LA ORQUESTA SINFÓNICA DE EUSKADI INTERPRETA LA SINFONIA Nº 5 DE BRUCKNER EN BALUARTE

CLÁSICA Xabier Armendáriz

«Los pilares de la Tierra»

‘SINFONÍA NÚMERO 5’

Martes, 13 de Abril de 2021. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Robert Treviño, director. Anton Bruckner: Sinfonía número 5 en Si bemol mayor, WAB 105, (1878, edición crítica de Benjamin-Gunnar Cohrs). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2020-2021.

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Anton Bruckner es un compositor singular dentro de la música del siglo XIX. Tratándose de un autor fundamental, se le suele dejar relativamente de lado en los textos de Historia de la Música y sobre él se repiten constantemente los mismos tópicos. El autor de Ansfelden, hijo de un maestro de escuela, se sometió a un riguroso proceso de aprendizaje informal de la música, primero en el Monasterio de San Florián y luego en una completa formación con dos profesores particulares, Otto Kitzler y Simon Sechter, con los que aprendió respectivamente las tendencias más recientes y los recursos contrapuntísticos más tradicionales. De esta manera, Bruckner se convirtió, a pesar de sus tendencias wagnerianizantes en el uso de la armonía, en el último sinfonista “ortodoxo” de la tradición centroeuropea del siglo XIX. Seguramente ésta es la mejor forma en que se pueden (y se deben) explicar sus obras.

Una y otra vez se ha explicado que las sinfonías de Bruckner son comparables a catedrales góticas. La comparación no sólo se sostiene por su gran extensión, sino también por la manera especialmente cuidadosa en la que están planificadas las diversas secciones. El mismo Mikel Chamizo, siempre tan proclive a cuestionar este tipo de tópicos, no ha dejado de aprovechar esta semejanza en sus comentarios sobre el concierto que nos ocupa. En las sinfonías de Bruckner, el oyente podría percibir que la estructura general se parece a un mosaico, donde las distintas piezas apenas tienen relación entre sí, pero esa sensación no debe mantenerse durante mucho tiempo. Es tarea del director hacer que todo fluya con naturalidad; para eso, hay que cuidar las transiciones entre cada pasaje y enlazarlo todo con atención.

Pocas sinfonías de Bruckner se adaptan tanto a esta concepción monumental como la Quinta Sinfonía, que es la obra en la que mejor aparecen resumidas las aportaciones del compositor. En particular, el último movimiento, con sus amplios desarrollos fugados, se presta a una concepción grandiosa, a construir la obra a base de bloques orquestales particularmente sólidos y sostenidos con arcos de tensiones especialmente amplios.

Robert Treviño decidió, sin embargo, buscar una opción diferente. En lugar de ofrecer una versión construida a fuego lento, decidió abordar la Quinta Sinfonía de Bruckner con impulso dramático.

Fue su versión una interpretación de tempi más bien rápidos, sobre todo en los movimientos extremos. Los dos movimientos que resultaron al final menos convincentes fueron, curiosamente, los dos centrales, que en teoría son los menos expansivos. El tiempo lento apenas dejó espacio para frasear los fragmentos más líricos, sobre todo las intervenciones del segundo tema presentado por las cuerdas.

El Scherzo sonó particularmente precipitado y se perdieron bastantes detalles. Hubo más interés en los movimientos extremos, en los que Treviño supo aprovechar bien el potencial apocalíptico de bastantes pasajes, pero igualmente los fragmentos más líricos no pudieron tomar vuelo.

Fue una lástima, porque el rendimiento de la Orquesta Sinfónica de Euskadi fue más que adecuado y, después de todo, es interesante observar cómo Treviño realmente asumió riesgos al ofrecer una versión tan particular de esta obra. Pero pocas veces se han conseguido interpretaciones con éxito sin buscar una construcción colosal, si excluimos la tremenda versión que Wilhelm Furtwängler dirigió en público durante la Segunda Guerra Mundial.

Autor entrada: xabier armendariz

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