Richard Strauss o el compositordirector

Richard Strauss o el compositor-director

 

En estos tiempos, en los que tenemos tan deslindado el oficio de compositor frente al de director de orquesta, conviene tener en cuenta que el surgimiento de la profesión de director de orquesta especialista es bastante tardío. Norman Lebrecht en El mito del maestro, por ejemplo, indica que el primer director de orquesta especializado fue Hans von Bülow, y que la profesión tomó carta de naturaleza el día en el que Richard Wagner, el considerado mejor director de orquesta de su época, renunció a interpretar desde el foso el estreno de Tristán e Isolda. Aun después de Bülow, algunos importantes compositores fueron a su vez afamados directores de orquesta. Gustav Mahler se ganó en vida una inmensa reputación como director de orquesta, que durante mucho tiempo eclipsó a la propia obra compositiva del bohemio, que hoy tanto valoramos.

Viene esto a cuento porque se cumplen en estas fechas los ciento cincuenta años del nacimiento de Richard Strauss, el gran compositor. Por supuesto, no han faltado los lanzamientos de sellos grandes y pequeños conmemorando el acontecimiento. Documents ha sacado una caja conmemorativa con cuatro de las principales óperas del bávaro en interpretaciones de Karl Böhm, un cofre que se vende a precio económico y que sin duda es más que recomendable, como también lo es la serie de obras orquestales completas por Rudolf Kempe recientemente reeditada por Warner. Opus Arte ha lanzado una caja de DVDs con las óperas más populares de Strauss, en producciones de gran interés a priori, destacando una famosa función de El caballero de la rosa por Carlos Kleiber. Dentro del grupo Universal, D.G. ha lanzado al mercado una monumental caja con las óperas completas de Strauss, en versiones de Solti, Sinopoli, Keilberth, Böhm, etc., que para quienes quieran una inmersión completa en las óperas de Strauss, es casi obligatoria. Tenemos también una edición de lujo de las grabaciones analógicas de Karajan dirigiendo Strauss, que se vende en serie cara pero que, para quienes gusten de un Strauss espectacular, (el firmante no siempre se cuenta entre ellos), merecerá la pena. Decca ha lanzado una caja más modesta, con interpretaciones técnicamente perfectas pero no siempre de gran personalidad, con directores como Blomstedt, de Waart, Dorati y compañía. Más interés reviste, a priori, la serie de las grabaciones straussianas completas de Clemens Kraus, que contiene algunas referencias ineludibles, como la interpretación de Don Juan.

Pero nosotros vamos a detenernos en esta caja, editada por la D.G., que bajo el título de “Strauss conducts Strauss”, reúne la mayor parte de las grabaciones que, como pianista o director, Richard Strauss realizó para el sello amarillo. Precisamente, lo interesante de esta colección es que recupera al Richard Strauss director, una faceta del músico bávaro que generalmente tenemos algo olvidada.

Estas grabaciones han estado durante muchos años fuera del catálogo de la D.G., que hasta hace poco siempre ha preferido rescatar en estos casos las grabaciones de Karajan o Böhm, pero habían circulado en algunos sellos “piratas”, en particular Naxos y Duton, en ediciones de precio muy barato. No obstante, estos sellos suelen reunir sus grabaciones en lanzamientos de uno o dos discos como mucho, así que ésta será una buena oportunidad para quienes quieran disponer de estas grabaciones conjuntamente. Y la verdad es que, al menos según nuestro parecer, es una inversión muy conveniente para quienes no les importe el sonido histórico. Como veremos, quienes tengan reservas procedentes del historicismo o de otro tipo de prejuicios puede que no siempre se identifiquen al cien por cien con lo que se escucha en estas grabaciones, pero en todo caso a nadie le dejarán indiferente.

