LA ORQUESTA SINFÓNICA DE EUSKADI CON «RITMO Y MEDIDA» EN BALUARTE

MÚSICA Xabier Armendáriz

«Ritmo y medida»

Jueves, 10 de febrero de 2022. Baluarte. Christina Daletska, soprano. Varvara, piano. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Mei-Ann Chen, directora. Joël Merah: El olor de la sabiduría, (estreno absoluto, obra encargo de la Sinfónica de Euskadi perteneciente al Proyecto Elcano, 2019). Bela Bartok: Concierto para piano y orquesta número 3 en Mi mayor, BB 127, SZ 119, (1945). Ludwig van Beethoven: Sinfonía número 7 en La mayor, Op. 92, (1812). Temporada de abono de la Orquesta.

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El director de orquesta Hans von Bülow ofreció una de las citas más célebres relacionadas con la música: “En el principio fue el ritmo”. La frase nos recuerda que el ritmo es el aspecto más importante en cualquier obra musical. No hablamos solo del ritmo medido, regular y básico de una composición, sino de la manera en que cada compositor administra el tiempo, ya sea deteniéndolo como hace Ligeti al comienzo de Atmósferas, o desatando una andanada vertiginosa como John Adams en Breve viaje en una máquina rápida. El concierto que nos ocupa podía haberse titulado Tres visiones del ritmo, pues las tres obras ofrecen perspectivas diferentes.

Se abría el concierto con El olor de la sabiduría de Joël Merah, compositor vascofrancés que contribuía con dicha obra a la conmemoración que la Orquesta Sinfónica de Euskadi realiza de los 500 años de la vuelta al mundo concluida bajo el liderazgo de Juan Sebastián Elcano. Esta composición es una reflexión sobre la inmensidad del mar y, como tal, es una obra donde el tempo parece detenido desde el principio. La participación vocal está diseñada para añadir misterio al conjunto, de manera similar a lo que hace Vaughan Williams en su Sinfonía Antártica, pero sin tanto poder de penetración. La directora taiwanoestadounidense Mei-Ann Chen defendió la composición con convicción y se contó con la participación de la soprano Christina Daletska.

Durante mucho tiempo, Bela Bartok pasó por el imaginario colectivo como un compositor mecanicista y enérgico, donde cualquier asomo lírico podría resultar sospechoso. Sin embargo, el Tercer concierto para piano, última obra (casi) completada por el autor, tiene un lirismo y una cantabilidad que permiten una aproximación menos percusiva. Varvara, la pianista que asumía la parte solista, optó por este enfoque y obtuvo resultados de interés, confrontando con el acompañamiento más incisivo que le procuraba Mei-Ann Chen y la Sinfónica. Lo menos logrado, paradójicamente, fue el tiempo lento, carente de cualquier sentido transcendente, (Bartok indica Adagio religioso), pero Varvara demostró que, si consigue armonizar su sentido del fraseo con un toque más profundo y rico en graves, puede alcanzar resultados interesantes. De propina, ofreció La trucha de Schubert en la transcripción pianística de Liszt, una versión sin mayor brillo.

Se cerraba el concierto con la Séptima Sinfonía de Beethoven, obra que, como subrayaba Wagner al denominarla “apoteosis de la danza”, destaca por su vigor rítmico e intensidad. Mei-Ann Chen ofreció una versión muy poco medida de la obra, particularmente en los movimientos extremos, donde el pulso tendía a perderse de manera intermitente. En otros momentos, Chen no calibró bien las progresiones y se encontraba sin margen de maniobra para alcanzar de manera convincente momentos clave. El espectacular cierre del cuarto movimiento, con profusión de metalurgia pesada a lo Karajan, desató entusiasmos. En conjunto, fue un concierto más interesante por su programa que por los resultados que produjo, que sirvió para reflexionar una vez más sobre el ritmo, concepto fundamental para quienes nos dedicamos a la música.

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Autor entrada: xabier armendariz

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