Música Xabier Armendáriz
“Sentido y sensibilidad”
Jueves, 7 de noviembre de 2024. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Alena Baeva, violín. Orquesta Sinfónica de Navarra. Chloé van Soetherstede, directora. Jessie Montgomery: Bandera, (2014). Samuel Barber: Concierto para violín y orquesta, Op. 14, (1939). Johannes Brahms: Sinfonía número 1 en Do menor, Op. 68, (1876). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2024-2025.
____________________
En las últimas temporadas, la Orquesta Sinfónica de Navarra ha cambiado su foco a la hora de programar sus conciertos. En otros tiempos, primaban las conciertos con un foco esencialmente tradicional, centrado en las obras maestras más reconocidas más la cuota de música contemporánea, siempre centrada en compositores de tendencias vanguardistas. De esta manera, el público no tenía la oportunidad de conocer la gran variedad de estilos en que se escribe música en la actualidad y, por otra parte, había repertorios muy diversos que no estaban representados. Pero afortunadamente, en un fenómeno que también se ve en la mayor parte de las orquestas similares, todo eso está cambiando.
El concierto que nos ocupa se iniciaba con Bandera de Jessie Montgomery, una singular composición para cuarteto de cuerda y orquesta de cámara concebida como homenaje crítico al himno de los Estados Unidos y a los valores que tradicionalmente ha representado su país de origen. Como tal, hablamos de una obra animada pero no carente de momentos de cierto dramatismo, lejana a las ensoñaciones patrióticas de Aaron Copland en Primavera appalache, por ejemplo. No faltan tampoco las referencias a otras culturas insertas en Estados Unidos, incluyendo una prominente cita del himno de México, todo ello sin utilizar los recursos característicos de las vanguardias. Chloé van Soetherstede, la directora, ofreció la obra con atención a los detalles y máxima implicación.
Quizá el mayor atractivo de la sesión era escuchar el Concierto para violín y orquesta de Samuel Barber, una obra todavía escasamente programada surgida en parte como deriva del éxito del célebre Adagio para cuerdas del compositor. Es una lástima que no haya tenido tantas oportunidades en las salas de concierto como el Adagietto, porque es una obra de escucha muy agradable, de tono lírico y pastoral y apta para cualquier solista que aúne musicalidad y virtuosismo. Naturalmente, es el caso de Alena Baeva, violinista de gran sensibilidad que aprovechó perfectamente el hondo lirismo de los dos primeros movimientos, para luego lanzarse a tumba abierta en el movimiento final. Tanto ella como Chloé van Soetherstede supieron aprovechar también la vertiente más pastoral de la partitura, sin permitir que el resultado general fuera demasiado edulcorado. De propina, la propia Baeva ofreció el primer movimiento, conocido como Amanecer, de la Quinta sonata para violín solo de Eugéne Ysaye.
Ya en la segunda parte, llegó el principal reclamo para buena parte del público, como era la Sinfonía número 1 de Johannes Brahms. Las notas al programa incidían algo tópicamente en el peso de la tradición beethoveniana en la gestación de la obra y Chloé van Soetherstede, desde una perspectiva moderna, ratificó esta visión. En efecto, la directora ofreció una interpretación de la sinfonía brahmsiana de gran impulso, muy lejana del carácter otoñal que en otros tiempos se ha atribuido al compositor hamburgués. Eso benefició especialmente a los dos movimientos extremos, de gran fuerza dramática y poderoso aliento, alimentado en el caso del movimiento inicial porque Van Soetherstede decidió no respetar la repetición de la exposición. En los dos movimientos centrales, la receta no funcionó tan bien, porque faltó el reposo que habría permitido una mejor calidad de fraseo, sobre todo en el movimiento lento.
En conjunto, fue un concierto de interés, con momentos muy destacados sobre todo en el Concierto para violín de Barber. Fue una sesión programada con sentido e interpretada con sensibilidad.

