LA ORQUESTA SINFÓNICA DE EUSKADI DE “NEOCLÁSICO” EN BALUARTE

“Neoclásico”

Miércoles, 4 de marzo de 2020. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Jonathan Roozeman, violonchelo. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Lionel Bringier, director. Gabriel Fauré: Máscaras y bergamascas: Suite Op. 112, (1919). Camille Saint-Saëns: Concierto para violonchelo y orquesta número 1 en La menor, Op. 33, (1872). Felix Mendelssohn: Las Hébridas, obertura de concierto Op. 26, (1830). Georges Bizet: Sinfonía número 1 en Do mayor, (1855). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2019-2020.

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En los libros de Historia de la Música, se habla de una época neoclásica coincidente con los años 1920. Tras el espíritu rompedor de las dos décadas anteriores, los principales compositores pretendieron volver a una mayor claridad de discurso, refugiándose en géneros y formas que habían alcanzado su esplendor en el siglo XVIII. Esta corriente surgió en Francia pero tuvo seguidores en toda Europa, afectando a las obras de Igor Stravinsky y Paul Hindemith, entre otros. Incluso el dodecafonismo de Arnold Schönberg puede entenderse como una sistematización de la forma de componer de los autores de la Segunda Escuela de Viena en los años previos a la Gran Guerra y, por lo tanto, también sería un estilo neoclásico.

Sin embargo, en realidad ya existía un neoclasicismo en el siglo XIX. Muchos autores románticos sintieron la influencia de los modelos heredados de Mozart y Beethoven y buscaron la recuperación de las formas y el lenguaje clásico. Son autores que tienden al equilibrio, a buscar frases más cortas y regularidad de forma. El culmen de este estilo se encuentra en la obra de Johannes Brahms, pero sobre todo en Francia hubo muchos autores que cultivaron esa tendencia. El concierto que nos ocupa, ofrecido por el joven Lionel Bringier, (hasta hace poco titular de la Orquesta de la Tonhalle de Zúrich), se centraba en dichos autores.

Se abría la sesión con la suite de Máscaras y bergamascas de Gabriel Fauré, obra en la que el autor francés recrea la atmósfera dieciochesca con gran exactitud, sobre todo en la elegancia del Minueto y la Gavota. Fue en ese ámbito donde se centró la atención de Lionel Bringier, que supo dotar a la música de su ligereza y plasticidad frente a una Sinfónica de Euskadi en buena forma. A continuación, se presentaba Jonathan Roozeman, tocando el Concierto para violonchelo y orquesta de Camille Saint-Saëns, una composición reconcentrada muy deudora por concepto de la obra de Schumann para la misma combinación. Roozeman y Bringier ofrecieron una versión muy contenida, en particular el chelista, destacando la elegancia de la construcción melódica de Saint-Saëns. Por eso, el Minueto que ocupa el segundo movimiento fue lo más recordable de la obra, pero a los movimientos extremos les faltó pasión.

Es complicado hacer justicia a una composición como la Sinfonía de Georges Bizet que cerraba la sesión. La obra parece un trabajo académico por su seguidismo de las formas musicales de la sinfonía clásica, pero Bizet dedicó en ella buena parte de su mejor inspiración juvenil y conviene tomar en serio el resultado. El hecho fue que la interpretación de la Sinfónica de Euskadi no terminó de funcionar, porque en los movimientos extremos no se mantenía de forma sistemática un tiempo constante y todo tendía a sonar precipitado. Lo más conseguido fue el tiempo lento, quizá la secuencia musicalmente más inspirada del contenido del concierto, donde el solista de oboe pudo demostrar su gran calidad.

En este contexto, la obertura Las Hébridas de Mendelssohn no era el complemento más apropiado, ya no sólo porque rompía la conexión parisina del programa, sino porque es la obra de inspiración más romántica de un autor generalmente neoclásico. Además, el resultado sonoro fue menos trabajado que en el resto del programa. Con todo, el conjunto fue un recordatorio de que la contención clásica puede encontrarse donde menos se espera, incluso en pleno siglo romántico.

Autor entrada: xabier armendariz

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