Cristóbal Soler Stravinsky Borodin Tchaikovsky Rimsky-Korsakov 22/11/2013

Celebración

 

Viernes, 22 de Noviembre de 2013. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Orquesta Sinfónica de Navarra. Cristóbal Soler, director. Igor Stravinsky: Sinfonía número 1 en Mi bemol mayor, Op. 1, (1907). Alexander Borodin: En las estepas de Asia central, (1880). Piotr Illyich Tchaikovsky: Capricho italiano, Op. 45, (1880). Nikolai Rimsky-Korsakov: Capricho español, Op. 34, (1887). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2013-2014.

 

Los ingleses tienen una extraordinaria capacidad para inventar palabras para todo. Uno de sus últimos hallazgos es la palabra adecuada para aquellas obras que, por su escritura, ponen al límite las capacidades técnicas de un intérprete, y así han creado el término “show-piece”, (traducido literalmente, “pieza de exhibición”). Siguiendo esta terminología, diríamos que el concierto que nos ocupa estaba lleno de este tipo de obras, que precisamente por ser muy conocidas del público y estar grabadas en disco por los conjuntos más destacados del mundo, suponen un reto especial para cualquier orquesta.

Antes , se escuchó una rareza. La Sinfonía número 1 de Stravinsky es una obra producto de los estudios del compositor ruso con Rimsky-Korsakov, y en ella se perciben claramente las influencias de Tchaikovsky, Taneiev y el propio Rimsky. De toda la obra, tal vez lo más destacado sea el final del tercer movimiento, en donde ya está, de forma embrionaria, música que luego se escuchará en El pájaro de fuego. Por lo demás, es una obra en la que abundan las melodías de gran lirismo y se percibe el inmenso cuidado en la escritura orquestal, algo que Cristóbal Soler mostró de forma clara en una interpretación de tempi más bien fluidos y que manifestó el buen hacer característico del director.

Pero evidentemente el público estaba esperando la segunda parte, y no era de extrañar. Para empezar, se escuchó En las estepas de Asia central, una obra evocadora del paso de las caravanas rusas en los desiertos siberianos, que fue interpretada con delicadeza por una orquesta muy bien trabajada. Después, llegó el Capricho italiano de Tchaikovsky, ese amalgama de melodías de distinto signo, sobre todo populares, orquestada con brillantez. Soler llevó la obra igualmente con acierto, aunque no hacía falta tanta solemnidad en el comienzo y no se pudo evitar algunos excesos orquestales en la sección final.

Quedó para terminar la obra más brillante del concierto. El Capricho español de Rimsky-Korsakov es una pieza que se ha escuchado poco en Pamplona en los últimos años, y la orquesta realizó de ella una interpretación sobresaliente. Soler llevó la Alborada con brío, apoyado en una intervención magnífica del violín solista, para dar paso a una Escena y canto gitano de gran lirismo, reforzado por intervenciones solistas de nivel por parte de corno inglés y trompa. Posteriormente, tras la vuelta de la Alborada, comenzó la sección final, llevada con pulso firme a pesar de algunos leves problemas en la percusión, hasta un final espectacular en donde todos los músicos de la orquesta dieron lo mejor de sí. Los fuertes aplausos del público animaron a Cristóbal Soler a repetir la coda de la obra.

Al comienzo del concierto, Soler había recordado que el  22 de Noviembre se celebraba la festividad de Santa Cecilia, patrona de los músicos, y felicitaba al concertino en esta velada, Miguel Borrego, que como miembro del Trío Arbós ha conseguido recientemente el Premio nacional de Música en la categoría de Interpretación. Lo cierto fue que, entre el tipo de repertorio que se manejaba y estas circunstancias, reinó en el concierto una atmósfera de celebración.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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