Giménez Paganini Dvorák Vasko Vassilev Cristóbal Soler 11/12/2014

Fuegos artificiales

 

Jueves, 11 de Diciembre de 2014. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Vasko Vassilev, violín. Orquesta Sinfónica de Navarra. Cristóbal Soler, director. Gerónimo Giménez: Los borrachos: Obertura, (1899). Nicolo Paganini: Concierto para violín y orquesta número 1 en Re mayor, Op. 6, (1817). Antonin Dvorák: Sinfonía número 8 en Sol mayor, Op. 88, (1889). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2014-2015.

 

El siglo XIX fue la era de los grandes virtuosos. Fue entonces cuando surgieron aquellos instrumentistas y cantantes que, gracias a su extraordinaria pericia técnica, causaban el delirio entre las masas, que se limitaban a contemplar admirados la genialidad de la que eran testigos. Al menos en la primera mitad del siglo, no solían ser excepcionales intérpretes, si por interpretación entendemos una recreación artísticamente lograda de una obra. Pero la capacidad mecánica era tan grande, que resultaba deslumbrante de por sí. El joven Franz Liszt fue uno de ellos, como también lo eran los pianistas Sigismund Thalberg (1812-1871), Ignaz Moscheles (1794-1870) y Karl Tausig (1841-1871). Para todos ellos, su principal inspiración fue el gran violinista Nicolo Paganini, de quien se decía que había llegado a un pacto con el diablo.

En el concierto que nos ocupa, la obra que creaba más expectación, por relativamente infrecuente, era el Concierto para violín número 1 de Paganini. El gran violinista italiano escribió la obra para ejecutarla él mismo, complicando desde entonces la existencia de los violinistas de las generaciones posteriores. De hecho, prácticamente ninguno de los grandes violinistas actuales ha centrado su atención en una obra que no refleja una gran inspiración melódica, pero sí manifiesta una escritura para el violín demoledora, en la práctica imposible de reproducir con exactitud. El tercer movimiento, con su brillantez, salva una obra que sólo tiene sentido si se cuenta con un violinista que posea una técnica extraordinaria y un toque que pueda alternar franco lirismo y fuerza en los pasajes de bravura.

Vasko Vassilev es, en este aspecto, un violinista muy adecuado. Realizó una interpretación directa de la obra, sin espacio para las medias tintas. En el primer movimiento, resolvió con gran habilidad las terribles exigencias de la partitura, aunque no pudo evitar incurrir en desafinaciones ocasionales en momentos en donde la parte solista se encarama al registro sobreagudo. Ya más relajado y ante una escritura algo menos diabólica, Vassilev mejoró en los dos movimientos siguientes, para conseguir al final unos merecidísimos bravos del público. El violinista tuvo aún fuerzas para corresponder con el Capricho número 5 del propio Paganini, tocado con la misma facilidad insultante. Cristóbal Soler realizó un acompañamiento eficaz, sin esconder la tosquedad de la orquestación, a bombo y platillo, del concierto.

Anteriormente, se había escuchado la obertura de Los borrachos de Gerónimo Giménez, una obra bien escrita que recuerda los famosos interludios orquestales de sus zarzuelas El baile de Luis Alonso y La boda de Luis Alonso. La obra fue interpretada con gran diligencia, como fue igualmente artesana y bien realizada la interpretación de la Sinfonía número 8 de Dvorák. En efecto, Soler planteó la obra del compositor checo desde un punto de vista occidental, sin fijarse tanto en las resonancias folclóricas de la obra como en la poesía del Adagio o en la gracia de un Scherzo magníficamente realizado. Los movimientos extremos sonaron por comparación algo pesantes, pero el conjunto aportó detalles de interés.

En todo caso, si hemos de quedarnos con algo en este concierto, lo haríamos con la interpretación de un violinista muy dotado, que reflejó que el Concierto número 1 de Paganini no es una obra maestra del género, sino una exhaustiva colección de fuegos artificiales. Sólo a partir del ejemplo de Chopin, la segunda mitad del siglo XIX llegaría a ofrecer virtuosos más auténticos y genuinos, centrados en la pura belleza sonora y en la expresión.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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