Haydn Mozart Beethoven Martin Haselböck 10/01/2014

Haydn, el progresista

 

Viernes, 10 de enero de 2014. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Orquesta Sinfónica de Navarra. Martin Haselböck, director. Wolfgang Amadeus Mozart: Sinfonía número 25 en Sol menor, KV 183, (1773). Franz Joseph Haydn: Sinfonía número 103 en Mi bemol mayor, Hob. I número 103, (el redoble de timbal), (1795). Ludwig van Beethoven: Sinfonía número 4 en si bemol mayor, Op. 60, (1806). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta sinfónica de Navarra 2013-2014.

 

Definir a un compositor como progresista o conservador es complejo. En uno de sus ensayos más famosos, el compositor austríaco Arnold Schönberg (1874-1951) se proponía redefinir en parte la visión de la música de finales del siglo XIX que se ha perpetuado hasta el día de hoy. Bajo el título Brahms, el progresista, Schönberg quiso significar que, a pesar de las evidentes novedades que Wagner produjo en la música alemana, el verdadero renovador había sido Johannes Brahms. Según el autor austríaco, la armonía de Brahms es más compleja que la de Wagner, la investigación tímbrica más profunda, el pensamiento musical más elaborado, razones suficientes para apartar del compositor hamburgués el epíteto de otoñal o conservador que tradicionalmente se le ha colocado.

De la trinidad que forma la Primera Escuela de Viena, la de Haydn, Mozart y Beethoven, muchas veces se ha entendido que Haydn era el más conservador, el más implantado en los usos y costumbres del siglo XVIII. Según lo que suele entenderse, Mozart ya empezaba a apuntar rasgos novedosos en sus últimos años, pero no vivió lo suficiente para poder asumir esas novedades completamente, y fue Beethoven quien, después de aprender bien la tradición, dio el paso que llevaría a la música a las puertas del romanticismo.

Al escuchar a Martin Haselböck la Sinfoníanúmero 103 de Haydn, sin embargo, se percibía otra cosa distinta. Lo que en otras manos es una obra galante, de estructura regular y métricamente bien definida, dejó de serlo. El director austríaco, que curiosamente proviene del mundo de la interpretación historicista, nos presentó la vertiente prebeethoveniana de Haydn, acentuando los acentos en lugares poco convencionales del compás, y destacando las intervenciones de las trompas, que le dan a los movimientos extremos tintes heroicos. A esto súmese un segundo movimiento lleno de cambios de humor, y se podía llegar francamente a la conclusión de que fue Haydn, y no Beethoven, el verdadero renovador del sinfonismo. Después de semejante interpretación, parecía más lógico escuchar la Heroica que la Cuartasinfonía que llegó después.

Anteriormente, se había escuchado una interpretación irregular  de la Sinfoníanúmero 25 de Mozart. Siendo una de las obras más dramáticas del autor salzburgués, Haselböck afrontó los movimientos extremos con tensión muy marcada. Lo que resultó más discutible fue la interpretación de los movimientos centrales. El segundo movimiento fue tomado a tiempo muy ligero, no dando ocasión de disfrutar de los diálogos entre familias instrumentales. El Minueto, marcado de manera ortodoxa, se vio perjudicado por un fraseo excesivamente enfático, algo impropio de la música de este período.

La segunda parte estaba ocupada en exclusiva por la Cuartasinfonía de Beethoven. Fue la de Haselböck una interpretación en línea con los gustos de hoy. Tras una introducción bien planteada, llena de misterio, y una transición excelente, el austríaco tomó el primer movimiento como si la orquesta fuera una locomotora a todo vapor. Entre medio se perdió el lirismo del segundo tema, y apenas había expectación en la sección final del desarrollo. El segundo movimiento tuvo más interés, porque aunque se tomó a tempo bastante vivo, sí quedó de manifiesto el lirismo de las melodías; por supuesto, el dramatismo de la sección central fue muy bien captado. Dentro de la misma línea de ligereza y alegría del primer movimiento, los dos episodios finales funcionaron mucho mejor. En toda la obra la orquesta sonó como una máquina casi perfecta.

En conjunto, fue éste un concierto en el que las particulares interpretaciones de Haselböck obligaron a replantear, al menos en el caso de Haydn, nuestras opiniones sobre la época del Clasicismo vienés. Muchos preferimos escuchar al austríaco en su repertorio natural, que es la música barroca, pero al margen de lo que pensemos sobre sus incursiones en Mozart o Beethoven, Haselböck muestra una coherencia y una convicción poco comunes.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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