A Mauro Urriza

A Mauro Urriza

 

(En este año especialmente prolijo en personas importantes del mundo musical que nos han dejado, de los cuales recordamos especialmente a Claudio Abbado, Frans Brüggen, Magda Olivero o, por lo que respecta a España, Rafael Frübeck de Burgos, quería hacer un homenaje a un profesor del Conservatorio Superior de Navarra fallecido asimismo este año. El pasado 25 de Noviembre se realizó en el Conservatorio un concierto homenaje a Mauro Urriza, profesor de Armonía de Jazz y otras materias relacionadas en el Centro, y con ocasión de ello escribí este texto, con idea de publicarlo en su momento en el Diario de Navarra. Puesto que en su momento no fue publicado, helo aquí tal como fue concebido en El Oído Crítico).

 

Querido Mauro:

Hace mucho tiempo que no nos hemos encontrado. Después de aquellas inolvidables clases de Armonía del Jazz, apenas fueron unas pocas veces en los pasillos del Conservatorio. Ocurre muchas veces con las personas que se van. Mientras viven, apenas apreciamos lo que valen; sólo después empezamos a notar su ausencia.

Nuestra relación como profesor y alumno sí fue muy estrecha. A lo largo de todo un curso, nos vimos semana tras semana en solitario, en aquella aula de los sótanos del viejo edificio del Conservatorio. Hicimos el recorrido por la armonía tonal, con sus implicaciones en el jazz, empezando por los llamados “modos griegos”, que como bien apuntabas, no son sino el reflejo que los músicos medievales europeos transmitieron de lo que suponían que había sido la teoría musical de la Antigüedad. Siguió la explicación de las “tensiones” surgidas de los acordes de novena, oncena y trecena, con sus diferentes tipologías. Y de ahí, por supuesto, a las escalas que preferentemente se deben usar para la improvisación sobre cada uno de los acordes. Todo esto sabías explicarlo muy bien, con el entusiasmo que siempre te caracterizaba.

Exploramos juntos todo tipo de acordes, usando esa nomenclatura tan curiosa que utilizáis los jazzistas, (recuerdo aquí aquello de los llamados “sustitutos de tritono”). Contigo desarrollé más aún mi intuición para llegar a las armonías más “apocalípticas” de melodías simples; nuestros temas favoritos eran los cantos religiosos, determinados himnos o algunas melodías clásicas.

Pero los mejores momentos eran cuando nos poníamos a improvisar. Todo empezó al principio como una cosa muy simple, con ejercicios de “contrapunto” a dos voces, pero lo fuimos complicando. Nos gustaba, además, incorporar citas de otros autores, fundamentalmente clásicos, que cada vez fuimos haciendo más burlescas. Por suerte o por desgracia, (y esto lo comentamos en alguna ocasión), nada de todo aquello fue grabado…

Y recuerdo bien las anécdotas que me contabas, como aquella interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven interrumpida por los aplausos del público que, una vez escuchada la primera exposición coral del Himno a la alegría, creía que la obra había terminado. Y, por supuesto, aquel concierto fin de carrera que escuchamos, en donde un recién graduado interpretó el 26-2, ese tema de armonía tan particular escrito por John Coltrane, uno de tus grandes ídolos, como también lo es de todos los que alguna vez nos hemos acercado al jazz de postguerra.

Me acuerdo también de una de las últimas veces que nos encontramos en el Conservatorio. Llevaba pocas semanas como crítico de música clásica del Diario de Navarra y comentamos alguno de los últimos conciertos que había escuchado. Debió de ser la Misa Solemnis que acababa de interpretar Gerd Albrecht con el Orfeón Pamplonés en Baluarte. Me deseaste suerte… Sé que me apreciabas sinceramente.

La noticia de tu paso fue, como puedes suponer, un gran palo, sobre todo por inesperada. Escribo después de haber escuchado el concierto que ha ofrecido la Big Band del Conservatorio en tu memoria. Fue un acto emotivo, con trabajadísimos arreglos de Iñaki Ascunce muy bien interpretados por los alumnos. En estos casos, ya sabes, la música es más ilustrativa que todas las palabras.

Yo te agradezco, ya no por los conocimientos que me transmitiste, (como dice Siegfried a Brünnhilde en El ocaso de los dioses fueron muchos más de los que yo sabría guardar), sino sobre todo por tu bondad y por el entusiasmo que me transmitiste por la música. Y eso no tiene precio.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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