Haydn Poulenc Stravinsky Katia Marielle Labèque Antoni Wit 30/10/2014

Haydn para el recuerdo

 

Jueves, 30 de Octubre de 2014. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Katia y Marielle Labèque, pianos. Orquesta Sinfónica de Navarra. Antoni Wit, director. Franz Joseph Haydn: Sinfonía número 92 en Sol mayor, Hob. I número 92, (Oxford), (1789). Francis Poulenc: Concierto para dos pianos y orquesta en Re menor, (1932). Igor Stravinsky: Juego de cartas, (1936). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2014-2015.

 

Hasta hace algunos años, la manera en la que la Orquesta Sinfónica de Navarra programaba la música del siglo XX resultaba curiosa. Es verdad que se ofrecían estrenos y obras recientes compuestas por compositores vivos, pero estas obras no solían alcanzar el favor popular. Una de las razones era clara: pocas veces se escuchaban las obras de quienes han influido en la música posterior a la Segunda Guerra Mundial. Pretender comprender la música de hoy sin conocer bien la obra de Stravinsky, Bartok, Schönberg o Poulenc, entre otros, es una tarea muy compleja.

Por eso, conciertos como el que nos ocupa son muy bienvenidos, por la impecable construcción del programa. Si pudimos escuchar una sinfonía de Haydn, las dos obras acompañantes estaban firmadas por autores que pretendieron en algún momento de su vida acercarse a la simplicidad propia de la música del siglo XVIII. ¿Sabrían los protagonistas del concierto explicar esto a través de la música?

El Concierto para dos pianos de Poulenc es una extraña mezcolanza de estilos. Junto a la travesura de un Milhaud y pasajes dramáticos y misteriosos, hay momentos de gentileza mozartiana en un segundo movimiento especialmente preciosista. Los dos pianistas deben mostrar una compenetración absoluta, además de un toque variado que abarque desde la precisión más despiadada a la dulzura lírica. Esto no resultó difícil para Katia y Marielle Labèque, que mostraron por qué forman el dúo pianístico más famoso del mundo. Apoyadas por un Antoni Wit muy diligente, mostraron el dramatismo del primer movimiento, y se crecieron en una lectura que irradió la convicción y la entrega habituales en el dúo francés. Las dos propinas fueron excelentes, pero hay que destacar el final de Scaramouche de Milhaud, al que otorgaron cierto aire abandonado e impresionista muy atractivo.

La influencia clásica es menos clara en Juego de cartas de Stravinsky. Los juegos rítmicos habituales en la música del compositor ruso se dejan ver con claridad, y lo que se hace necesario no es ya un director que sepa dosificar las tensiones, sino una mente que organice los ritmos cruzados. Sin Juego de cartas, por otra parte, habría sido imposible que se escribiera una obra como la Primavera apalache de Copland, y las intervenciones del metal son decisivas. Antoni Wit supo realizar una interpretación adecuada de la obra, frente a una orquesta muy bien dispuesta. Destacó la madera en la cita de El barbero de Sevilla de Rossini, de un humor ácido extraordinario. Pero lo mejor había llegado al comienzo del concierto.

Es difícil explicar la magnitud del logro conseguido por Antoni Wit con la Sinfonía número 92 de Haydn. Ya desde la introducción, sin lentitudes, se planteó una versión alegre y optimista, en la que si no hubo sentido del humor, se percibió un indefinible humanismo adecuadísimo para Haydn en general y para esta sinfonía en particular. Con timbalería usada al modo historicista, (golpes secos, contundentes), también se destacó la modernidad de la obra, especialmente el desconcertante juego de hemiolias y acentos irregulares del Trío. El firmante recuerda pocas interpretaciones haydnianas que le hayan inspirado tanto como la que nos ocupa. Los aplausos, muy entusiastas para tratarse de la obra que abría el concierto, fueron elocuentes.

En conjunto, fue un concierto muy bien planificado que, esperamos, sirviera a parte del público para reconciliarse con la música del siglo XX, dejando por añadidura una interpretación de la Sinfonía número 92 de Haydn que queda para el recuerdo.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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