Chopin Dvorák Benjamin Grosvenorn Andrei Boreiko 04/06/2014

Ha nacido una estrella

 

Miércoles, 4 de Junio de 2014. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Benjamin Grosvenorn, piano. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Andrei Boreiko, director. Fryderyk Chopin: Concierto para piano y orquesta número 1 en Mi menor, Op. 11, (1830). Antonin Dvorák: Sinfonía número 8 en Sol mayor, Op. 88, B. 163, (1889). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2013-2014.

 

Los aficionados veteranos al cine recordarán, sin duda, alguna de las tres películas rodadas entre los años treinta y setenta que se presentaron en España bajo el título de Ha nacido una estrella. De ellas, tal vez la más conocida sea la película realizada en 1954 y protagonizada por Judy Garland. En las tres cintas, se cuenta la misma historia: un actor en declive descubre el potencial como cantante de una camarera con la que estaba iniciando una relación, y hace lo posible para que la camarera llegue a la fama; el ascenso de ella coincidirá con la caída de él en la autodestrucción. La frase de “Ha nacido una estrella” se ha convertido, gracias al cine y sobre todo en los países anglosajones, en una frase hecha, cuando se quiere definir a un joven gran talento que hasta ahora no era conocido.

En ese sentido, el pianista Benjamin Grosvenorn no era desconocido para los más conspicuos aficionados. En el sello Decca, ya había lanzado algunos discos que han logrado cierta repercusión. Pero el firmante no había tenido oportunidad de escucharle, y después de esta interpretación del Concierto número 1 de Chopin quedaron claras las razones de su fama. Este joven pianista demostró que posee una técnica formidable; entiéndase la palabra “técnica” en su sentido amplio, no sólo en el de mera habilidad para tocar rápido y fuerte. Realizó una interpretación de la obra en la más pura ortodoxia, llena de sonidos perlados, acertada en la aplicación del rubato. En particular, el fraseo en el tiempo lento resultó bellísimo, dando al movimiento la atmósfera de nocturno que debe tener, (no se olvide la influencia de John Field, inventor del género del nocturno que Chopin llevaría a su máxima expresión). Si alguien pudo echar de menos algo más de energía en el Finale, esto no resta méritos a una interpretación por lo demás espléndida, en la que Andrei Boreiko acompañó con gusto y diligencia, demostrando que en contra de lo que tantas veces se ha afirmado, Chopin era un orquestador muy eficaz. De propina, una interpretación impresionante del Estudio de concierto de Erno Donhángyi, en la que Grosvenorn desplegó auténtico virtuosismo y despertó una entusiasta reacción del público, muy merecida.

En la segunda parte, Andrei Boreiko interpretó la Octava Sinfonía de Antonin Dvorák, aunque optando por un enfoque muy poco explorado. En lugar de destacar la vertiente más lúdica y “folclórica” de la obra, pareció detenerse más en una visión más oscura y, si se quiere, expresionista. Esto llevó a momentos puntuales muy logrados, especialmente en el desarrollo del primer movimiento y en la sección central del segundo, pero a veces el sonido orquestal resultaba demasiado grueso, particularmente en los momentos más optimistas; parecía que estábamos escuchando una sinfonía de Mahler. Lo más ortodoxo de la interpretación fue el tercer movimiento, tomado con la delicadeza y la gracia esperables.

En conjunto, fue un concierto que sirvió para cerrar la temporada con brillantez, gracias a una interpretación del Concierto número 1 de Chopin que permanecerá en la memoria de muchos. Ciertamente, parece claro que ha nacido una estrella.

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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