Sibelius Frank Peter Zimermann Carlo Rizzi 26/01/2015

Violín de altura

 

Lunes, 26 de Enero de 2015. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Frank Peter Zimermann, violín. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Carlo Rizzi, director. Jean Sibelius: Concierto para violín y orquesta en Re menor, Op. 47, (1905). Sinfonía número 5 en Mi bemol mayor, Op. 82, (1919). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2014-2015.

 

La música del compositor finlandés Jean Sibelius viene apareciendo con cierta regularidad en los últimos años en las programaciones pamplonesas, pero parece claro que el año 2015 es especialmente propicio para ello, al cumplirse los 150 años del nacimiento de los dos compositores nórdicos más conocidos de la transición entre los siglos XIX y XX: Karl Nielsen y el propio Sibelius. La Orquesta Sinfónica de Euskadi ofrecía en su primer concierto de este año un monográfico Sibelius, en donde se presentaban dos de las obras más arquetípicas: el Concierto para violín y orquesta y ese magistral canto a la naturaleza que es la Quinta Sinfonía, con el movimiento final en el que se incluye la melodía, de tipo hímnico, al parecer inspirado en el canto de los cisnes.

Para el Concierto para violín y orquesta, se contaba con uno de los violinistas más conocidos del mundo, como es el alemán Frank Peter Zimermann. En efecto, Zimermann demostró en la obra su extraordinaria musicalidad, pero su interpretación fue desde luego poco ortodoxa. El sonido del violinista alemán no es poderoso, y su fraseo no mostró la exaltación romántica al que nos han acostumbrado otros violinistas en determinados pasajes de la obra. Fue el asombroso control de los pasajes cadenciales, algo fundamental en el primer movimiento, lo que resultó más convincente de una interpretación especialmente redonda en el Finale y muy ordenada en su conjunto.

Por su parte, Carlo Rizzi se plegó a las necesidades del solista, y ofreció un buen acompañamiento con momentos de elevada musicalidad, especialmente al comienzo del tiempo lento. Con todo, habría sido tal vez deseable una sección de cuerdas más densa en su sonido, aun reconociendo que el tinte apagado del sonido obtenido por Rizzi en el concierto fue adecuado en muchos momentos. Los aplausos del público consiguieron que Zimermann interpretara el Preludio de la Sonata para violín en MI mayor de Bach, en una versión sobria y técnicamente impecable.

En la segunda parte, Rizzi estuvo más convencional. El sonido orquestal fue ciertamente adecuado, y el director italiano mostró gran afinidad con los pasajes más claramente tchaikovskianos de la obra. Pero esta sinfonía requiere una mayor asunción de riesgos, y mostrar claramente las influencias naturalistas. Desde la entrada de la trompa en el primer movimiento, no se percibía la densidad del bosque finés, y aunque la introducción avanzó de manera adecuada, la transición al tiempo rápido pareció algo repentina. En el segundo movimiento, la música fluyó sin detenerse, pero no había magia, como tampoco hubo solemnidad en el tercer movimiento. El aleteo de los cisnes pareció, por efecto del tempo, el vuelo de un pájaro común y corriente, y los mismos silencios del final, con cuya duración se puede experimentar para obtener efectos humorísticos interesantes, resultaron algo escasos en carácter. Como mostró la reacción del público, fue una buena interpretación que no alcanzó mayor vuelo.

En conjunto, fue un concierto del que recordaremos, una vez más, la gran calidad de Frank Peter Zimermann, que es sin duda uno de los violinistas que, hoy por hoy, más cosas tienen que decir, aunque sus interpretaciones nos parezcan poco ortodoxas.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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