Alexei Ogrintchouk Michal Nesterowicz Penderecki Strauss Schumann 31/05/2013

El arte de la respiración

 

Viernes, 31 de Mayo de 2013. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Alexei Ogrintchouk, oboe. Orquesta Sinfónica de Navarra. Michal Nesterowicz, director. Krystoff Penderecki: Requiem polaco: Agnus Dei, (arreglo para orquesta de cuerdas realizado por Boris Pergamenschikov en 1994), (1981). Richard Strauss: Concierto para oboe y pequeña orquesta en Re mayor, Op. 144, TRV 292, (1945). Robert Schumann: Sinfonía número 1 en Si bemol mayor, Op. 38, (Primavera), (1841). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2012-2013.

 

Los filósofos griegos ofrecieron a la posteridad las primeras reflexiones disponibles sobre el hecho musical. En general, explicaron el proceso de producción del sonido y teorizaron sobre una supuesta armonía procedente del movimiento regular de los planetas, conocida como música de las esferas. Aristóteles fue de los pocos que sistematizaron la teoría musical y la afinación de los instrumentos de su época. Seguramente él, tan amante de la naturaleza, se habría dado cuenta de que, más allá de cualquier explicación abstracta, la música es un organismo vivo. Los organismos vivos están sometidos al cambio, que sólo es posible mientras las constantes vitales, circulación y respiración, se mantengan. Esto es aplicable a las obras musicales, donde esas constantes vitales son el ritmo y el fraseo. Quienes mejor lo saben son los instrumentistas de viento, que deben administrar el aire de forma correcta,  pero todos los músicos han de tener esto en cuenta.

El Agnus Dei del Requiem polaco de Penderecki es un buen ejemplo de la importancia de la respiración. Fue escrito para coro a capella, y se  puede intuir aun en esta versión para orquesta de cuerdas las sonoridades sacadas de un motete del Renacimiento, aunque con un tinte mucho más expresionista y rebelde. Al menos, así es como le resultó la obra a Michal Nesterowicz, que supo aprovechar al máximo el magnífico arreglo de Boris Pergamenschikov, muy bien servido por las cuerdas de la orquesta.

El Concierto para oboe de Richard Strauss es el más importante de entre los escritos para el instrumento. La obra es tremendamente difícil, porque exige un solista que sepa sostener frases larguísimas con gran lirismo, contando apenas con brevísimos silencios para respirar. No obstante, en manos de Alexei Ogrintchouk esto pareció lo más natural del mundo. Su técnica se mostró impecable y su sonido fue de musicalidad franca y natural. La armonía evanescente que envuelve al solista fue bien captada por la orquesta y por un sutilísimo Nesterowicz, que supo dotar a la obra de ese tinte crepuscular del Strauss de última época, tan lejano del optimismo de los poemas sinfónicos juveniles más conocidos. Los aplausos fueron importantes, pero no hubo propina.

La segunda parte fue llenada por la Primera Sinfonía de Schumann. Obra optimista donde las haya, debe estar presidida por la alegría que a todos nos inunda al llegar los primeros calores de una primavera estándar. La rústica orquestación, con preeminencia especial de las trompas, y los ritmos de danza del Scherzo nos remiten al campo, y muy en particular a la Sexta Sinfonía de Beethoven. Nesterowicz tuvo esto en cuenta pero no se excedió en su entusiasmo, de manera que el segundo movimiento fue muy bien paladeado, lo que permitió que la música fluyera adecuadamente y hubiese la dosis justa de pasión requerida por el estilo. La sección de maderas de la orquesta, en particular clarinetes y oboes, hizo una gran actuación. Aplausos prolongados y éxito general.

En conjunto, fue un concierto en donde el componente vocal y melódico estuvo muy presente, algo que Nesterowicz supo aprovechar para ofrecer interpretaciones muy bien medidas y paladeadas. Ciertamente, un magnífico manual práctico del arte de la respiración musical.

 

  

Autor entrada: Xabier Armendariz

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