Rossini Ginastera Dvorák Enrique Diemecke 13/02/2015

El espíritu de Lenny

 

Viernes, 13 de Febrero de 2015. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Orquesta Sinfónica de Navarra. Enrique Diemecke, director. Gioachino Rossini: Semiramide: Obertura, (1823). Alberto Ginastera: Variaciones concertantes, (1953). Antonin Dvorák: Sinfonía número 6 en Re mayor, Op. 60, B. 112, (1880). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2014-2015.

 

La llegada de Leonard Bernstein como titular de la Orquesta Filarmónica de Nueva York, supuso una pequeña revolución en el panorama musical. No era ya que un compositor conocido por musicales como West Side Story llegara al podio de la orquesta más destacada de los Estados Unidos, sino que Bernstein irrumpió con una fuerza extraordinaria, destapando el tarro de las esencias en interpretaciones muy expansivas del repertorio tradicional, impulsando asimismo la música escrita en todo el continente americano. Las series de conciertos para jóvenes, además, mostraron a Bernstein como un magnífico pedagogo. Con todo, el director estadounidense no había profundizado aún en las grandes obras del repertorio, y a menudo el entusiasmo y la brillantez que infundía a sus interpretaciones podían parecer algo vacías de contenido. Cuando Enrique Diemecke entró en la escena y empezó a explicar el repertorio del concierto que nos ocupa, desplegando una innegable facilidad de comunicación, el fantasma del joven Lenny asomó en la mente del firmante. Para lo bueno y lo malo, esa impresión no se desvaneció en el resto de la velada.

. La interpretación subsiguiente de la obertura de Semiramide mostró las virtudes y defectos del director: la primera sección, con el canto extraordinario de las trompas, resultó de un lirismo muy logrado, igual que los temas secundarios del grueso de la obertura. Pero en conjunto, este Rossini nos pareció algo pesado, falto de la picardía que corresponde a la obra.

Fue en las Variaciones concertantes del argentino Alberto Ginastera donde Diemecke dio lo mejor de sí. En este tema con once variaciones, algunos solistas de la orquesta tienen oportunidades de lucimiento, hasta terminar la obra con un brillante Malambo. La interpretación resultó muy lograda, plena de lirismo en el tema y las variaciones lentas, cargadas de misterio, y de pujanza rítmica en las más ligeras, particularmente en el final. Aunque los solistas de violonchelo y contrabajo padecieron pequeños problemas de afinación en sus difíciles intervenciones, el entusiasmo bernsteiniano que Diemecke infundió a la obra resultó irresistible, y el director consiguió un merecido éxito.

Nos recuerda Mar García Goñi con mucho acierto que poco tiempo antes de que se compusiera la Sexta Sinfonía de Dvorák, Johannes Brahms acababa de estrenar su Segunda, una obra con la que la sinfonía dvorakiana tiene paralelos evidentes. No hubo mucho rastro brahmsiano en la interpretación de Diemecke de la Sexta de Dvorák, sino una aparente búsqueda de las resonancias checas de la obra. A la manera del Bernstein de primera época, fue una interpretación tópicamente expansiva, con metales y percusión muy prominentes en los movimientos extremos. El Dvorák más folclórico apenas asomó, porque el Scherzo pareció algo pesante por su lentitud. Fue en el tiempo lento cuando mejor supo aprovechar Diemecke los amplios fraseos y el dramatismo de la sección central. El público agradeció efusivamente el entusiasmo de la batuta.

En conjunto, fue un concierto interesante por la interpretación de la obra de Ginastera. En lo demás, Enrique Diemecke se mostró como un director que dio vida a las secciones líricas, pero el espíritu de Leonard Bernstein en sus años jóvenes, (cuando todavía lo llamaban Lenny), pareció demasiado presente. El entusiasmo juvenil y la brillantez orquestal no bastan por sí solas para redondear interpretaciones de las obras sinfónicas centroeuropeas más exigentes.

 

 

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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