Schubert Mozart Antoni Wit 24/04/2014

El maestro de capilla

 

Jueves, 24 de Abril de 2014. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. María Espada, soprano. Marina Rodríguez-Cusí, mezzosoprano. Luis Dámaso, tenor. Jose Antonio López, barítono. Orfeón Pamplonés. Igor Ijurra, director del coro. Orquesta Sinfónica de Navarra. Antoni Wit, director. Franz Schubert: Sinfonía número 5 en Si bemol mayor, D. 485, (1816). Wolfgang Amadeus Mozart: Requiem en Re menor, KV 626, (versión terminada por Franz Xaver Süssmayr en 1792), (1791). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2013-2014.

 

Ángel Fernando Mayo, un ilustre crítico español ya fallecido, distinguía entre los distintos tipos de directores una categoría, reunida bajo el título de “kapelmeister”, (expresión alemana de “maestro de capilla”). Con ella, señalaba a determinados directores de vieja escuela que, conociendo bien el repertorio, no se esfuerzan por mostrar aspectos desconocidos ni revolucionar nuestra concepción de las obras, aunque a veces lo consigan, sino que las interpretan sin añadir o quitar nada de lo que tradicionalmente se considera necesario. Maestros de este tipo fueron Rudolf Kempe, Eugen Jochum o Joseph Keilberth;, Peter Schneider, Jesús López-Cobos y Antoni Wit se identifican hoy con estos preceptos. El enfoque de estos “maestros de capilla” tiene aspectos positivos y negativos.

La Quinta Sinfonía de Schubert que escuchamos a Antoni Wit mostró la parte menos buena de contar con un kapelmeister en el podio. El primer movimiento de esta obra, mozartiana por los cuatro costados, fue sólidamente construido, pero este tipo de directores tardan con frecuencia en entrar en materia y faltó una articulación más incisiva y precisión rítmica. Todo empezó a mejorar en un segundo movimiento tomado sin prisa pero sin pausa, y fraseado con inteligencia. En el Minueto, bien resuelto, sorprendió el elegantísimo rubato del Trío central, una de las pocas licencias que se permitió Wit. El Finale resultó chispeante y haydniano, terminando la sinfonía con el optimismo que era de desear.

La interpretación del Requiem de Mozart, en la segunda parte, también fue propia de un kapelmeister. La primera señal de este enfoque fue la propia elección de la conclusión de Süssmayr, una versión hoy en desuso entre los directores historicistas, que tienden a preferir las ediciones de Robert Levin o Franz Beyer. Pero es que además Wit realizó un Requiem dramático, sin concesiones, siempre con los tempi justos. No se buscó la transparencia a base de reducir la tensión, sino que las aristas de la obra pudieron verse con claridad, sobre todo en el “Quam olim Abrahae” del Ofertorio. No obstante, el fraseo en los momentos líricos también fue muy cuidado, y en todo momento se evitó la pesantez. Fue una versión inteligente, propia de un director que conoce la obra y sabe lo que debe hacer.

El conjunto de solistas funcionó mejor que la suma de sus partes. María Espada cantó a muy buen nivel, ya desde su angelical “Te decet Hymnus” del Introito. Jose Antonio López, el bajo, adoptó el tono teatral justo. Marina Rodríguez-Cusí cumplió con su parte con acierto. Luis Dámaso, por último, no mostró una voz de suficiente entidad para cantar la obra, resultando su fraseo poco matizado.

El Orfeón Pamplonés no cantaba el Requiem de Mozart desde hacía años, y dejando al margen algunas  intervenciones de las sopranos, cantó a buen nivel a lo largo de la obra; no es poco mérito, habida cuenta de la intensísima actividad del Orfeón en estas fechas. El rendimiento orquestal fue, en general, satisfactorio, aunque la importante intervención solista del trombón en el “Tuba mirum” fue bastante mejorable.

En conjunto, fue un placer encontrarse otra vez, después de tanto tiempo, con una obra como el Requiem de Mozart, y más aún con una interpretación de este calibre. Aun reconociendo los defectos de esta categoría de directores, ojalá los directores tipo kapelmeister abunden por muchos años.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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