Leipzig contra Dresde

Leipzig contra Dresde

 

Como es bien sabido, la fundación como Estado unificado de lo que hoy es Alemania es muy reciente. Tal como la entendemos hoy, Alemania apareció por primera vez en 1871, cuando el final de la Guerra Francoprusiana le dio al Emperador Guillermo I de Prusia la oportunidad de coronarse con autoridad sobre todo el territorio alemán, más una franja de lo que oy es Francia que fue recuperada por el país vecino tras la Gran Guerra. Anteriormente, el territorio germano estaba dividido en pequeñas ciudades-estado, gobernadas de distintas maneras. Esto provocó fuertes competencias entre ciudades vecinas, que aspiraban a convertirse en centros culturales regionales.

El caso más llamativo probablemente sea el de Leipzig y Dresde. Las dos ciudades están situadas en la región de Sajonia, en la zona Este del país fronteriza con lo que hoy es la República Checa. La distancia entre ambas es de apenas ciento cincuenta kilómetros, pero la mayor importancia política de Dresde durante mucho tiempo, haría pensar en que la ciudad del Elba fuese una metrópoli cultural de mayor importancia. En efecto, la Staatskapelle de Dresde fue fundada hace más de ochocientos años, y entre sus titulares han estado Heinrich Schütz, Johann Adolf Hasse, Carl Maria von Weber, Richard Wagner, Fritz Reiner o Rudolf Kempe, entre otros. Pero Leipzig también disfrutó de una tradición sinfónica considerable. Dejando al margen el paso de Johann Sebastian Bach por la cantoría de Santo tomás, fueron titulares de la Orquesta de la Gewandhaus fundada en el siglo siguiente directores como Mendelssohn, Niels Gade, Arthur Nikisch, Wilhelm Furtwängler, Bruno Walter, Kurt Masur o Herbert Blomstedt. ¿cuántas ciudades alemanas pueden enorgullecerse de contar con una sucesión semejante de nombres al frente de sus principales instituciones?

Esta rivalidad regional inevitable entre Leipzig y Dresde sigue abierta hoy, en alguna medida, y se ve alimentada cuando con muy poco tiempo de diferencia ambas orquestas ofrecen sendas integrales brahmsianas, con planteamientos interpretativos bastante diferentes, derivados de la trayectoria completamente distinta de los respectivos directores.

Cuando Riccardo Chailly lanzó al mercado su ciclo Brahms, y de eso ya hace algunos meses, el firmante no tenía mayor intención de escribir en extenso sobre ello. El ciclo sinfónico beethoveniano que había salido al mercado hace dos años, con sus tiempos generalmente rápidos y la lectura en muchos momentos superficial, no hacían presagiar nada bueno con respecto a este Brahms. No obstante, algunas audiciones puntuales de movimientos sueltos parecían anunciar que este ciclo podía tener elementos de interés…, y así ha sido. Riccardo Chailly ha sabido aprender las enseñanzas que recibió de Claudio Abbado, para mejorar claramente sus resultados.

En general, el Brahms de Chailly suele ser de tempi más bien rápidos, pero no por ello es un Brahms rígido al estilo del Toscanini menos interesante. Las frases tienen vuelo lírico, y suenan con sinceridad y franqueza. Las cuerdas tocan con poco vibrato, y eso permite que los vientos se hagan oír cuando haga falta. Finalmente, lo que más llamará la atención de muchos es que es éste un Brahms de cámara, de texturas ligeras pero nunca en exceso; no es fácil encontrar el punto de equilibrio, y da la impresión de que Chailly ha conseguido una solución muy afortunada dentro de su concepción.

La Primera Sinfonía conoce, pues, en este ciclo, una interpretación directa y dramática. La introducción del primer movimiento empieza como un martillo pilón, hasta que poco a poco el fraseo se va perfilando y adquiriendo un tono más insinuante. El Allegro recibe una interpretación urgente, llena de tensión, aunque en los momentos líricos hay espacio para la expansión romántica; la repetición de la exposición crea un efecto sorpresa muy procedente. El segundo movimiento suena más dramático de lo habitual, porque el tempo más fluido obliga a una mayor tirantez en el sonido orquestal en la sección central. El tercer movimiento adquiere un componente lúdico muy adecuado, mientras que el cuarto, tal vez lo menos bueno de la versión, se ve lastrado por cierta falta de grandeza en la Coda final, que Chailly no puede compensar con el empuje con el que interpreta esta secuencia.

