LA ORQUESTA SINFÓNICA DE NAVARRA «MAESTRO Y DISCÍPULO» EN BALUARTE

MÚSICA Xabier Armendáriz

«Maestro y discípulo»

Jueves, 26 de ayo de 2022. Baluarte de Pamplona. Orfeón Pamplonés. Igor Ijurra, director del coro. Orquesta Sinfónica de Navarra. Anna Rakitina, directora. Sergei Taneyev: San Juan Damasceno, Op. 1, (1884). Piotr Illyich Tchaikovsky: Sinfonía número 5 en Mi menor, Op. 64, (1888). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2021-2022.

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El compositor Sergei Taneyev (1856-1915) es, seguramente, el gran olvidado de la música rusa. Hablamos de un compositor que, desde su adolescencia, mostró un potencial extraordinario, que él cultivó de manera muy extensa. Sergei Taneyev pertenece a la generación de compositores rusos inmediatamente posterior a Tchaikovsky pero el curso de los acontecimientos musicales en Rusia no contribuyó a la reputación posterior de Taneyev, que ha pasado a la Historia como un “epígono”.

En el concierto que nos ocupa, la directora rusa Anna Rakitina se presentaba al frente de la Sinfónica de Navarra y el Orfeón Pamplonés, e iniciaba la velada con la cantata San Juan Damasceno, un díptico sobre textos de Leon Tolstoi. La obra muestra abundantemente las capacidades y supuestas debilidades de su autor. El primer movimiento de la obra se inicia con una sobria introducción, cuyo estilo recuerda a la reelaboración que hizo Nikolai Rimsky-Korsakov de Boris Godunov de Mussorgsky, con sus colores ocres tan marcados. El segundo movimiento se inicia y cierra con una breve secuencia a capella que, tal como la interpretó el Orfeón Pamplonés, adquiere la profundidad de un himno de la Iglesia ortodoxa rusa. Frente a esto, la sección central es una extensísima fuga. Parece que a Tchaikovsky le gustaba hacer rabiar a Taneyev acerca de su marcada afición por la escritura contrapuntística, y lo cierto es que aunque la fuga está bien escrita, es justo ese supuesto academicismo una de las razones del arrinconamiento de Taneyev. En todo caso, Anna Rakitina supo interpretar todo el conjunto con convicción y entrega y presentar la obra tal cual es. El Orfeón Pamplonés realizó una brillante actuación, ya libre de mascarillas

En la segunda parte, Anna Rakitina ofreció la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky. Hablamos de una obra con forma cíclica, pues el tema que se presenta nada más iniciarse la introducción del primer movimiento reaparece de forma recurrente en los demás. Por eso, en esta obra tan importante es el torrente de pasiones que se agita de manera constante como la dimensión estructural de la obra, y Anna Rakitina supo equilibrar muy inteligentemente ambas dimensiones. Fue, por ejemplo, muy reveladora la relativa timidez de la primera exposición del llamado tema del destino, y también fue muy inteligente el tempo, más bien fluido, que tomó en el célebre comienzo del segundo movimiento, algo que ayudó decisivamente al trompista solista a tocar su parte. No se perdió, por supuesto, el carácter balletístico del vals del tercer movimiento, y el Finale fue llevado con gran dinamismo y eficacia. Como ya ocurrió en el concierto de presentación de temporada, el público inició un conato de aplauso cuando concluyó la transición hacia la coda. Es muy habitual que ocurra, pero francamente no entendemos por qué. En todo caso, Rakitina tomó la vía de los hechos y, sin permitir que el aplauso se extendiera, concluyó la obra con la brillantez que es de esperar.

En conjunto, fue un cierre brillante para la temporada de la Orquesta Sinfónica de Navarra, que se hacía eco de una relación entre maestro y discípulo de lo más interesante.

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Autor entrada: xabier armendariz

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