethoven Daniel Ottensamer Orquesta Mozarteum Salzburgo Paul Goodwin 22/05/2014

Humor británico

 

Jueves, 22 de Mayo de 2014. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Daniel Ottensamer, clarinete (di basetto). Orquesta del Mozarteum de Salzburgo. Paul Goodwin, director. Wolfgang Amadeus Mozart: Sinfonía número 36 en Do mayor, KV 425, (Linz), (1783). Concierto para clarinete (di basetto) y orquesta en La mayor, KV 622, (1791). Ludwig van Beethoven: Sinfonía número 8 en Fa mayor, Op. 93, (1812). Concierto inscrito en la temporada de espectáculos de la Fundación Baluarte Febrero-Mayo 2014.

 

Uno de los pianistas más importantes de los últimos tiempos, Alfred Brendel, lleva años recorriendo Europa y América presentando conferencias sobre música. Su tema estrella es el de la presencia del humor en la música. Su idea es demostrar que Mozart y Beethoven escribían obras muy divertidas, repletas de guiños y chistes. Esto parece natural en el caso de Mozart, más aún si aceptamos la imagen un tanto trivial que nos presenta de él la película Amadeus. Pero tenemos tan mitificado a Beethoven que nos cuesta un esfuerzo considerable imaginárnoslo sonriente…, a menos que no hayamos acudido al concierto que nos ocupa, ofrecido por Paul Goodwin y la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo.

Se abrió la velada con la Sinfonía número 36 de Mozart, una obra de carácter claramente optimista en donde el enfoque humorístico surge espontáneamente. Paul Goodwin ofreció una interpretación de gran pujanza rítmica desde el comienzo, ayudado por una orquesta en la que sobresalían los metales naturales y los timbales historicistas. Dejando al margen un segundo movimiento demasiado ligero y cortesano, fue una interpretación rotunda, llevada con brío y animación.

El Concierto para clarinete y orquesta de Mozart no es una obra tan directamente humorística; pide más bien un humanismo y un carácter lírico más evidente, que ha de partir necesariamente del propio solista. Daniel Ottensamer se mostró como un clarinetista de soberana musicalidad y de técnica perfecta. Dio a la obra un intimismo que se agradeció especialmente en un segundo movimiento memorable, y participó de la interpretación casi como un miembro más de la orquesta, lo que permitió escuchar muchos detalles inhabituales en los vientos. Goodwin llevó la obra a tempi ligeros en los movimientos extremos, lo que provocó que en el Finale hubiera pasajes donde asomara cierta precipitación, pero en conjunto la interpretación fue muy lograda. Ottensamer ofreció una propina que no presentó, en donde mostró la penetración del sonido de su instrumento.

Nos recuerda Patricia Rodero en las notas al programa que, a pesar de que la Octava Sinfonía de Beethoven fue escrita en una época especialmente amarga en la vida del compositor, es una de sus obras más alegres y optimistas. Goodwin se esforzó por demostrárnoslo con creces, pero destacando todos los rasgos más puramente beethovenianos de la obra. En el primer movimiento, resaltó con especial fuerza los acentos que desestabilizan el metro ternario, lo que otorgó una fuerza considerable. En el segundo movimiento, imitó con brillantez el mecanismo regular y monótono del metrónomo, sin descuidar la broma final del momento en el que parece que al aparato se le ha acabado la cuerda. El Minueto presentó las resonancias populares tantas veces escondidas, y las trompas acentuaron las síncopas en las secciones extremas. El Finale sonó con chispa haydniana y buen humor, cerrando la obra con brillantez. De propina, una contradanza de estilo dieciochesco, probablemente de Mozart.

Suele decirse que los británicos aprecian y practican el buen humor con frecuencia, y que muchos de los mejores comediantes son de esa procedencia. Goodwin demostró saber aplicar el humor inglés a una música repleta de espíritu festivo. Cuando Alfred Brendel advierte del humorismo de Beethoven, incluso en sus obras más “serias”, es por algo.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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