Música Xabier Armendáriz
“De igual a igual”
Sábado, 12 de abril de 2025. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Janine Jansen, violín. Denis Kozhukin, piano. Johannes Brahms: Sonata para violín y piano número 2 en La mayor, Op. 100, (1886). Sonata para violín y piano número 1 en Sol mayor, Op. 78, (1879). Francis Poulenc: Sonata para violín y piano, FP 119, (1943). Olivier Messiaen: Tema y variaciones para violín y piano, Op. 97, (1932). Maurice Ravel: Sonata para violín y piano número 2 en Sol mayor, M. 78, (1927). Concierto inscrito en la temporada de espectáculos de la Fundación Baluarte 2024-2025.
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La esencia de la música de Johannes Brahms está, en buena medida, en su producción camerística. Haciendo honor a su fama de compositor conservador, el autor hamburgués prestó especial atención a los géneros destinados a conjuntos reducidos durante toda su vida, ofreciendo en ellos su vena neoclásica en toda su extensión. En concreto, sus tres sonatas para violín y piano son obras relativamente tardías, (dos de ellas posteriores a su Cuarta Sinfonía, su penúltima obra orquestal de gran formato), compuestas en una época en la que Brahms era el compositor más destacado de los países germanos y no tenía nada que demostrar a nadie. Aunque el lirismo y el carácter bucólico parecen los rasgos más destacados en los tres casos, hay momentos de extraordinario intimismo y de gran concentración, especialmente en las dos primeras sonatas, que sólo un dúo especialmente coordinado puede captar en toda su intensidad.
Fueron justamente las dos primeras sonatas para violín y piano de Brahms las que protagonizaron el concierto que nos ocupa, en donde acudía a Pamplona una de las mejores violinistas de la actualidad: la neerlandesa Janine Jansen. En este caso, lo hacía junto con el pianista ruso Denis Kozhukin, al que ya escuchamos tocando el Concierto para piano número 1 del hamburgués en Enero con la Euskadiko Orkestra. Ya desde el principio, se observó a una Janine Jansen muy concentrada, de sonido especialmente sedoso y cálido y siempre atenta a la dirección e intención del fraseo, escapando de cualquier tentación virtuosística en los movimientos finales de ambas obras. Por su parte, Denis Kozhukin demostró que, al contrario de lo que pareció cuando le escuchamos el citado concierto brahmsiano, sí posee el característico sonido profundo y denso en la región grave propio de la escritura pianística del compositor alemán. De hecho, al comienzo de la Sonata número 2, que fue la primera que interpretaron, Jansen y Kozhukin tardaron algunos compases en ajustar el equilibrio entre ambos instrumentos, pues el piano tendía a dominar al violín, pero poco a poco se situaron y ya al final del movimiento todo estaba resuelto. La cima de la sesión se alcanzó en la interpretación de la Sonata número 1, tomada a tempi muy fluidos que permitieron a Jansen cantar las melodías a placer, sobre todo en un segundo movimiento emocionante.
Ya en la segunda parte, se escuchó la dramática Sonata para violín y piano de Francis Poulenc, dedicada a Ginette Neveu, una joven y extraordinaria violinista fallecida poco después en un accidente aéreo. Más allá del espectacular despliegue técnico de Janine Jansen en el tremendo tercer movimiento, destacó de nuevo la concentración del movimiento lento, tocado con una gran sobriedad. Sorprendió el Tema con variaciones para violín y piano de Olivier Messiaen, cuyas secciones de lirismo transcendido empiezan a anunciar los éxtasis místicos del Cuarteto para el fin del tiempo, que aún tardaría diez años en llegar. Por último, se cerró el concierto con la Sonata para violín y piano número 2 de Maurice Ravel, donde en contra de lo que podía parecer, Jansen y Kozhukin no centraron su atención en la vertiente más abstracta de la obra sino en sus fragmentos de mayor lirismo. Estamos seguros de que buena parte del público de Baluarte se vio sorprendido por el blues del segundo movimiento, fruto de la particular recepción que la música de jazz había conocido en Francia en los años 1920.
Los aplausos del público reconocieron adecuadamente el extraordinario nivel de la velada y se escuchó como propina Síncopa de Fritz Kreisler, ofrecida con todo su sabor salonesco. Quien no haya asistido a este concierto, se ha perdido seguramente el evento clásico pamplonés más destacado del año 2025.