Comenzamos este repaso por orden cronológico de compositores, con las tres últimas sinfonías de Mozart, que se incluyen en el cuarto disco de los siete que contiene la caja. A nadie debería extrañar estas incursiones de Richard Strauss en el territorio mozartiano, porque todos los testimonios de quienes conocieron bien a Strauss, (Knappertsbusch, Böhm, Szell, Reiner, etc.), acuerdan en la predilección que el bávaro sentía por la obra de Mozart. Es bien sabido que El caballero de la rosa no deja de tener muchos aspectos en común con Las bodas de Fígaro de Mozart, y que de hecho muchos grandes directores mozartianos han hecho fortuna en las óperas de Strauss.

Yendo a lo interpretativo, la versión de la Sinfonía número 39 alcanza un notable nivel, si no nos molestan algunas cuestiones que delatan que estamos ante una grabación histórica. La introducción del primer movimiento está tomada con majestuosidad, e hilada con una magnífica transición hacia el primer movimiento, tomado con fuerza e ímpetu beethovenianos. Hay cambios de tempo en las ecciones líricas, a veces sorprendentes y para el gusto actual un tanto excesivos, y algunos se sorprenderán por determinados portamenti de las cuerdas, característicos de la época y aplicados aquí con finura y gusto. También faltan las repeticiones, pero eso era una necesidad en aquellos tiempos en los que la capacidad de almacenamiento de los discos de 78 rpm no permitía otras opciones, al menos para grabaciones comerciales.

El tiempo lento es extraordinario, de lirismo schubertiano; las transiciones entre las diferentes secciones son modélicas, y no se nos ocurre ninguna versión, de antes o de ahora, que resulte claramente preferible en este movimiento. El Minueto es, sencillamente, delicioso. El aire rústico de las secciones extremas, con el tempo más brioso de lo habitual hasta hace poco, resulta de lo más adecuado, igual que la transición hacia el Trío central, tomado como un Ländler a un tempo mucho más lento y con suma elegancia, puramente vienesa.

Hasta aquí, estaríamos hablando poco menos que de una versión prácticamente referencial, a la altura de Wilhelm Furtwängler (D.G.), Bruno Walter (Sony), Arturo Toscanini (RcA) o Karl Böhm (D.G.). Sin embargo, el cuarto movimiento pierde bastante el interés, sobre todo debido a una exposición acelerada y carente de claridad en la ejecución. En todo caso, todo lo que se ha escuchado hasta ese momento es de gran interés interpretativo.

La Sinfonía número 40 aquí incluida ha envejecido incluso mejor que la Sinfonía número 39. Los tiempos son en general rápidos, y los cambios de tempo que llevan a las secciones líricas mucho menos marcados que en la sinfonía precedente. Pero es que además, la articulación es mucho más clara a lo largo de toda la obra. Si hay que destacar algo, muy probablemente sea el primer movimiento, tomado con impulso y vitalidad pero sin que en ningún momento falte drama. Algunas interpretaciones importantes, particularmente la de Karl Böhm en D.G., parecen incluso pesadas y demasiado lentas en comparación con esta versión de Richard Strauss. Desde luego, de entre las interpretaciones históricas ésta de Strauss, junto con las de Wilhelm Furtwängler, (ya sea en D.G. o en Emi), nos suenan cada vez más actuales, y desde luego muy superiores a las de los Karajan, Marriner o Levine. ¿Podemos convertirlas a ambas en referencia absoluta? La verdad es que eso es siempre complicado de decidir, pero de entre las interpretaciones con instrumentos originales ninguna alcanza la penetración de Richard Strauss en los misterios de esta obra. Hogwood, Norrington, Immerseel y compañía no son rivales; tal vez lo sea Abbado, pero le perjudica un tiempo lento demasiado acelerado…

La Sinfonía número 41 también está brillantemente interpretada. Los movimientos extremos están tomados con gran animación, particularmente el Finale, que parece enloquecer por momentos. El segundo movimiento se toma sin prisa pero sin pausa, y el discurso fluye como debe. Como en los otros dos casos, el Minueto tiene más aire danzable de lo que solía ser habitual, antes y ahora. Finalmente, a lo largo de toda la obra, y muy particularmente en el Finale, la claridad de líneas es absolutamente proverbial. No obstante, esta interpretación no es tan recomendable para el público general, porque la fritura de fondo, que en realidad está presente también en las otras dos sinfonías, es especialmente marcada aquí. En conjunto, es un ciclo a tener en cuenta de las tres últimas sinfonías de Mozart, que desde ahora puede contarse en general como uno de los más interesantes de la discografía, estemos de acuerdo o no con la particular forma en la que Strauss interpreta las obras de Mozart.

