LA ORQUESTA SINFÓNICA DE EUSKADI SUENA «FORTÍSIMO AL FIN» EN BALUARTE

CLÁSICA Xabier Armendáriz

¡Fortissimo al fin!

Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Serena Sáenz, soprano. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Semyon Bychkov, director. Gustav Mahler: Sinfonía número 4, (1900). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2020-2021.

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En 1906, Gustav Mahler se vio obligado a dimitir de su puesto como director de la Ópera Imperial de Viena debido a una serie de intrigas favorecidas por la innovadora programación del teatro en la época inmediata, las tendencias autocráticas de Mahler como director y, por supuesto, la misma ascendencia judía del músico. Entonces, Mahler aceptó una llamada de la Metropolitan Opera House de Nueva York para hacerse cargo de una temporada de ópera alemana, dando así comienzo a cuatro años de estancia poco gratificante en los Estados Unidos. Una de las escasas distracciones que Mahler se pudo permitir fue disfrutar ocasionalmente de la naturaleza. En una de estas excursiones, Mahler tuvo ocasión de contemplar las cataratas del Niágara, algo que le produjo una impresión realmente honda. “¡Fortissimo al fin!”, parece que dijo a sus acompañantes, y algo de la fuerza sonora de aquel lugar puede escucharse, se afirma, en la preparación del clímax del movimiento inicial de la Décima Sinfonía.

Los abonados de la Orquesta Sinfónica de Euskadi pudieron disfrutar, igual que Mahler en las cataratas del Niágara, de una experiencia sonora que se ha vuelto excepcional: poder escuchar en directo un fortissimo de una orquesta de dimensiones mahlerianas. La Orquesta Sinfónica de Euskadi nos ha proporcionado ese placer al programar la Cuarta sinfonía del compositor bohemio, la obra más clasicista de su catálogo, no tanto por su supuestamente mayor disciplina formal como por su relativa contención en dimensiones, duración y pretensiones. En la obra, el compositor vuelve a reflexionar otra vez sobre el paso de la vida a la muerte, pero esta vez desde la perspectiva de un niño. El último movimiento nos presenta una canción, cuyo texto ofrece la descripción de un paraíso en el que no escasean la comida y las diversiones. Como en todas sus sinfonías, Mahler nos presenta un macrocosmos en el que pretende encerrarlo todo, desde los toques pastorales, algo agrestes, del comienzo a la magia poética de los dos movimientos finales.

Para la Orquesta Sinfónica de Euskadi, es un lujo contar con la presencia de Semyon Bychkov. El director ruso es bien conocido en Pamplona al haber ofrecido en Baluarte conciertos memorables, entre ellos una gran Sexta sinfonía del propio Mahler. Esta Cuarta no le ofrece al maestro ruso ocasión para los grandes gestos retóricos de los que tanto gusta, pero es evidente que Bychkov domina el lenguaje y supo obtener de la orquesta un sonido cien por cien mahleriano. Sus mejores momentos los consiguió en el segundo movimiento, donde supo explotar la vertiente más expresionista de la música y el concertino ofreció una gran interpretación con su violín “desafinado”. Lo menos logrado fue el tercer movimiento, básicamente porque Bychkov infló el clímax final de la secuencia de manera algo artificiosa. Como suele ser habitual con tantas sopranos, en el movimiento final Serena Sáenz no mostró exactamente las características vocales que se buscan en ese momento: la voz es de calidad y la intención expresiva es notable, pero se le escuchó poco y fue difícil percibir la naturalidad, casi infantil, que el movimiento pide. Leonard Bernstein llegó a usar un niño en su última grabación de la obra con resultados poco convincentes, pero hay que buscar una mayor inocencia.

Tras terminar la interpretación de la sinfonía, Semyon Bychkov supo mantener la tensión y consiguió varios segundos de profunda expectación. Fue el final de un concierto en el que el público pudo vivir unas sensaciones a las que, últimamente, no estamos acostumbrados.

Autor entrada: xabier armendariz

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