Grigori Sokolov Salzburgo 10/08/2014

Intimismo

 

Domingo, 10 de Agosto de 2014. Gran Teatro de Festivales de Salzburgo. Grigori Sokolov, piano. Fryderyk Chopin: Sonata para piano número 3 en Si menor, Op. 58, (1844). Mazurca en La menor, Op. 68 número 2, (1835). Mazurca en Fa mayor, Op. 68 número 3, (1835). Mazurca en Do menor, Op. 30 número 1, (1837). Mazurca en Si menor, Op. 30 número 2, (1837). Mazurca en Re bemol mayor, Op. 30 número 3, (1837). Mazurca en Do sostenido menor, Op. 30 número 4, (1837). Mazurca en Sol mayor, Op. 50 número 1, (1842). Mazurca en La bemol mayor, Op. 50 número 2, (1842). Mazurca en Do sostenido menor, Op. 50 número 3, (1842). Mazurca en Fa menor, Op. 68 número 4, (1846). Concierto inscrito en la serie Solistenkonzert del Festival de Salzburgo 2014.

 

Pocos años después del fallecimiento del compositor austríaco Arnold Schönberg, su discípulo Erwin Stein publicó algunas de las cartas personales que el músico intercambió con algunos de sus amigos. Entre ellas, destaca una que envió el 1 de Diciembre de 1914 a su amigo, el director de orquesta Hermann Scherchen, en la que comentaba algunos aspectos de los ensayos que Scherchen había realizado de la Sinfonía de cámara número 1 de Schönberg.

En la carta, Schönberg alababa a Scherchen por su esmerado trabajo en el estudio de la partitura, una obra de contrapunto intrincado y difícil de ensamblar. No obstante, Scherchen recibió del compositor una crítica bastante contundente por el uso de tempi demasiado rápidos, y por la búsqueda de un temperamento demasiado apasionado, que según Schönberg “puede causarles impresión sólo a las mujeres”. En términos generales, añadía posteriormente Schönberg una queja: “¿La pasión, de eso todos son capaces! Pero la interioridad, la casta y más elevada forma de pensamiento, parece estar negada a la mayoría de los hombres”.

Parece claro que al pianista Grigori Sokolov no le hacen falta explicaciones de este género. El ruso, uno de los concertistas de piano más cotizados, se presentaba en el Festival de Salzburgo con un programa de exigencia brutal, inconcebible para cualquier otra persona. No obstante, lo sacó adelante con nota gracias a una técnica extraordinaria y, sobre todo, a una concentración que permitió un intimismo fuera de lo común.

Para cualquier pianista, abrir un concierto con la Tercera sonata de Chopin parecería una locura. Es una obra larga, compleja técnicamente y que requiere del solista una sensibilidad a flor de piel. Si además, como ocurrió en el caso de Sokolov, se opta por tiempos más bien lentos, se añade el reto de mantener la tensión y una línea de fraseo constante. Pero esto no pareció ningún problema para nuestro artista, metido como estaba hasta la médula en la obra. Lo más sobresaliente fueron los pasajes líricos, paladeados con detenimiento y tocados con un intimismo extraordinario, como si Sokolov se multiplicara y estuviera tocando en una habitación separada a cada uno de los que escuchábamos el concierto. Fue una interpretación muy arriesgada, porque Sokolov estuvo a punto de traspasar la línea de la genialidad y llevarnos al tedio en alguna ocasión, cuando no a la extravagancia del Pogorelich más reciente, pero la experiencia resultó apasionante y reveladora.

Posteriormente, Sokolov desgranó una a una las diez mazurcas de Chopin seleccionadas, pero eso sí, sin rastro de folclorismo. Algunas de las mazurcas se convirtieron en nocturnos, reflejando esa Polonia soñada e idealizada en la que seguramente pensaba Chopin al escribir estas pequeñas obras maestras. Sin embargo, no se trató de interpretaciones desmayadas, porque siempre hubo vida y color detrás de cada nota, de manera que el resultado fue tal vez menos genial, pero asimismo menos discutible que en la sonata. Al final de la Op. 67 número 4, se hizo un silencio que duró algunos segundos, hasta que el público empezó a aplaudir con fuerza.

Después vinieron las propinas, que alcanzaron un nivel aún más destacado si cabe. Fueron seis piezas, cuatro de ellas impromptus de Schubert, un vals y una mazurca de Chopin. Especialmente conseguidos fueron los cuatro Schuberts, tocados con simplicidad, intimismo, intención dramática y pleno sentido de la forma. Muchos ilustres intérpretes de ayer y de hoy se han estrellado contra la obra para piano de este compositor; Sokolov, sin embargo, supo interpretar las obras con todos sus elementos y se mostró como, tal vez, uno de los dos o tres mejores pianistas schubertianos de hoy.

En conjunto, fue un recital muy adecuado para aprovechar posteriormente la cálida noche de verano que disfrutamos aquel domingo en Salzburgo. Sin duda, una ocasión inolvidable.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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