Ana María Valderrama Illyich Rivas Dvorák Saint-Saëns Shostakovitch 15/03/2013

Inteligencia musical

 

Viernes, 15 de Marzo de 2013. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Ana María Valderrama, violín. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Ilyich Rivas, director. Antonin Dvorák: Variaciones sinfónicas, Op. 78, B. 70, (1877). Camille Saint-Saëns: Concierto para violín y orquesta número 3 en Si menor, Op. 61, (1880). Dimitry Shostakovitch: Sinfonía número 1 en Fa menor, Op. 10, (1925). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2012-2013.

 

En unos tiempos como los actuales en los que parece primar el sentido del espectáculo por encima de todo, conciertos como el que nos ocupa nos dejan una sensación agradable. El director venezolano Ilyich Rivas, otro más de los directores surgidos del Sistema venezolano impulsado por Jose Antonio Abreu, se mostró como un director aplicado e inteligente, un hábil artesano que a la manera antigua de un Giulini puede ofrecer grandes resultados en un repertorio muy diverso.

Abría Rivas su presentación en Pamplona con las Variaciones sinfónicas de Dvorák, un ciclo basado en un tema de gran concisión y aparentemente escasas posibilidades, realizado con mucha imaginación y el dominio orquestal que todos reconocemos en el compositor bohemio. Sin embargo, Rivas percibió con total claridad algo aparentemente evidente pero que es difícil dejar suficientemente claro: el sustrato brahmsiano de esta música. El lirismo con el que cantó la cuerda en las primeras variaciones, el sonido acariciante de la orquesta en toda la serie, fue realmente digno de elogio, así como el magnífico control de la agógica y las transiciones de tempo. Una muy buena interpretación de una obra injustamente  olvidada.

Ana María Valderrama no es ninguna desconocida en la capital navarra. La ganadora del Concurso Sarasate  en 2011 demostró en este concierto nuevamente sus virtudes e insuficiencias como violinista. Valderrama es intérprete de gran musicalidad, capaz de frasear con gran lirismo o de apasionados arrebatos cuando es conveniente. Sin embargo, su técnica y afinación no son impecables.  En un concierto cualquiera, la capacidad interpretativa de la española compensaría estos problemas  técnicos, pero el Tercer concierto de Saint-Saëns expone al solista como muy pocos conciertos del repertorio, con lo que los errores se perciben más claramente. Rivas realizó un acompañamiento muy bien estudiado, de gran lirismo y hondura. Los aplausos del público fueron importantes, pero no hubo propina.

En la segunda parte, Rivas cambió la visión  que siempre se ha sostenido sobre la Primera Sinfonía de Shostakovitch. Si normalmente se piensa en esta obra como un experimento en donde se dejan sentir toda clase de influencias de vanguardia a las que el compositor posteriormente renunciará, Rivas supo integrar el discurso de esta sinfonía en el resto de la labor compositiva,  más romántica, de Shostakovitch. El humor socarrón de los dos primeros movimientos, con las influencias reconocibles de Stravinsky y Prokofiev respectivamente, dio paso a otros dos movimientos que sonaron angustiosos, dramáticos, de una intensidad mahleriana pocas veces escuchada en esta obra. Esto resultó especialmente claro en la coda del Finale, en donde supo aprovechar muy bien el peso de los silencios para crear  tensión, un arte que pocos directores actuales conocen.

En conjunto, asistimos a una importante velada, con la confirmación de que el Sistema venezolano  de orquestas,  cuyo principal producto mediático hasta ahora ha sido   Gustavo Dudamel, sigue proporcionando grandes talentos. Pero sobre todo, este concierto probó nuevamente que la mayor virtud de un intérprete debe ser, por encima de todo, la inteligencia, la labor callada prácticamente artesanal que lleva a interpretaciones sinceras y honradas. Ilyich Rivas parece ir, en ese sentido, por el buen camino.

 

  

Autor entrada: Xabier Armendariz

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