Jean Efflam Bavouzet Antoni Wit Liszt Conciertos para piano 13/04/2013

Lección magistral

 

Viernes, 13 de Abril de 2012. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Jean Efflam Bavouzet, piano. Orquesta Sinfónica de Navarra. Antoni Wit, director. Ferenc Liszt: Los preludios, (poema sinfónico número 3), S. 97, (1853). Concierto para piano y orquesta número 1 en Mi bemol mayor, S. 124, (1848). Danza de la muerte, (variaciones sinfónicas sobre el Dies irae gregoriano), para piano y orquesta, S. 126, (1850). Concierto para piano y orquesta número 2 en La mayor, S. 125, (1849). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2011-2012.

 

Entre el variopinto conjunto de criaturas que desfila en el Carnaval de los animales de Camille Saint-Saens, aparecen unos extraños seres antropomorfos, que se hacen llamar pianistas, dedicados en cuerpo y alma a tocar mecánicamente una serie de escalas y arpegios sin sentido musical. Saint-Saens, que era pianista,  la compuso para divertimento de su grupo de amigos y  no permitió que la obra se publicara en vida.

Ciertamente, al escuchar los conciertos de Liszt parece necesaria la presencia de uno de estos seres, que dispusiese de varios brazos, y que de esa forma pudiese alcanzar a tocar correctamente estas obras. La “virtuosística inventiva de Liszt”, Alfred Cortot dixit, se manifiesta en toda su plenitud en las tres obras a las que Bavouzet debía enfrentarse, y todo esto sin considerar que además, como siempre en Liszt, las obras transcienden la mera dificultad técnica. La música de Liszt es mucho más que un montón de notas y adornos escritos sobre un papel pautado.

Sirva todo esto para calibrar la inmensidad del reto físico y musical al que Jean Efflam Bavouzet se enfrentaba en el concierto que nos ocupa, y de entrada, hay que decir que el resultado general ha sido más que satisfactorio. Bavouzet dispone de una técnica a prueba de bomba, solamente desafiada en una variación de la Danza de la muerte, que resultó un tanto emborronada. Un fallo menor, en todo caso. La variedad de ataques, la agilidad de los adornos, la delicadeza de los trinos, fue realmente ejemplar. Un manual de ejecución pianística.

Mas Bavouzet no se mostró simplemente como  un pianista capaz de tocarlo todo. De hecho, lo más interesante del tractatus pianístico que nos ofreció fueron los pasajes íntimos de mayor contenido expresivo, aquéllos en los que el pianista dialoga con los solistas de la orquesta, muy inspirados por cierto. El grado de compenetración con ellos llegó a ser digno de los mejores conjuntos de cámara y de inmensa riqueza de matices. Una lección magistral, que el público agradeció, forzando a Bavouzet a dar como propina un En râve, también de Liszt.

Además de acompañar de forma inteligentísima a Bavouzet en los Conciertos y la Totentanz, Wit se había marcado una versión magistral de Los preludios, de gran sobriedad expresiva y con algunos guiños a la vieja escuela germana de los Furtwängler y Knappertsbusch, como las retenciones del tempo en la secuencia de la tormenta. Otra herencia de esa escuela es el especial cuidado en las transiciones entre distintas secciones, que es en donde mejor se muestra la valía o no de un director. La orquesta, en particular los metales y las maderas, rindió a gran nivel durante toda la sesión.

No es habitual que un pianista se decida a enfrentarse a  un desafío de esta naturaleza. Menos aún es que salga técnicamente bien librado del empeño…, pero sobre todo lo más impresionante es la riqueza musical del concepto que exhibió Bavouzet en el concierto, apoyado por la sabia dirección de Wit. Fue una velada lisztiana de gran altura.

 

 

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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