Bach Beethoven Schubert Grigori Sokolov 10/08/2015

Destellos

 

Lunes, 10 de Agosto de 2015. Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián. Grigori Sokolov, piano. Johann Sebastian Bach: Partita para teclado número 1 en Si bemol mayor, BWV 825, (1726). Ludwig van Beethoven: Sonata para piano número 7 en Re mayor, Op. 10 número 3, (1798). Franz Schubert: Sonata para piano [número 14] en La menor, D. 784, [Op. 143], (1823). Seis momentos musicales, D. 784, [Op. 94], (1828). Concierto inscrito en la LXXVI Quincena Musical de San Sebastián 2015.

 

El 10 de Agosto de 2014 fue un domingo cálido y agradable en Salzburgo. Después de tomar las extraordinarias salchichas propias del lugar, el firmante ocupó su localidad en el Teatro de Festivales de Salzburgo, en donde escuchó un recital de piano memorable. El protagonista fue un Grigori Sokolov desatado, genial. En la primera parte, el pianista ruso se marcó una Sonata número 3 de Chopin sencillamente extraordinaria, en la que Sokolov desafió las leyes más elementales del tempo musical; ofreció una interpretación de tempi lentísimos, pero que convenció plenamente. La segunda parte, toda ella a base de mazurcas de Chopin, fue asimismo sensacional. De propina, seis impromptus de Schubert a cada cual más extraordinario. En resumen, fue un concierto de los que marcan de por vida.

Un año después, este modesto comentarista ocupaba su localidad en el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián, después de disfrutar igualmente de una cálida y agradable tarde veraniega en la capital guipuzcoana. El protagonista del concierto fue igualmente Grigori Sokolov, y todos los ingredientes hacían presagiar un concierto asimismo extraordinario. Sin embargo, a la hora de la verdad, el resultado fue más irregular.

El concierto se abría con la Partita número 1 de Bach, en la que Sokolov demostró su habilidad técnica habitual y un acercamiento poco ortodoxo, con articulaciones aparentemente caprichosas. Pero el problema no fue la antiortodoxia del planteamiento, sino la falta de compromiso expresivo con la obra. Hubo que esperar hasta una Zarabanda deliciosamente paladeada para que la música levantara el vuelo, algo que ocurrió con creces en la sección final de la obra. Pero de un pianista como Grigori Sokolov era de esperar más desde el principio.

El acercamiento a la Sonata número 7 de Beethoven fue asimismo muy particular. En contra de lo que hoy es habitual, asistimos a una versión muy interiorizada, de carácter íntimo y camerístico. El primer movimiento no adquirió carácter y brío al comienzo, a lo que no contribuyó un tempo excesivamente moroso. Sin embargo, los dos movimientos centrales fueron una delicia por su concentración interna, el pulso firmísimo establecido por el pianista y el aliento dramático resultante, sobre todo en el Largo e mesto. Sin llegar a los extremos del primer movimiento, al Finale también le faltó sentido lúdico y carácter. En fin, una interpretación a medio gas.

La segunda parte se abrió con la Sonata D. 784 de Schubert, que resultó ser la interpretación más acabada del recital. Fue una versión muy ortodoxa, en la que no se despreciaron los arranques beethovenianos. Sokolov pareció sentirse a su gusto desplegando la melodía schubertiana y ofreció una versión llena de matices y contrastes, extraordinariamente planificados. Nuevamente, el mejor momento resultó el tiempo central, de un carácter lírico muy bien conseguido.

Sin embargo, al querer enlazar la sonata con el ciclo de los Seis momentos musicales, Sokolov volvió a cometer un error de concentración. El primer movimiento del ciclo resultó pesado, moroso, ajeno al carácter aparentemente despreocupado que requiere la página. Poco a poco, fue entrando el pianista nuevamente en materia, especialmente a partir del cuarto movimiento de la serie, donde ofreció un Trío central lleno de calidez e intimismo.

Después llegaron las propinas. Fueron cuatro en total, todas ellas mazurcas de Chopin que ya había interpretado en la segunda parte de su programa oficial en Salzburgo en 2014. Fueron interpretaciones maravillosas, de una melancolía indescriptible conseguida en buena medida gracias a tempi generalmente muy lentos. Pero cuando parecía que un buen número de propinas haría remontar el nivel general del concierto, el rumor de los fuegos artificiales llegó a la sala del Teatro Victoria Eugenia y tanto artista como público perdieron interés en seguir adelante. Fue una lástima.

En conjunto, fue un concierto de buen nivel, pero fallido. Grigori Sokolov, que con razón es considerado como uno de los mejores pianistas del presente, podía haber ofrecido mucho más que estos destellos de calidad diseminados aquí y allá. Habrá que esperar a otra ocasión.

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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