Dejando temporalmente el repertorio mozartiano, seguimos nuestro repaso por un par de sinfonías de Beethoven, (Quinta y Séptima), cuyas grabaciones por Richard Strauss también se nos ofrecen aquí. El caso de la Quinta Sinfonía es especialmente ilustrativo, porque es una de las pocas obras en las que el propio Strauss confesaba que daba lo mejor de sí mismo. En efecto, asistimos a una interpretación sensacional. Los puristas modernos se quejarán probablemente de los rubatos excesivos que Strauss se permite en los pasajes líricos del primer movimiento, y también de los portamenti poco disimulados que utiliza al exponer precisamente el tema lírico. Pero es una interpretación fogosa, poco wagneriana, de tempi muy fluidos y flexibles. El Andante con moto, por ejemplo, avanza de manera muy convincente, con un fraseo muy natural y acentos bellamente enfatizados. Lejos de la relojería perfeccionista de un Karajan en sus últimos años, esta interpretación despliega naturalidad por los cuatro costados, y por ello mismo desplaza a muchas versiones más conocidas de la obra, como las del propio Karajan (ya sea en D.G. o Emi), Arturo Toscanini (RCA), o el propio Georges Szell (Sony), por no citar a Daniel Barenboim en sus ciclos recientes de Decca, en conjunto espléndidos pero que flaquean precisamente en esta obra. Esta interpretación de Straus se queda a la altura de Mengelberg (Decca y Teldec), y si no alcanza el nivel de Klemperer (Emi), Furtwängler o Carlos Kleiber, (estos dos últimos en D.G.), eso se debe a que a Strauss le falta el último punto de inspiración de los directores citados. En todo caso, es ésta una interpretación que se debe tener muy en cuenta.

Frente a esto, la versión de la Séptima Sinfonía no alcanza tanto interés. En el primer movimiento, el tempo es más bien precipitado, lo que lleva en ocasiones a un cierto oscurecimiento de la figura rítmica fundamental del movimiento. El segundo movimiento sí está al nivel esperable de Strauss, pero los dos últimos vuelven a ser bastante efectistas; en particular, el Trío del Scherzo es desproporcionadamente lento en relación al resto del movimiento. Hay muchas interpretaciones modernas que resultan en general más interesantes, incluyendo a Leonard Bernstein y Carlos Kleiber con la Filarmónica de Viena (ambos en D.G.), Daniel Barenboim (Decca) y, en una visión muy distinta, incluso Maris Jansons (BR Classik); intentar comparar la versión de Strauss con los Furtwängler, Klemperer, Mengelberg, Toscanini o Walter no es procedente. Igual que la Quinta de Beethoven de Nikisch, esta interpretación se ha convertido en una pieza de museo.

Se dedica algo más de un disco entero a una selección de oberturas de óperas escritas por compositores alemanes, que incluye obras de Gluck, Mozart, Weber, Wagner y Peter Cornelius. Todas las interpretaciones de este bloque son versiones de gran interés, caracterizadas por un vuelo lírico y una espontaneidad que no se encuentran fácilmente en versiones modernass, pero en todo caso lo más granado son las dos oberturas wagnerianas. La obertura de El holandés errante, versión revisada de 1860, está llevada con brío y animación. Sugiere un mar tempestuoso y embravecido sin necesidad de cargar las tintas en exceso. El preludio del primer acto de Tristán e Isolda, llevado con una asombrosa flexibilidad en el tratamiento del tempo, parece enlazarnos con lo que probablemente pudo escucharse en el Teatro de la Corte de Múnich el día del estreno. A este respecto, hay que recordar que Hans von Bülow, el director del estreno, fue profesor de Richard Strauss, y que su propio padre, Franz, era trompista en la orquesta. Es ésta una interpretación poco ortodoxa desde una perspectiva actual, pero muy interesante precisamente por esta razón; quien la escuche sin prejuicios, aprenderá seguramente muchas cosas, especialmente si atiende al final de concierto previsto por Wagner, que es lo que puede escucharse en el momento en el que habitualmente suena la “muerte de amor”.