En manos de otras batutas, la Segunda suele prestarse a interpretaciones bucólicas y otoñales. Con Chailly, sin embargo, asistimos a una alegría desbordante, muy particularmente en el primer movimiento. Si en el segundo movimiento se percibe un tempo más rápido de lo habitual, esto tiene su punto favorable en una sección central más dramática. Los dos últimos movimientos siguen con esa misma deriva, adquiriendo siempre una fuerza y un ímpetu que asociamos a la manera en la que modernamente se interpretan las sinfonías beethovenianas. Como en este caso el final de la sinfonía no se prestaría a la grandeza ni a la monumentalidad, el concepto de la batuta resulta más conveniente que en la coda del Finale de la sinfonía precedente, pero puede que el conjunto no convenza tanto. Después de escuchar interpretaciones de sonido más denso y más maduradas, como las demás que aquí comentaremos, esta versión de Chailly parece quizá demasiado apresurada y carente de profundidad en algún momento.

Sin embargo, precisamente la Tercera sinfonía resulta el principal acierto del ciclo, gracias a la ligereza del concepto general. A esta obra le sienta particularmente mal el peso que la tradición ha añadido en el repertorio brahmsiano, y de hecho directores como Furtwängler o Klemperer, (autores de grandes ciclos Brahms en conjunto, probablemente entre los mejores de la discografía), tienen el punto más bajo de sus ciclos en esta sinfonía. Chailly otorga al primer movimiento una fuerza motriz extraordinaria que no cede en ningún momento, ni siquiera en el famoso solo de trompa, magníficamente servido. El segundo movimiento ofrece algo de calma, pero la tensión no se rompe jamás. El tercer movimiento, tan sentimental en otras versiones, aquí adquiere una gran elegancia. Finalmente, el cuarto movimiento tiene empuje y dramatismo. Aunque el referente de este ciclo en conjunto bien podría ser Toscanini, el anciano director italiano no osó realizar una enmienda a la tradición tan grande en esta sinfonía; Chailly ha dado en la diana, prácticamente en solitario.

La de la Cuarta es igualmente una muy buena interpretación, en el estilo fogoso y apasionado de Carlos Kleiber. El primer movimiento es muestra clara de todo ello, al percibirse muy claramente el contraste entre el carácter de los temas. El segundo movimiento, sin embargo, resulta poco reflexivo en relación con las versiones más ortodoxas. La interpretación se recupera con un tercer movimiento vitalista y jovial, con fuerza beethoveniana,  y en un Finale en donde la herencia barroca resulta más evidente que nunca.

Dentro de las obras orquestales que se incluyen como complemento, las Variaciones sobre un tema de Haydn no reúnen mayores elementos de interés; los tempi son fluidos, lo que ayuda en las variaciones más humorísticas, pero las variaciones lentas resultan un poco escasas en contenido y la Coda no tiene la grandeza debida. Parecidos problemas encontramos en la Obertura trágica, donde Chailly resulta muy apresurado en general, con lo que no da tiempo a que las melodías líricas contrastantes adquieran vuelo. Es en las obras más optimistas donde Chailly resulta más convincente. Aunque el humorismo de mejor ley y la grabación de referencia de la Obertura Académica hay que buscarlos en otra parte (Knappertsbusch), esta interpretación de Chailly, desenfadada y flexible en los tiempos, tiene un hueco más que merecido. Finalmente, las tres danzas húngaras orquestadas por Brahms tienen en manos del italiano un sabor magiar y gitano que difícilmente se encontrará incluso en batutas más reputadas en este aspecto (Kubelik, Ivan Fischer).

Christian Thielemann proviene de un ámbito completamente distinto del de Chailly. Dado a conocer en Bayreuth como director wagneriano, había pasado anteriormente por las manos de Barenboim y Karajan, y pronto muchos críticos lo consideraron como un sucesor natural de la tradición directorial alemana de Wilhelm Furtwängler y Hans Knappertsbusch. Era de esperar que, contando con un instrumento tan extraordinario como la Staatskapelle de Dresde, hiciera un Brahms germano y denso.

No obstante, un repaso a la entrevista que incluye el tercer DVD de esta edición resulta ilustrativo. El Brahms de Thielemann, igual que el de Chailly, pretende ser continuador de Beethoven, e igualmente no quedarse en la otoñalidad asociada habitualmente con Brahms. La diferencia fundamental de uno y otro concepto es el planteamiento del tempo, mucho más flexible en Thielemann que en el director italiano, y en el aprovechamiento de la calidez de la cuerda, también mayor en el alemán, que asimismo se aprovecha de unas maderas de extraordinaria calidad. Es una lástima que no se ofrezcan subtítulos del documental en castellano, porque resulta lo más interesante de esta edición, por cuanto que las interpretaciones, siendo en general buenas, no siempre convencen como se espera de una de las grandes batutas de hoy.

