LA SINFONIETA CON “EXOTISMO” EN BALUARTE-CÁMARA

“Exotismo”

Domingo, 15 de diciembre de 2019. Sala de Cámara del Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Orquesta Sinfonietta de Pamplona. Caroline Colier, directora. Gioachino Rossini: Guillermo Tell: Obertura, (1829). Camille Saint-Saëns: Danza macabra, Op. 40, (1874). Sergei Rachmaninov: Vocalise, Op. 34 número 14, (arreglo para orquesta realizado por Sergei Rachmaninov), (1912). Camille Saint-Saëns: Sansón y Dalila: Bacanal, (1877). Johann Strauss Hijo: Marcha egipcia, Op. 335, (1869). Piotr Illyich Tchaikovsky: Capricho italiano, Op. 45, (1880). Concierto organizado por la Orquesta Sinfonietta de Pamplona.

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Cualquir concepto filosófico que pueda concebir el ser humano tiene derivadas, muchas veces no deseadas por quienes plantearon esas ideas por primera vez. Es el caso del concepto del nacionalismo, una idea política surgida con el afán de diferenciar los habitantes de determinadas regiones europeas de acuerdo con su lengua, folklore, religión, etc. Esta concepción fue clave durante el siglo XIX, pero a su vez tiene una contrapartida, especialmente marcada en su vertiente musical, que es el exotismo. Como bien dice Richard Taruskin, retratar el carácter de una nación implica necesariamente aplicar tópicos sobre las demás, y estos planteamientos proliferaron en la música del siglo XIX. Los ejemplos se amontonan en todos los terrenos, incluyendo poemas sinfónicos, óperas, canciones, etc. La africana de Meyerbeer, Aída de Verdi o Madame Butterfly de Puccini son ejemplos característicos; se traslada la acción respectivamente a las islas africanas, Egipto y Japón, y la música retrata de manera más o menos tópica el carácter del lugar concreto.

Como cada año justo antes de Navidad, la Orquesta Sinfonietta de Pamplona ofrecía uno de los conciertos más importantes de su temporada. Esta formación, que aglutina a músicos de diferentes edades (algunos de ellos son profesionales de la música, pero también muchos jóvenes estudiantes e instrumentistas que se dedican profesionalmente a otros oficios), se presentaba con un programa a base de obras presididas por el exotismo, desde las escenas bucólicas suizas de la obertura de Guillermo Tell de Rossini hasta la sensualidad orientalista de la Bacanal de Sansón y Dalila de Saint-Saëns, pasando por la franca alegría con aires de tarantela del espectacular final del Capricho italiano de Tchaikovsky. Todo ello era sin duda un programa de máximo lucimiento orquestal, muy agradecido para intérpretes y público una vez que la orquesta ha conseguido manejarse con él con solvencia, pero también de altísima dificultad, porque todas ellas eran obras muy populares.

La Sinfonietta de Pamplona realizó un gran concierto a todo lo largo de la sesión, luciendo un conjunto muy bien trabajado y que transmite pasión por la música. Además, la acústica recogida de la Sala de Cámara de Baluarte permite que el sonido orquestal se proyecte al público y llegue con una viveza inesperada. Caroline Colier apenas tuvo que adaptar sus interpretaciones para los medios de que disponía; sólo hubo algo más de prudencia en el célebre galope final de la obertura de Guillermo Tell, donde los pasajes rápidos de las cuerdas obligan a ello. Hubo intervenciones muy destacadas de los solistas de la madera, pero a la postre lo más importante fue la pasión, el disfrute que emanaban los músicos desde el escenario y que se contagiaba irremediablemente al público. Con un programa tan jugoso como éste, era difícil pedir más.

El concierto se cerró con dos propinas: el preludio del acto III de Carmen de Bizet y la Danza húngara número 1 de Brahms. Fue la mejor manera de completar un concierto que, además de resultar atractivo para el público, fue muy bien interpretado y se planteó desde una perspectiva impecable, tomando una de las ideas fuerza del repertorio decimonónico: el exotismo, que es la otra cara del nacionalismo en su aplicación musical.

Autor entrada: xabier armendariz

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