Mozart Jun Märkl Coro Easo 13/05/2014

En Do mayor

 

Martes, 13 de Mayo de 2014. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Marta Ubieta, soprano. Marifé Nogales, mezzosoprano. Gustavo Peña, tenor. Iñaki Fresán, barítono. Oscar Candendo, órgano. Coro y Escolanía Easo de San Sebastián. Salvador Rallo, director del coro. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Jun Märkl, director. Wolfgang Amadeus Mozart: La clemencia de Tito, KV 621: Obertura, (1791). Sinfonía número 36 en Do mayor, KV 425, (Linz), (1783). Misa en Do mayor, KV 317, (De la Coronación), (1779). Sonata para órgano y orquesta número 13 en Do mayor, KV 328, (1779). Sonata para órgano y orquesta número 14 en Do mayor, KV 329, (1779). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2013-2014.

 

El concierto que nos ocupa reunía obras con un punto en común muy particular. No es solo que todo el programa estuviese compuesto por obras de Mozart, sino que todo él estaba formado por obras en la tonalidad de Do mayor. Particularizando movimiento a movimiento, y dejando de lado los inevitables cambios de tonalidad ocasionales, sólo el tiempo lento de la Sinfonía número 36 y el comienzo del Agnus Dei de la Misa de la Coronación están en otra tonalidad que, por cierto, es la de Fa mayor en ambos casos. Un hecho curioso e infrecuente.

Nada de esto tendría por qué ser relevante para nosotros, porque la tonalidad de Do mayor, de por sí, no reúne ninguna cualidad especial. Pero culturalmente algunas tonalidades tienen un sentido particular, explotado por los compositores. El de Do mayor es un tono que suele reflejar alegría, franca y directa, sin connotaciones triunfalistas, como ocurre con Re mayor, ni heroicas, algo propio de Mi bemol mayor. Comunicar ese sentimiento de alegría, y mantenerlo uniforme a lo largo del concierto, era un reto importante para el director Jun Märkl.

Se abrió la sesión con la obertura de La clemencia de Tito, una pieza con aire de marcha de serenata que Märkl interpretó sin complejos y con mucho sentido cantábile en los pasajes contrastantes. A continuación, la Sinfonía número 36 recibió una interpretación canónica, vivaz en los movimientos rápidos, elegante en el Andante y el Minueto. En este último, fue particularmente notorio el tempo tomado en el Trío, mucho más lento que en las secciones extremas, que permitió a Märkl jugar muy inteligentemente con el rubato. Fuera de los secos timbales, de ascendencia historicista, no hubo asperezas ni especial dramatismo. A la postre, en algunos momentos de los movimientos extremos se perdía fuerza, y la alegría de la que hablábamos perdía terreno; faltaba un último punto de pasión y disfrute.

En la segunda parte, sin embargo, todo mejoró considerablemente. La Misa de la Coronación sonó con impulso, sentido dramático y adecuación histórica. Ayudaba a ello la decisión de insertar las sonatas para órgano, obras compuestas para ser tocadas durante la misa por el propio Mozart, en las que Oscar Candendo realizó una labor muy eficaz.

Pero sobre todo, la elección de un coro de niños para las voces que hoy habitualmente interpretan mujeres  fue lo que ayudó a poner esta misa en contexto y  lamentarnos  que no se tratara de una liturgia auténtica. En el siglo XVIII, los coros catedralicios estaban formados sólo por hombres y niños, igual que ocurre aún hoy en el Vaticano, Alemania y Austria. El uso de niños en las partes agudas lleva a un sonido coral más dulce que se agradece si, como fue el caso, el coro actúa con disciplina, determinación y empaste.

Por lo que respecta a los solistas, ninguno de ellos tenía pasajes de gran compromiso, y todos ellos cumplieron sus partes con corrección. Destacó el tenor Gustavo Peña, ya desde su breve intervención inicial en el Kyrie.

En conjunto, al final del concierto nos quedamos con esa sensación de felicidad por las pequeñas cosas que nos alegran la existencia. Era el efecto del Do mayor que, aunque no siempre se pudo mantener, a la postre terminó por ganar la partida.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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