Ernest Martínez-Izquierdo Schubert Bruckner 24/05/2013

El hombre con prisa

 

Viernes, 24 de Mayo de 2013. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Orquesta Sinfónica de Navarra. Ernest Martínez-Izquierdo, director. Franz Schubert: Sinfonía número 3 en Re mayor, D. 200, (1815). Anton Bruckner: Sinfonía número 6 en La mayor, WAB 106, (1881, edición preparada por Robert Haas en 1935). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2012-2013.

 

Al cumplirse en 2002 el centenario del nacimiento del director de orquesta Eugen Jochum, uno de los grandes apóstoles de la música de Anton Bruckner, José Luis Pérez de Arteaga le dedicó en su programa una serie bajo el título “A los cien años de un hombre sin prisa”. Al llamar de esa forma al director bávaro, Arteaga se refería a su gusto por la naturalidad interpretativa, las construcciones amplias y meditadas, su cuidado en el arte de la transición y su buen hacer como artesano experto. Un programa como el que nos ocupa le habría permitido lucir estas cualidades con obras de dos compositores afines.

Pero en este caso era Ernest Martínez-Izquierdo quien ocupaba el podio y abría programa con una deliciosa sinfonía de Schubert, la Tercera, llena de encanto y gracia mozartianas. Sin embargo, no hubo mucho de ello en esta ocasión. Asistimos a una interpretación enérgica y en ocasiones tendente a la precipitación, especialmente en el primer movimiento. Al tiempo lento le faltó sentido del humor. El Minueto sí tuvo un tono de rusticidad bien entendida, pero Martínez-Izquierdo no mostró la necesaria flexibilidad de tempo para aprovechar ese aire de ländler tan marcado del Trío. La orquesta respondió bien a las intenciones de la batuta, aunque el resultado desnaturalizaba buena parte del significado de la obra.

En la segunda parte, se escuchó la Sexta sinfonía de Bruckner. Con demasiada frecuencia se ha comparado a las sinfonías del autor austríaco con catedrales, dada la vastedad de sus desarrollos y el “colosalismo” indudable de algunos pasajes. Pero aunque esta idea de la catedral sinfónica no sea exacta, sí es necesario tenerla en cuenta para dotar a la obra de un discurso armónico y coherente.

Martínez-Izquierdo no llegó a alcanzar esa depuración constructiva, en parte por la elección de los tempi. Aunque objetivamente no lo eran, los tiempos parecían un tanto apresurados, con lo que el movimiento fluía pero sin verdadera profundidad. El caso más claro fue el segundo movimiento, que no resultó “sehr feierlich”, muy solemne, sino fluido y sin mayor hondura. Pero la clave para que una sinfonía de este tipo se mantenga en pie, al margen del tempo escogido, es la manera en que se enlazan unas secciones con otras. No siendo éste precisamente el punto fuerte de Martínez-Izquierdo, el difícil primer movimiento le presentó complicaciones.

Por otra parte, el director barcelonés sí logró un aspecto importante. Consiguió que la orquestación bruckneriana brillara con toda su amplitud, sacando de la Sinfónica de Navarra un sonido empastado, organístico. Las trompas realizaron una buena intervención en el Trío del Scherzo, y el resultado sonoro hizo que buena parte del público, que nunca había escuchado esta obra infrecuente en Pamplona, llegara a valorarla más de lo que cabía esperar.

En conjunto, la velada presentó dos obras importantes, en manos de un director de innegables virtudes pero  muy diferentes de las que realmente son necesarias para un concierto de este tipo. Una  buena respuesta orquestal concitó el interés del público.

 

  

Autor entrada: Xabier Armendariz

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