Hasta aquí nuestro repaso a las grabaciones incluidas en la caja de Richard Strauss interpretando obras ajenas. El repaso por las propias lo hacemos empezando por los poemas sinfónicos juveniles más breves: Don Juan, Till Eulenspiegel y Muerte y transfiguración. La interpretación del primero es vital y pujante, en una estela que después continuó Clemens Kraus; habrá quien heche de menos algo más de imaginación y de flexibilidad en el tempo en el solo del oboe, pero ésta es una interpretación más que interesante de la obra. Desde luego, tiene más fuerza y resulta mucho más certera que otras versiones más afamadas, como la de Herbert von Karajan (D.G.), aunque evidentemente la orquesta de Strauss no suena tan brillante. A la interpretación de Muerte y transfiguración le perjudica mucho la antigüedad de la toma, (por momentos el ruido de fondo se hace bastante molesto); se intuye, en todo caso, que Strauss parece más motivado en las secciones más dramáticas que retratan a la muerte que en la transfiguración. El motivo que representa precisamente esa transfiguración, y que debería sonar grandioso, aquí se escucha como si fuese lo más natural del mundo. Para escuchar una interpretación que concite todos los elementos necesarios en esta obra, hay que acudir a Hans Knappertsbusch (Testament), o sobre todo a Víctor de Sabata (D.G.), aunque creemos que ésta última sólo está disponible en el segundo volumen conmemorativo de los 111 años del sello amarillo. Finalmente, la interpretación que Strauss hace de Till Eulenspiegel es sencillamente referencial; está captada toda la modernidad de la orquestación straussiana, y a lo largo de todo el poema sinfónico la interpretación rezuma optimismo, alegría y buen humor. Al firmante no se le ocurre ninguna otra versión más lograda de esta obra, y desde luego no entre los directores habitualmente más asociados a Strauss, como Karajan o Kempe. Quien más se acerca a los resultados del propio Strauss, es posiblemente Clemens Kraus…

Dice un crítico influyente, Ángel Carrascosa, que mientras que la interpretación de Una vida de héroe por Richard Strauss dura 39 minutos, “a ningún director sensato le ha durado la obra menos de 45”. Al margen de que esto suponga hacer una generalización bastante más que discutible, (el tempo de una interpretación es muy importante, pero tanto o más lo es la intención expresiva), es muy injusta con respecto a esta interpretación de Richard Strauss. Es verdad que los tempi son rápidos en comparación con otras versiones consideradas habitualmente canónicas, (Böhm, Kempe, Karajan), pero lo cierto es que la obra fluye con mayor naturalidad que otras veces, sin randeza añadida. Este héroe no es un ser sobrenatural, sino simplemente una persona que no ha hecho nada para merecer el ataque de los críticos, que en esta versión suenan bastante expresionistas dentro de lo que permite una grabación de esta época. Es verdad que no siempre son los compositores los intérpretes óptimos de sus propias obras, pero a nuestro parecer Richard Strauss demuestra en esta interpretación por qué era uno de los mejores directores de orquesta de su tiempo. Si queda alguna duda, quien quiera comprobarlo no tiene más que escuchar los últimos diez minutos de esta interpretación; el lirismo que despliega Strauss en este final, en el que el héroe se retira del mundo definitivamente, resulta de lo más evocador. Richard Strauss estaba por la misma época en la que grabó la obra a punto de hacer lo mismo, y se nota que Strauss se identifica claramente con este héroe que todavía conserva su vitalidad, pero que prefiere evitar las disputas, ya sean artísticas o políticas.

