«DESTELLOS» DE EUSKADIKO ORKESTRA EN BALUARTE

Nº 19 de 2024

CLÁSICA Xabier Armendáriz

“Destellos”

Lunes, 29 de abril de 2024. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Markus Schirmer, piano. Euskadiko Orkestra. Marie Jacquot, directora. Wolfgang Amadeus Mozart: Concierto para piano y orquesta número 20 en Re menor, KV 466, (1785). Anton Bruckner: Sinfonía número 7 en Mi mayor, WAB 107, (1883). Concierto inscrito en la temporada de abono de Euskadiko Orkestra 2023-2024.

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Cuando Anton Bruckner escribía el segundo movimiento de su Séptima Sinfonía, era bien conocido que la salud de Richard Wagner estaba empeorando rápidamente y se temía ya el fatal desenlace que se produciría poco después. Para el compositor austríaco, la muerte de Wagner suponía la pérdida de su principal valedor, un músico que le había dado un importante espaldarazo al aprobar su Tercera Sinfonía y cuya estela, se decía, Bruckner estaba siguiendo en el ámbito sinfónico.

En ese contexto, Bruckner inicia el movimiento lento de su sinfonía con un imponente coral de metales, que luego retoman las cuerdas. Es un lamento de una sobria intensidad, (valga el oxímoron), que inicia el segmento más emotivo que el austríaco compondría en su vida, en todo caso quizá sólo comparable en eso al Adagio de la Novena Sinfonía. Y el episodio es, sin duda, el punto focal de toda la Séptima Sinfonía, el que debe quedar en la memoria de todos los que escuchen la obra.

El concierto que nos ocupa, inscrito en la temporada de la Euskadiko Orkestra, se cerraba con la Séptima Sinfonía de Bruckner y cumplía así con la “cuota bruckneriana” que tantas organizaciones de conciertos en todo el mundo destinan para conmemorar el bicentenario del compositor de Ansfelden. Precisamente el Adagio fue lo más destacado de la sesión.

La directora francesa Marie Jacquot cumplió a pies juntillas la indicación de tempo propuesta por el compositor: “sehr feierlich und sehr langsam” (muy lento y solemne), y planteó una interpretación muy bien medida de este movimiento que tanto debe formalmente al tiempo lento de la Novena Sinfonía de Beethoven.

Aprovechando una orquesta en gran forma, dibujó perfectamente el ascenso hacia el clímax del movimiento, en esta ocasión convenientemente subrayado con platillo, triángulo y timbales, para luego trazar el camino de la disolución hacia la nada con el que concluye la secuencia.

El resto de la interpretación no resultó tan brillante. La joven directora francesa planteó los movimientos extremos a tempi más bien lentos y, aunque calculó bien las relaciones entre las diferentes secciones, el resultado final fue poco espontáneo y fluido.

Además, la sonoridad actual de la Euskadiko Orkestra, con esos metales tan abrillantados que en otros repertorios más afines a su titular Robert Treviño son tan oportunos, no casan bien con la sonoridad de la orquesta bruckneriana, que debería ser más compacta y permitir un equilibrio más exacto entre metales y cuerdas. No obstante, el citado movimiento lento sí concitó la emoción que se esperaba y confiamos en que anime a los sectores del público menos habituados a escuchar más detalladamente el resto de la obra y el conjunto de las sinfonías de Bruckner.

El programa se había abierto con el Concierto para piano y orquesta número 20 de Mozart, el más interpretado del compositor salzburgués. Marie Jacquot acompañó con gran atención a los detalles, creando un clima dramático ideal desde el bien tensionado primer movimiento y dando la importancia adecuada a timbales y maderas. Pero el sonido del pianista Markus Schirmer, con su toque perlado y pulcro, no es exactamente el que necesita esta obra, cuyos movimientos extremos requieren un acercamiento más incisivo y de mayor carácter.

Por otra parte, en las cadencias, o intervenciones finales teóricamente improvisadas del piano solista en los movimientos extremos, Schirmer no optó por la alternativa tradicional, que serían las cadencias compuestas por Beethoven para esta función, pero optó por alternativas muy clasicistas, muy en estilo con el resto del concierto pero poco sorprendentes. La propina sí fue memorable: el toque perlado y pulcro que no resultó exactamente apropiado en Mozart, sí fue ideal para la Melodía húngara D. 817 de Franz Schubert, una miniatura exquisita del período final del compositor austríaco.

En conjunto, fue un concierto de destellos, con dos grandes momentos que permanecerán en el recuerdo del público.

Autor entrada: xabier armendariz

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