Clásica Xabier Armendáriz
“La felicidad”
Miércoles, 6 de noviembre de 2024. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Mark Simpson, clarinete di bassetto. Euskadiko Orkestra. Juanjo Mena, director. Wolfgang Amadeus Mozart: Concierto para clarinete [di bassetto] y orquesta en La mayor, KV 622 (1791). Franz Schubert: Sinfonía [número 8] en Do mayor, D. 944 (La Grande), (1826). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Euskadiko Orkestra 2024-2025.
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Cuando se programa una obra como el Concierto para clarinete y orquesta de Wolfgang Amadeus Mozart, crece exponencialmente la expectación entre el público. En este caso, la obra llegó a este concierto por una sustitución. En teoría, el clarinetista originalmente previsto, el finlandés Kari Kriikku, iba a ofrecer en Pamplona una obra de su compatriota Kaija Sahariaho, recientemente fallecida.
Por razones de salud, Kriikku finalmente no pudo venir a esta serie de conciertos con la Euskadiko Orkestra, así que llegó como sustituto Mark Simpson que, frente a otras alternativas posibles, decidió interpretar el célebre concierto de Wolfgang Amadeus Mozart. Hablamos sin duda de la composición más importante y conocida escrita para esta combinación, un producto particularmente destacado de la etapa final del compositor salzburgués y de una obra especialmente popular por el cine, sobre todo por su aparición en Memorias de África.
Y fue precisamente en el segundo movimiento del concierto, el que todos recordamos por la citada película, donde se produjo la magia. Mark Simpson y Juanjo Mena ofrecieron una versión especialmente lenta y meditativa, donde brilló la cualidad belcantista del fraseo de Mark Simpson y, por supuesto, la escritura original para clarinete de Mozart. Y es que Anton Stadler, el dedicatario original de la partitura, utilizaba un instrumento que posteriormente no tuvo continuidad, (sólo unos pocos intérpretes actuales, como Simpson, lo han recuperado), que dispone de una extensión en el registro grave mayor que la del clarinete actual. En ese movimiento lento, hubo momentos de gran inspiración, sobre todo la vuelta del tema inicial, con fraseo a flor de labio, como dirían los cantantes. Por lo demás, Simpson se mostró muy imaginativo con las ornamentaciones en los dos movimientos extremos y llegó a incorporar algunas pequeñas cadencias en momentos muy apropiados, sobre todo en el primer movimiento. Juanjo Mena acompañó todo el concierto con gran atención, destacando en todo momento la participación de las maderas. De propina, Mark Simpson ofreció una suerte de improvisación en estilo kletzmer.
Ya en la segunda parte se escuchó, como estaba previsto inicialmente, la Gran Sinfonía en Do mayor de Franz Schubert, otro producto tardío en la trayectoria de un compositor que falleció apenas superada la treintena. Hablamos de una obra de gran complejidad estructural, en la que muchos directores fracasan por no encontrar las relaciones de tempo adecuadas para resolver los amplísimos movimientos extremos. En ese aspecto, Juanjo Mena tomó decisiones bastante extremas, casi todas en línea con las interpretaciones “históricamente informadas”. Para empezar, tomó la introducción de la obra a un tempo muy cercano al del grueso del movimiento inicial y, una vez ahí, apenas cambió el tempo para los dos temas principales de la exposición, pero no se perdió espíritu cantábile por ello. Luego no respetó la repetición de la exposición (algo hoy poco habitual), y supo graduar muy bien las cotas dramáticas del resto del movimiento hasta el final. Y así fue desgranando el resto de movimientos, de manera que al final le quedó una interpretación de gran coherencia y muy completa en lo expresivo.
Pero como en el arte nada es perfecto, Juanjo Mena tomó su decisión más cuestionable en el clímax del segundo movimiento: tras la imponente explosión dramática que se había alcanzado y el poderoso silencio posterior, Juanjo Mena se apresuró en tomar el tempo que llevaba desde el comienzo, sin detenerse a frasear la melodía tan lírica de los violonchelos.
En conjunto, fue un gran concierto, que respondió plenamente a la expectación del público. De hecho, lo que ocurrió en el segundo movimiento del concierto de Mozart definió, para muchos, lo que es la felicidad.