Se incluyen asimismo no ya una, sino dos recreaciones de Don Quijote, ese poema sinfónico de gran formato que siempre ha estado en un segundo plano frente a Una vida de héroe y Una sinfonía alpina. En estas dos versiones, el propio Strauss nos demuestra que no hay verdaderas razones para ello, al destacar con gran vividez todos los rasgos más vanguardistas y modernos de la orquestación, a la vez que cuentan la historia con gran poder dramático. En todo caso, parece preferible la interpretación registrada en el séptimo disco, porque es más reflexiva y otoñal, más propia del director anciano que era Strauss en aquel momento. Desde luego, no es una versión inferior a la de los Karajan, Kempe, etc., y además suena con bastante limpieza.

Nos quedan aún algunos fragmentos derivados de óperas, finalmente estrenadas o no. La Danza de los siete velos de Salomé, incluida en su momento en la caja conmemorativa del centenario de la primera grabación de la Filarmónica de Berlín con el sello amarillo, cuenta con toda la sensualidad deseable en esta música; ya sabemos que, teniendo en cuenta que es una grabación de 1928, la brillantez del sonido orquestal no puede ser especialmente destacable, pero el manejo del tempo es en todo caso magnífico. Más interesantes son las dos tandas de valses de El caballero de la rosa, en las que Strauss demuestra un extraordinario manejo del rubato vienés, tan grande que habría sido especialmente interesante haber contado con grabaciones de valses de los Strauss vieneses por el Strauss bávaro, (ya sabemos que Richard Strauss no tiene parentesco con sus tocayos vieneses).

Con respecto a la suite de El burgués gentilhombre, hay que recordar que esta música incidental fue compuesta para la representación de la obra de Moliére que servía originalmente de prólogo a Ariadna en Naxos, una versión “original” de la obra recientemente publicada en DVD conducida por Daniel Harding. Richard Strauss nos ofrece una interpretación elegante, neoclásica, muy cuidadosa en el trabajo de los timbres orquestales, con la particular aplicación del rubato a la que Strauss nos tiene acostumbrados. En particular, esto es notorio en la Entrada y danza de los sastres o en el Tema con variaciones, planteado con gran ligereza. La competencia discográfica no es tan fuerte como en otras obras de Strauss, y esta interpretación es manifiestamente superior a la de los Kempe, Leinsdorf, Dorati y compañía, que son en todo caso magníficas opciones para esta obra con sonido más “acabado”.

Finalmente, se incluye una selección de lieder de Richard Strauss con el propio compositor acompañando al barítono Heinrich Schlusnus, un cantante especialmente conocido en los años veinte y treinta, famoso como Wolfram de Tannhäuser. Estaba Schlusnus acostumbrado a cantar lieder, y en estas versiones demuestra que sabe dar la matización adecuada a los textos, aunque para darse cuenta de ello hay que agudizar mucho el oído. Por la forma en la que acompaña Richard Strauss, nos podemos hacer una idea sobre cómo interpretaba ópera desde el foso: Strauss mima a su solista, y en ningún momento éste tiene que forzar la voz, aunque la deficiente calidad técnica de la grabación esconde aún más el sonido del piano, y no nos permite distinguir matices. Son interpretaciones curiosas que merecen ser conocidas.

En conjunto, estamos hablando de una caja de CDs importante, que nos sirve para comprobar cómo era Richard Strauss en su faceta de intérprete. El siglo XX conoció la caída definitiva de esta categoría de músicos, dado que los principales representantes, Leonard Bernstein y Pierre Boulez, son más valorados hoy como directores. Para quien no tenga prejuicios interpretativos historicistas y no desdeñe el sonido histórico, esta caja es de adquisición más que recomendable.

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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