ORQUESTA SINFÓNICA NAVARRA “LA TRANSFORMACIÓN” EN BALUARTE

La transformación

Jueves, 21 de Noviembre de 2019. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Edgar Moreau, violonchelo. Orquesta Sinfónica de Navarra. Yves Abel, director. Sergei Prokofiev: Sinfonía concertante para violonchelo y orquesta en Mi menor, Op. 125, (1952). Felix Mendelssohn: Sinfonía número 3 en La menor, Op. 56, (Escocesa), (1842). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2019-2020.

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Una de las maneras en las que se comprueba el nivel de una orquesta sinfónica es su ductilidad; es decir, la capacidad que demuestra para adaptarse a las exigencias de diferentes repertorios. Idealmente, un conjunto sinfónico debería poder tocar con idéntica solvencia las obras de Bach y de Philip Glass, de Beethoven o de Pierre Boulez. Por eso, es importante que una orquesta sinfónica tenga una programación variada; no sólo el resultado es más interesante para el público, sino que además los músicos se acostumbran a conseguir el sonido necesario para cada época y estilo, y de esta manera la agrupación en su conjunto crece en consecuencia.

El concierto que nos ocupa se iniciaba con la Sinfonía concertante para violonchelo y orquesta de Sergei Prokofiev, obra reelaborada a partir de un concierto para violonchelo anterior y dedicada al célebre virtuoso Mstislav Rostropovich. Se trata de una obra de un Prokofiev casi terminal, especialmente hermética en su tratamiento orquestal, de colores muy oscuros y de un profundo sarcasmo. Es un mundo sonoro muy particular y desconocido, dado que ésta y otras obras del Prokofiev final apenas se escuchan en las salas de conciertos, y la Sinfónica de Navarra no es una excepción. Por eso, cuando el director canadiense Yves Abel planteó el acompañamiento de esta obra, el resultado tendió a sonar lírico, tal como piden algunos pasajes de la obra, pero no en sintonía con la partitura, con metales de sonido demasiado rústico y poco ácido.

Sin embargo, el protagonista de la primera parte fue Edgar Moreau, un magnífico chelista que conoce muy bien los resortes técnicos del instrumento y mostró un elevado sentido musical. Esta sinfonía concertante de Prokofiev es una obra intensísima para el solista, al que le depara todo tipo de problemas de afinación, agilidades, etc. Por eso, la labor de Moreau fue especialmente encomiable y fue una lástima que el acompañamiento orquestal no estuviese a la misma altura, algo que seguramente es cuestión de familiaridad con esta sonoridad. De propina, Moreau ofreció la Zarabanda de la Suite para violonchelo solo número 3 de Bach, con un estilo sobrio y clásico más que adecuado.

Completamente diferente resultó la Sinfonía número 3 de Mendelssohn que cerró la sesión. En esta obra, que es mucho más familiar para la Orquesta Sinfónica de Navarra, los músicos consiguieron reproducir esa sonoridad aérea y el encanto lírico de los principales momentos de la composición, sobre todo los movimientos impares. En este punto, sin embargo, el director Yves Abel convenció sólo a medias. Su lectura de la partitura, que al parecer refleja en parte las vivencias del compositor en su travesía por las Islas Británicas, fue bastante ortodoxa en general, aunque con algunos cambios de tempo algo caprichosos en el tiempo lento. Fue una interpretación ordenada, bien medida, pero que nunca llegó a tomar vuelo, algo que, teniendo a una Sinfónica de Navarra bien dispuesta, se habría podido conseguir.

En conjunto, fue un concierto que demostró que la versatilidad es uno de los grandes valores de cualquier conjunto orquestal. Así, incluso en una obra tan inhabitual como la de Prokofiev, habríamos podido disfrutar de un gran chelista, como es Edgar Moreau, a quien habrá que seguir con atención en los próximos años.

Autor entrada: xabier armendariz

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