«FLEMA BRITÁNICA» CON LA SINFONIETTA Y CAPILLA DE MÚSICA EN BALUARTE-CÁMARA

Música Xabier Armendáriz

“Flema británica”

Algunos de los integrantes de la Orquesta Sinfonietta, durante el concierto. irati aizpurua

Lunes, 23 de marzo de 2026. Sala de Cámara del Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Orquesta Sinfonietta de Pamplona. Caroline Collier, directora. Felix Mendelssohn: Las Hébridas, obertura de concierto Op. 26, (1830). Edward Elgar: Variaciones sobre un tema original, Op. 36, (Enigma): Variación IX, (Nimrod), (1899). César Franck: Sinfonía en Re menor, (1889). Concierto inscrito en el Festival de Música Sacra de Pamplona.

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El compositor inglés Edward Elgar es una figura musical poliédrica, mucho más compleja de lo que parece a primera vista. Sin embargo, es verdad que él mismo se presentó en ocasiones como el arquetipo del compositor de las eras victoriana y eduardiana. En sus partituras, aparece en numerosas ocasiones la indicación “nobilmente”, en pasajes con cierta tendencia a la grandilocuencia y en donde se espera que los intérpretes aporten cierto grado de distinción, de distanciamiento y de “flema británica”.

Ocasionalmente, algunos intérpretes de la música de Elgar se confunden y extienden ese principio a sus obras casi en su totalidad, pero es verdad que esa vertiente de la música del compositor inglés está ahí y no se puede ignorar y que, en algunos casos, otros autores del siglo XIX han conocido interpretaciones planteadas desde ese ángulo, como en la sesión de la que tratamos aquí.

En el concierto que nos ocupa, la Orquesta Sinfonietta de Pamplona ofrecía su habitual concierto en el Festival de Música Sacra de Pamplona y se presentaba con un programa ambicioso: una sinfonía de gran formato injustamente olvidada, un fragmento icónico de la serie de variaciones para orquesta más famosa de la historia y una obertura de concierto de gran poder evocador.

Se abrió la sesión con Las Hébridas de Felix Mendelssohn, un producto de la estancia del compositor hamburgués en el archipiélago situado en Escocia. Asistimos a una interpretación muy bien construida por una orquesta en buena forma, con grandes aportaciones de las maderas, pero con un tempo muy prudente y un carácter moderado, limitando el espíritu de aventura que esta obra puede tener. Siguió la novena de las Variaciones Enigma de Edward Elgar, la célebre Nimrod, que Collier hizo sonar con gran solemnidad y centrando la atención en la nobleza de la melodía presentada por las cuerdas más que en la búsqueda de la emoción en el clímax.

Pero el gran foco del concierto era la Sinfonía en Re menor de César Franck, hasta mediados del siglo XX considerada la cima del sinfonismo francés de la segunda mitad del siglo XIX y después sustituida en esa consideración por la Sinfonía número 3 de Camille Saint-Saëns. Hablamos de una obra que representa como pocas el paso de las tinieblas a la luz propio de muchas sinfonías de este período, con su primer movimiento monumental y altamente dramático, su episodio central reflexivo y tenso y su final exultante. Pero también hablamos de una sinfonía que contiene grandes sutilezas en la orquestación, juegos tímbricos que parecen transitar entre el influjo organístico, a veces casi bruckneriano, y un manejo de las maderas casi debussysta. Caroline Collier ofreció una versión monumental, pero “en blanco y negro”, sin permitir que los instrumentos de la madera pudiesen mostrar todo su potencial. La Sinfonietta de Pamplona mostró los resultados de un trabajo detallado.

La propina que llegó después, muy en la línea de las que a menudo ofrece la Sinfonietta de Pamplona, fue una obra actual de carácter espiritual y relajante, en este caso el Ave Maria Dolorosa del compositor neerlandés Johann Walther, al que no hay que confundir con el colaborador musical de Martín Lutero que recopiló los primeros himnos de la Reforma protestante. Al final, sólo faltó el té…

Autor entrada: xabier armendariz

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