No convence desde luego la versión de la Primera sinfonía, una interpretación extremadamente libre en el tempo, muy especialmente en el primer movimiento. Hay a veces articulaciones más bien blandas, sin las aristas que se pueden encontrar en las grandes interpretaciones de la obra. El tiempo lento resulta excesivamente rápido en comparación con lo escuchado en los pasajes líricos del movimiento precedente, y Thielemann tiene que lograr algo de poesía gracias a unas transiciones que, a pesar de la maestría con que se toman, no pueden funcionar. Los dos últimos movimientos mejoran, particularmente el cuarto, pero en conjunto la interpretación no deja de ser algo decepcionante, como también lo es la de la Cuarta sinfonía, una versión convencional en donde en el segundo movimiento se produce un fenómeno muy parecido al del equivalente en la Primera, (según Thielemann, no hay “tiempos lentos” en las sinfonías de Brahms), y que a la postre le falta la tensión que otros directores otorgan a los movimientos extremos.

Es en las sinfonías Segunda y Tercera, según Thielemann las más difíciles de interpretar, donde el alemán sí ofrece las versiones bien trazadas de él esperables. En particular la primera de ellas está muy lograda, con un primer movimiento lleno de lirismo bucólico, un segundo movimiento que fluye con gran naturalidad y que resulta bellísimo, (particularmente la coda), un tercer movimiento de gran dinamismo y un Finale de considerable brío en la línea de Chailly. En una perspectiva muy diferente de la del italiano, asimismo la interpretación de la Tercera Sinfonía es modélica. Pero en general la comparación entre Thielemann y Chailly muestra que las lecturas del italiano son más regulares, y su ciclo en Decca alcanza un nivel medio más alto; éste de Thielemann puede medirse con ciclos como los de Solti (Decca), más satisfactorio en algunos aspectos pero menos convincente en momentos como el Finale de la Primera, y desde luego es superior a los de Karajan, que nunca fue precisamente un gran director brahmsiano.

Pero las comparaciones no terminan con Chailly y Thielemann. Distintas ediciones discográficas recientes han permitido devolver a la vida ciclos brahmsianos de otros dos antiguos titulares de la Staatskapelle de Dresde, como son Bernard Haitink y Rudolf Kempe. Los sellos respectivos en los que se publican las integrales son Decca y Documents.

El motivo de la recuperación del ciclo Brahms de Haitink es el octogesimoquinto cumpleaños del director holandés, momento que la Decca ha aprovechado para reeditar en una caja de 37 CDs seis de los ciclos sinfónicos que Haitink grabó durante su época como titular en el Concertgebouw, entre los años sesenta y ochenta, con resultados diversos. Sabemos que los ciclos Bruckner y Mahler son aún referenciales, porque fueron fundamentales para dar a conocer las obras de ambos compositores; incluso el ciclo Schumann resultó revelador en su época, y aún hoy es digno de ser tenido en cuenta.

El ciclo Brahms no es tan interesante. Haitink muestra su objetividad habitual, midiendo las interpretaciones con mucho tino y fraseando con estilo, construyendo la arquitectura de las obras de forma maravillosa. El ejemplo supremo de ello son las Variaciones sobre un tema de Haydn, que concluyen con una Coda absolutamente fenomenal, grandiosa. La Obertura trágica igualmente adquiere con el holandés amplio aliento y una interpretación madura y convincente. En la Segunda Sinfonía, por ejemplo, Haitink sí consigue transmitir la placidez y la profundidad del sonido brahmsiano, sin resultar por ello excesivamente pedante. Pero justamente en las sinfonías en las que más destaca Chailly, es donde flaquea el director holandés. En sinfonías como Primera y Tercera, a Haitink le falta el nervio y la urgencia del director italiano, así como su capacidad de creación de contrastes. Los ciclos de ambos directores, Haitink y Chailly, son las dos caras de la moneda brahmsiana; tal vez un ciclo perfecto sería fusionar ambas formas de ver las obras, pero eso sería hacer música ficción…

O tal vez no lo sea tanto. Nuestro cuarto director en discordia puede tener la llave para el éxito. En una caja de 10 CDs se incluye un ciclo de sinfonías de Brahms interpretado por el director alemán Rudolf Kempe que, al igual que Haitink, había sido director titular de la Staatskapelle de Dresde. En esta ocasión, al igual que ocurría con el ciclo Brahms de Haitink, le encontramos al frente de una orquesta distinta, una Filarmónica de Múnich en buena forma general, aunque algunos de los solistas de viento madera tengan intervenciones mejorables. En conjunto, tal vez el ciclo de Kempe pueda combinar la espontaneidad de Chailly con la madurez y la introspección de Haitink.

