Guillermo Pastrana Antoni Wit Karlowicz Lalo Sibelius 15/02/2013

Éxito inesperado

 

Viernes, 15 de Febrero de 2013. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Guillermo Pastrana, violonchelo. Orquesta Sinfónica de Navarra. Antoni Wit, director. Mieczislaw Karlowicz: Serenata para orquesta de cuerdas en Do mayor, Op. 2, (1897). Edouard Lalo: Concierto para violonchelo y orquesta en Re menor, (1877). Jean Sibelius: Sinfonía número 1 en Mi menor, Op. 39, (1899). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2012-2013.

 

El concierto que nos ocupa no prometía en teoría un gran éxito de público. Dejando al margen al siempre polémico Sibelius, no había obras de ningún compositor unánimemente consagrado. Más aún: el autor de la primera obra, el polaco Mieczislaw Karlowicz, era incluso para el firmante, un gran desconocido hasta esta semana. Sin embargo, los aplausos finales del público fueron mayores de lo habitual en Baluarte, todo ello gracias en buena medida a la dirección de Antoni Wit.

La Serenata para cuerdas de Karlowicz es una obra muy agradable de escuchar, de espíritu alternativamente lúdico y lírico. Tiene innegables influencias de la música de salón, y le sienta bien un cierto aire de decadencia bien entendida. Pero tampoco nos habría parecido  una obra maestra, de no haber contado con un director del calibre de Antoni Wit, que supo medir la dosis de dulzura adecuada, planteando una interpretación brillante y convencida. La elegancia del vals del tercer movimiento y el amplio fraseo de los violonchelos en el segundo, nunca amanerado, fueron realmente encomiables. Ciertamente, una demostración de que un gran intérprete puede hacer que una obra parezca mejor de lo que realmente es.

El famoso Concierto para violonchelo y orquesta de Lalo fue interpretado por Guillermo Pastrana. Cuestiones de afinación aparte, su versión fue buena y mostró a un solista que no buscó virtuosismos gratuitos en ningún momento. No obstante, Pastrana pareció en ocasiones un tanto anodino y nunca llegó a meterse del todo en la obra, en claro contraste con el gran acompañamiento de Antoni Wit, siempre atentísimo a las sutilezas de la orquestación, especialmente a las partes de las maderas. El éxito fue moderado, y el solista agradeció los aplausos con la Nana de las Siete canciones populares españolas de Falla, en una interpretación digna que no despertó mayor entusiasmo.

Sí fue importante la ovación al final de la Primera sinfonía de Sibelius, y desde luego, no es de extrañar. Asistimos a una versión de gran fuerza y poder dramático, especialmente notorio en el primer movimiento. Ese impulso se dejó sentir en el tempo, siempre bastante vivo, y en el inmenso sentido del ritmo, manifestado en los timbalazos del Scherzo, tocados sin ninguna contemplación, con gran violencia. Además, fue destacable el cuidado de las texturas orquestales, algo absolutamente imprescindible en la música de este compositor. La acritud del sonido del metal característica de Sibelius resultó siempre adecuada y bien medida. Mas Wit no se desentendió de la vertiente lírica de la obra, deudora del estilo de Tchaikovsky, dejando un muy buen segundo movimiento. Así, aquellos que creían que Sibelius es un compositor aburrido marcado por la frialdad del clima finlandés, se encontraron con una agradable sorpresa.

En conjunto, fue un concierto que resultó de gran interés, en donde Wit demostró una vez más su inmensa capacidad como músico, ya no sólo como intérprete de obras maestras, como puede ser el caso de Sibelius, sino como embajador de la música de su país, Polonia, siempre mostrándose comprometido con todo lo que hace, sin querer tomar protagonismo. Un gran ejemplo para todos, sin duda.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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