Alexei Krilov Andrei Boreiko Wagner Bartok Tchaikovsky 14/05/2013

Canto de violín

 

Martes, 14 de Mayo de 2013. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Sergei Krilov, violín. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Andrei Boreiko, director. Richard Wagner: Lohengrin, WWV 75: Preludio del acto III, (1848). Bela Bartok: Concierto para violín y orquesta número 2, Sz 112, (1938). Piotr Illyich Tchaikovsky: Suite para orquesta número 3 en Sol mayor, Op. 55, Th. 33, (1884). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2012-2013.

 

La palabra belcanto ha sido en los últimos tiempos fuente de malentendidos. Preguntados por el sentido de esta expresión, muchos aficionados responderían que el belcanto es la ópera en general; así, los aficionados a la ópera son “amantes del belcanto”. Pero esto no es tan sencillo: belcanto proviene del italiano “bel canto”, que significa “canto hermoso”, y en origen la expresión remite a una calidez de fraseo, un lirismo, un gusto por la ornamentación y la coloratura presente en muchas óperas, en particular italianas, pero no necesariamente en la ópera tomada en conjunto. Y por el contrario, un buen instrumentista consigue acercarnos a la ilusión de que su instrumento canta,  como ocurrió en   el concierto que nos ocupa.

Se abría el programa con el preludio del acto III de Lohengrin de Wagner, un homenaje escaso y poco ilustrativo con ocasión del bicentenario del nacimiento del mago de Bayreuth. La interpretación, muy calculada, no terminó de despegar. Pero tras este pequeño aperitivo, llegó el Concierto para violín número 2 de Bartok.

Sergei Krilov realizó un trabajo técnico de gran magnitud en esta obra tremendamente difícil, compuesta para que la interpretara Zoltan Szekely, uno de los mejores violinistas de la época. Con todo, lo más impresionante fue el equilibrio de la interpretación. Si normalmente se cree que las obras de Bartok destacan más por su pujanza rítmica que por contenido melódico, Krilov se esforzó por convencernos del lirismo del concierto, bastante mayor del que puede parecer a primera vista, creando esa sensación de canto de la que hablábamos al comienzo. Además, se esforzó junto con un atentísimo Andrei Boreiko en crear una atmósfera apropiada, dando a la obra una luz sombría muy adecuada. La respuesta orquestal fue de gran nivel. La obra venció los prejuicios y el solista respondió al merecido éxito con una propina, un movimiento de una sonata para violín solo de Eugéne Ysaye, que el ruso aprovechó para exhibir su técnica, pero sin tener en cuenta  la capacidad expresiva de los silencios. Curiosamente, esta pieza también fue interpretada como propina por Ana María Valderrama en su concierto con la Sinfónica de Navarra de octubre, haciendo una versión perfectamente complementaria de la de Krilov. La técnica de la española no es tan perfecta, pero  los silencios adquirieron un mayor dramatismo.

Fue una idea excelente programar la Tercera suite para orquesta de Tchaikovsky. Posiblemente la obra en su conjunto no posee la inspiración de las tres últimas sinfonías, pero el tema principal del primer movimiento y todo el tema con variaciones que cierra la obra son muy interesantes. La interpretación de Boreiko fue fluida, de temperamento muy marcado y fraseo amplio, pero sin llegar nunca al sentimentalismo. Todo eso fue especialmente claro en los dos primeros movimientos. Al Scherzo, demasiado rápido, le faltó claridad, pero el tema con variaciones resultó muy logrado, con una magnífica intervención de Lorenz Nasturika, concertino de la orquesta, demostrando una vez más su inmensa valía. La coda del movimiento, esa polonesa tan deudora de la de Eugenio Oneguin, cerró con brillantez el concierto.

En conjunto, fue una velada de gran nivel, marcada por la presencia de un violinista llamado Sergei Krilov, que destaca precisamente por la manera de extraer fraseo y canto del violín. Una cualidad especialmente valorada en los instrumentistas de cuerda, que cada vez es menos frecuente.

 

 

  

Autor entrada: Xabier Armendariz

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