La interpretación de la Primera Sinfonía va sin duda en esa dirección. Tras una introducción lenta y pausada, llegamos a un primer movimiento de dramatismo indudable conseguido a base de tempi bastante urgentes. El tiempo lento es interpretado con fluidez similar a la de Chailly, aunque éste cuenta con una orquesta superior. El tercer movimiento tiene en manos de Kempe el aire lúdico indispensable en esta ocasión, y el cuarto movimiento termina con júbilo y grandeza, lográndose una interpretación muy convincente.

La Segunda Sinfonía mejora, si cabe, los resultados de la sinfonía anterior. El primer movimiento tiene el aire bucólico tradicional, pero resulta más juvenil que en manos de Haitink. El segundo movimiento fluye y tiene contenido, resultando la sección central más dramática que en cualquiera de las otras lecturas que hemos escuchado. El tercer movimiento, festivo y alegre, da paso a un cuarto movimiento jubiloso, exultante, que no por ello renuncia a la calidez del sonido orquestal. En general, los solistas de la madera realizan en esta sinfonía un trabajo mucho mejor que en la precedente, y el resultado es una interpretación importante de esta obra maestra.

Las interpretaciones de la Tercera y la Cuarta están cortadas por el mismo patrón. Son versiones enérgicas, llevadas  con pulso firme pero sin olvidarse de la calidez intrínseca  estas músicas. En general, el concepto recuerda al de Chailly, pero el sonido orquestal es más denso y la interpretación adquiere más profundidad. La construcción es impecable, y Kempe sólo decepciona en este ciclo al final de unas Variaciones Haydn de indiscutible espíritu festivo, pero carentes de grandeza en la coda final, mismas virtudes y defectos que los de Chailly en esta obra. Eso sí, siempre dentro de un concepto sólido en donde no hay espacio para arranques de inspiración; para eso hay que buscar en otras versiones, y no en estos productos de Kempe, propios de la benemérita labor de artesano de algunos directores de la vieja escuela.

En conjunto, si hemos de decidir únicamente entre todos los ciclos que hemos comentado, parece claro que el más convincente en su conjunto es el de Rudolf Kempe, que además suena bastante bien en esta edición de Documents, aunque el sonido no tiene la limpieza de, por ejemplo, el ciclo contemporáneo de Haitink originalmente para Philips. Además, el complemento de la edición Documents del ciclo de Kempe es una integral sinfónica beethoveniana con Klemperer registrada en vivo en 1960, que puede servir como complemento ideal para el ciclo grabado por el mismo director en aquellas fechas en estudio (Emi), de indispensable conocimiento para todo ficionado a la música. La alternativa en vivo ofrece momentos de máxima inspiración, pero también algunos detalles no tan logrados, en donde parece como si Klemperer perdiera momentáneamente la tensión, algo que al director alemán todavía no le ocurría en sus grabaciones de estudio por aquellas fechas. En todo caso, un ciclo de máximo interés para quien no tenga reparos con las imperfecciones derivadas del directo.

Dejando a parte estos ciclos, sin embargo, otros directores han ofrecido visiones más enriquecedoras de las sinfonías de Brahms que cualquiera de los directores analizados aquí, y que son de conocimiento preferente. Para quien esto firma, las versiones de referencia son las de Wilhelm Furtwängler (Emi), Bruno Walter (Sony) y Otto Klemperer (Emi). Entre las referencias modernas, lo mejor es acudir a la D.G., en donde las dos principales integrales van a ser reeditadas próximamente junto con otras obras en cajas conmemorativas: son las de Carlo Maria Giulini y Leonard Bernstein, ambos con la Filarmónica de Viena. Para quien ya tenga al menos alguna de estas integrales, las referencias que comentamos pueden tener su interés: Kempe para los amantes de las grabaciones históricas, Chailly para quien prefiera una aproximación más actual y rompedora. En cuanto a Thielemann, la competencia en DVD no es fuerte, y sólo el ciclo de Bernstein parece de partida superior, aunque si contamos con que el documental incluido como complemento es un valor añadido, esta edición se lo quita a aquéllos que no conozcan el alemán o no se manejen en inglés…

En todo caso, con independencia de los gustos particulares de cada uno, lo que sí está claro es que las sinfonías de Brahms tienen que estar en cualquier fonoteca que se precie. Esta competencia Leipzig-Dresde nos ha permitido recorrer estas obras apasionantes, y sumergirnos en la más genuina tradición alemana de hacer música.

 

 

 

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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