MÚSICA CLÁSICA Xabier Armendáriz
“El valor del silencio”
Viernes, 11 de Septiembre de 2026. Iglesia del Convento de Santa Clara de Estella. Miguel Rincón, laúd renacentista de ocho órdenes. Obras de John Dowland. Concierto inscrito en la Semana de Música Antigua de Estella 2026.
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Mucho se ha hablado del protocolo que rodea a los conciertos de música clásica. Para unos, no es natural que centenares de personas mantengan el silencio y la capacidad de concentración que se espera de los asistentes a un concierto clásico, y el resultado les parece ritualista, más similar a una liturgia religiosa, lo que contribuye a considerar la música clásica como algo inaccesible salvo para unos pocos escogidos. Para otros, la capacidad de concentración es un factor necesario para disfrutar de la música clásica y es esa misma “liturgia laica” lo que hace de la música clásica algo tan atractivo.
Lo cierto es que ni unos ni otros tienen razón por completo. Aunque nos parezca que la actitud reverente que hoy observamos en los conciertos de música clásica ha sido siempre parte del ritual, lo cierto es que hasta comienzos del siglo XX era habitual que el público aplaudiera entre los movimientos de las sinfonías o incluso a veces en medio de la música, como todavía hoy se puede escuchar en las grabaciones de los primeros Conciertos de Año Nuevo. Incluso sabemos que Mozart escribió el comienzo del cuarto movimiento de su Sinfonía número 31 pensando que el público aplaudiría al escuchar ese fragmento. Pero al mismo tiempo es verdad que mantener el silencio contribuye en muchos casos a la concentración necesaria para disfrutar de la música y que, cuando no hay aplausos, los conciertos pueden alcanzar una mayor fluidez y unidad, algo que habría sido muy necesario en el concierto que nos ocupa.
Esta velada era una de las más esperadas de la actual edición de la Semana de Música Antigua de Estella. El principal protagonista era el compositor inglés John Dowland (1563-1626), de quien se conmemoraba el cuarto centenario de su fallecimiento. Hablamos del laudista más célebre del paso entre los siglos XVI y XVII, un compositor de vida novelesca, siempre a la espera de poder ser reconocido en su país y conseguir su ansiado puesto en la Corte de la reina Isabel I de Inglaterra. En esta sesión, Miguel Rincón ofrecía un ramillete de piezas breves, casi todas ellas relacionadas con formas de danza de la época y que, como ocurriría con los valses de la dinastía Strauss tres siglos más tarde, tienen títulos alusivos a cuestiones extramusicales que luego pocas veces se traducen en lo que escuchamos, al menos de manera inmediata. Miguel Rincón es un intérprete claramente conocedor, que ornamenta con imaginación y que no se queda sólo con la concepción melancólica y otoñal que el propio Dowland tantas veces alimentó sobre sí mismo. Además, la recogida acústica de la iglesia del Convento de Santa Clara es ideal para un concierto de estas características, porque contribuyó a acrecentar el intimismo que necesita este repertorio.
El único inconveniente de esta sesión fue que al conjunto de la velada le faltó fluidez. El público aplaudió sistemáticamente al final de todas las piezas, así que resultaba difícil mantener la concentración de manera continuada. Miguel Rincón fue inteligente y aprovechó algunas de esas pausas para explicar aspectos de las piezas que iba interpretando, pero quizá habría sido mejor dividir el programa en tres o cuatro bloques de obras; de esa forma, se podía conseguir un formato más equilibrado entre la música, aplausos y silencios.
En conjunto, fue una sesión de gran interés musical a priori, que pudo brillar mucho más si hubiéramos apreciado el valor del silencio, que después de todo es la raíz y lo que da sentido a un arte como la música.

