LA CAPILLA DE LA CATEDRAL “REGRESO AL ORIGEN” EN LA CATEDRAL

Regreso al origen

Pocas obras han inspirado más literatura que el Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart. Su historia es bien conocida. El encargo le llegó al compositor salzburgués en 1791 proveniente del Conde Franz von Walsegg, un noble que presentaba habitualmente obras ajenas, encargadas y generosamente pagadas, como si fueran propias. Mozart, que llevaba una década sin completar una obra religiosa de amplia extensión, dedicó todo su extraordinario talento a esta composición, creando sin duda una de sus obras principales, pero al fallecer el trabajo quedó inconcluso. En YouTube, puede escucharse una interpretación de Peter Dijkstra con el Coro de la Radio de Baviera y la Orquesta Alemana Filarmónica de Cámara de Bremen que recoge la obra tal como nos ha llegado por parte del compositor. Allí puede observarse cómo el Introito y el Kyrie están casi concluidos y, conforme nos acercamos al final de la secuencia, la música se conserva en estado más embrionario. Después del octavo compás del “Lacrimosa”, apenas quedan restos.

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Dado que Mozart había dejado numerosas deudas, su viuda Constance necesitaba cobrar los honorarios por la composición del Réquiem, con lo cual encargó la finalización del trabajo primero a Josef Eybler y después a Franz Xaver Süssmayr, ambos alumnos de Mozart. Eybler trabajó en la Secuencia aportando ideas brillantes, pero Süssmayr continuó la tarea de manera más convencional. Esta última conclusión se ha impuesto, aunque modernamente se han creado otras alternativas, más afines (Franz Bayer, Robert Levin), o menos (Duncan Druce), a la versión de Süssmayr, que para todos ha sido la referencia.

Lo que ocurrió el sábado pasado en la Catedral de Pamplona fue un acontecimiento excepcional, porque aunque el Réquiem de Mozart es una de las últimas grandes misas concebidas para la liturgia, fuera de Austria suele escucharse sólo en concierto. El ceremonial fue perfectamente preparado y aportó numerosos detalles destacables, como el tul negro que cubría el sepulcro de los reyes de Navarra, (que fue incensado durante el Ofertorio), o la recuperación del lucernario del siglo XVIII, antaño utilizado para los Oficios de Tinieblas en Semana Santa. Aunque la celebración siguió el uso actual, (de ahí la necesidad de trasladar el “Dies irae”, que ya no pertenece a la liturgia de difuntos), se recuperó el latín para fragmentos concretos de la celebración y tanto la procesión de entrada como la salida se realizaron con una especial solemnidad.

Pero no era ésta la única novedad. En esta ocasión, se utilizaba una partitura diferente a la habitual, propia del archivo de la Catedral de Pamplona, a donde llegó a comienzos del siglo XIX. Esta versión sigue la estructura musical del final de Süssmayr, pero la instrumentación está adaptada a los recursos disponibles en torno a 1800 para una catedral española. Así, desaparecen los trombones, trompetas y timbales, lo que obliga a reinstrumentar buena parte de la música. Los timbales, que en las versiones al uso tienen un papel fundamental para subrayar el dramatismo de determinados pasajes, son los instrumentos cuya ausencia más se nota, pero la carencia de trombones se deja sentir en momentos concretos. La sección del “Dies irae” ilustra perfectamente las peculiaridades de esta versión. El célebre solo de trombón del “Tuba mirum” se adjudica al fagot, tal como aparece en algunas primeras ediciones de la obra, (y aún se puede escuchar en la grabación de Masaaki Suzuki para Bis), lo que subraya el lirismo de este fragmento.

Cuando llega el “Rex tremendae”, el acorde de los metales que anticipa en la versión de Süssmayr la entrada del coro sigue presente, pero pierde parte de su contundencia. Aurelio Sagaseta, responsable de la vuelta a la vida de esta versión, decía en declaraciones a Diario de Navarra que esta variante “pamplonesa” del Réquiem es “más réquiem y menos brillante”. Es verdad que el resultado es más apagado que el de la partitura que conocemos por otras ocasiones, pero nos ofrece una visión alternativa muy interesante sobre la obra, algo similar a lo que ocurre cuando escuchamos la reorquestación que Mozart hizo de El Mesías de Händel. Esta fuente pamplonesa de la misa de difuntos mozartiana ha despertado el interés de varios importantes estudiosos, como Miguel Ángel Marín y Rafael Zafra, ambos presentes en esta ocasión tan señalada. Ahora están intentando comprobar si en otras catedrales españolas hay copias similares a ésta del Réquiem mozartiano.

La interpretación como tal fue de gran nivel. Aurelio Sagaseta sigue reinventándose a sí mismo y, sabiendo que esta versión pamplonesa presenta un carácter más sobrio, decidió aligerar los tempi y ofrecer una lectura no exenta de sentido teatral. Se subrayaron algunos de los figuralismos más importantes de la obra, como el insospechado cambio armónico en la sección final del Agnus Dei y el carácter muy marcado de los dos temas presentes en el “Confutatis”. Acelerar los tempi en una obra como ésta en la catedral tiene sus riesgos, pero como la presencia de público era masiva, la resonancia del espacio fue menor y todo pudo escucharse con plena transparencia. La Orquesta Sinfónica de Navarra ofreció una prestación muy adecuada y la Capilla de Música de la Catedral de Pamplona ha demostrado que es uno de los pocos coros catedralicios españoles capaces de afrontar retos como éste a plena satisfacción. Los solistas funcionaron muy bien, siendo el todo mayor que la suma de sus partes.

Fue un acontecimiento excepcional, que contó con un importante éxito de público. Esperamos que las instituciones participantes en este evento (la Catedral y su Capilla de Música, la Universidad de Navarra, la Sinfónica de Navarra, etc.) sigan colaborando eficazmente y presenciemos otros “regresos a los orígenes” de obras litúrgicas, especialmente aquellas que en algún momento han marcado la identidad de la seo pamplonesa.

Autor entrada: xabier armendariz

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