LA ORQUESTA SINFÓNICA DE NAVARRA DA “OPORTUNIDADES” EN BALUARTE

Oportunidades

CONCIERTO DEL DÍA

DE NAVARRA

Martes, 3 de diciembre de 2019. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Carlota de Miguel, piano. Orquesta Sinfónica de Navarra (+ Alumnos del Conservatorio Superior de Música de Navarra). Manuel Hernández-Silva, director. Wolfgang Amadeus Mozart: Concierto para piano y orquesta número 20 en Re menor, KV 466, (1785). Piotr Illyich Tchaikovsky: Sinfonía número 4 en Fa menor, Op. 36, (1878). Concierto extraordinario inscrito en los actos de celebración del Día de Navarra 2019.

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Desde hace unos años, el Día de Navarra se ha convertido en una fecha de oportunidades. Se ofrece la ocasión de presentarse en Baluarte junto a la Orquesta Sinfónica de Navarra a solistas navarros prometedores y se presenta una obra en la que los alumnos del Conservatorio Superior de Navarra se unen al conjunto sinfónico profesional.

Ambas iniciativas son muy loables y, si se programan las obras con criterio, pueden resultar muy positivas para la promoción de los músicos navarros jóvenes. De hecho, los últimos conciertos del Día de Navarra han tenido un elevado interés musical.

No ha sido una excepción la sesión de 2019, que se iniciaba con el Concierto para piano número 20 de Mozart, uno de los más célebres del autor y el de mayor calado por su dramatismo prebeethoveniano. Se ha presentado con la Orquesta Sinfónica de Navarra Carlota de Miguel, una joven pianista que ha realizado sus estudios superiores en el Trinity College of Music de Londres. No le faltan a de Miguel credenciales como intérprete mozartiana. En la sesión que nos ocupa, demostró pureza de articulación y de fraseo y, algo muy importante en los conciertos de Mozart, capacidad para escuchar y ceder protagonismo a las maderas cuando es necesario.

En el crucial momento de la cadencia teóricamente improvisada del solista (a falta de ejemplo escrito por Mozart, De Miguel utilizó la de Beethoven, como hacen casi todos los pianistas), la navarra demostró imaginación en el tratamiento del tempo y del silencio. Le faltó en el conjunto de la obra contundencia, fuerza en la articulación, sobre todo en la mano derecha, porque este concierto no sólo exige pureza clásica, sino también contrastes y drama.

Manuel Hernández-Silva sabe qué hacer con la música de Mozart y ofreció un acompañamiento impecable, apoyado en las maderas de la orquesta, en muy buena forma. Fue una lástima que la reacción del público, algo tibia, nos impidiera disfrutar de una propina de Carlota de Miguel.

Llegó después la Sinfonía número 4 de Tchaikovsky, una obra no tan alejada de la plantilla habitual de la Sinfónica de Navarra como otras que se han interpretado en similares ocasiones con refuerzos procedentes del Conservatorio.

La sinfonía tchaikovskiana surgió en una época de profunda crisis del compositor. Tchaikovsky salía de un matrimonio fracasado al que se había prestado para acallar los rumores acerca de su homosexualidad. Tras abrazar seriamente la posibilidad del suicidio, Tchaikovsky presentó una obra que se inicia con una desesperada fanfarria en un primer movimiento de tremenda urgencia, terminado en un terrible grito de las cuerdas altas. Manuel Hernández-Silva supo contener a los músicos de la orquesta en el resto del movimiento para dar a ese clímax todo su poder expresivo.

Después, ofreció un segundo movimiento elegante, donde los solistas de la madera lucieron toda su capacidad. El tercer movimiento, con sus secciones extremas marcadas por los pizzicatti de las cuerdas, mantuvo su carácter humorístico habitual y el Finale resultó adecuadamente alegre, pero sin excesos. Hernández-Silva, que ha dirigido con frecuencia orquestas jóvenes, sabe cómo manejar estas situaciones y todos los músicos de la orquesta reforzada actuaron a su máximo nivel.

En conjunto, fue un concierto “de peso” para el Día de Navarra, en el que se ha comprobado que los músicos jóvenes navarros tienen potencial, si se les dan oportunidades adecuadas.

Autor entrada: xabier armendariz

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