Música Xabier Armendáriz
“Un olvidado incomprensible”
Jueves, 16 de abril de 2026. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Orquesta Sinfónica de Navarra. Lucas Macías Navarro, oboe y director. Bedrich Smetana: La novia vendida: Obertura, (1866). Bohuslav Martinu: Concierto para oboe y pequeña orquesta, H. 353, (1955). Antonin Dvorák: Sinfonía número 8 en Sol mayor, Op. 88, B. 163, (1889). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2025-2026.
_____________________
El compositor checo Bohuslav Martinu (1890-1959) es seguramente uno de los compositores más injustamente olvidados de la primera mitad del siglo XX. Hablamos de un compositor que vivió casi toda su trayectoria creativa fuera de su región de origen, primero en París, después en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y finalmente en Suiza en sus años finales.
Bohuslav Martinu compuso un amplísimo abanico de obras, que incluyen seis sinfonías, cuatro conciertos para piano, una gran variedad de obras de cámara para todo tipo de combinaciones y, sobre todo, varias óperas importantes que en los últimos años están adquiriendo mucho relieve, entre ellas Julieta y La pasión griega. Sin embargo, fuera de Checoslovaquia no ha sido un autor reconocido hasta hace pocos años; incluso sus obras más tardías muestran un estilo esencialmente neoclásico, demasiado tradicional para que los partidarios de la vanguardia le acepten entre los suyos y excesivamente riguroso para los aficionados musicales más conservadores.
Por eso, resultaba especialmente oportuno escuchar en Pamplona el Concierto para oboe y pequeña orquesta de este compositor, una obra tardía que demuestra la influencia stravinskiana siempre presente en el autor checo, junto a la utilización de los recursos derivados del jazz. Es muy característica la presencia sonora del piano y la escritura del solista, muy virtuosística en los movimientos extremos y sin el menor asomo de lirismo melódico más o menos sentimental. Al menos, esa fue la impresión que quedó al escuchar la obra a Lucas Macías Navarro, oboísta onubense a quien escuchamos en Pamplona hace años en el Ciclo de Grandes Intérpretes, pero que ahora dedica mucho más tiempo a la dirección de orquesta. Su interpretación de la obra fue técnicamente muy ajustada, pero mostrando un sonido algo duro, sin la nobleza que uno espera cuando el oboísta está tocando relajadamente. La Orquesta Sinfónica de Navarra ofreció un acompañamiento muy eficaz, con buenas intervenciones del trompeta solista en el movimiento central. De propina, Macías Navarro ofreció junto a las cuerdas de la OSN el movimiento lento de la Sinfonía del Oratorio de Pascua de Bach, mucho más relajado y en sintonía con el estilo. La sesión se había abierto con la obertura de La novia vendida de Bedrich Smetana, la obra fundacional de la ópera nacional checa que estos días se está representando en el Teatro Real de Madrid. Hablamos de una composición muy breve y conocida, en la que la unanimidad de los ataques de las cuerdas en las secciones más dinámicas es fundamental. Macías Navarro adoptó un tempo muy moderado pero, como le había ocurrido a Deliana Lazarova en el primer movimiento de la Cuarta Sinfonía de Mendelssohn, no logró conseguir el resultado deseado. Finalmente, el interés de buena parte del público estaba en la Octava sinfonía de Antonin Dvorák, una composición tan festiva como melancólica que posiblemente supone la cima del estilo sinfónico del compositor bohemio.
Lucas Macías ofreció una interpretación ortodoxa, en la que logró ensamblar idealmente todos los componentes de la obra de manera muy equilibrada, desde el inicio severo en la introducción del primer movimiento hasta la explosión de alegría de la coda del cuarto movimiento, pasando por la melancolía del movimiento central. Por otra parte, Macías también demostró notable desenvoltura en el manejo del tempo en el tercer movimiento, algo que se escapa a muchos intérpretes de la sinfonía, entre ellos algunos directores muy famosos.
Con todo, el principal interés del concierto siguió siendo la presentación para el público pamplonés más amplio de un autor como Bohuslav Martinu, del que deberíamos oír hablar mucho más a menudo.


