Giulini en discos (I): Los años de Londres

Giulini en discos (I): Los años de Londres

 

Los grandes selloss continúan con sus intentos de diferenciación a través de la recuperación de las grabaciones históricas de su catálogo. Es ésta una tendencia que, en algunos casos, ha sido interpretada como un intento de los grandes ellos de resistir la crisis y suplir la falta de ideas y de propuestas novedosas que ofrecer al mercado. Sea como fuere, estas reediciones están permitiendo acceder al corpus fundamental del trabajo de grandes artistas a muchos aficionados, sin necesidad de tener que comprar disco a disco las mismas grabaciones en Naxos, Thara y otros sellos similares. Las nuevas leyes de propiedad intelectual, que incrementan la duración del derecho exclusivo de los herederos de los artistas sobre las grabaciones antes de que pasen al dominio público, ha sido otro factor que facilita el trabajo a las grandes compañías. En cuanto a qué grabaciones editar, los aniversarios siempre han sido un factor importante.

Carlo Maria Giulini es un ejemplo perfecto de esto que decimos. El director italiano nació en 1914, exactamente hace cien años, y fue sin duda uno de los directores más importantes y apreciados del siglo pasado. De maneras dulces y elegantes, Giulini supo combinar muy eficazmente todos los elementos de su formación. Sus interpretaciones se caracterizan por un rigor estructural muy desarrollado y una profundidad en su sonido orquestal que le emparentan con la tradición alemana de directores de orquesta. Sin embargo, el italiano supo añadir a esta tradición un sentido humanista, lírico, poético, que le permitió destacar en un repertorio más amplio y distinguirse de todos sus colegas, tanto del norte como del sur. Especialmente en determinadas épocas de su vida, Giulini fue único y consiguió interpretaciones espléndidas en un repertorio muy vasto.

La trayectoria fonográfica de Giulini fue larga e intensa, abarcando desde mediados de los años cincuenta a comienzos de los noventa. A lo largo de su trayectoria, Giulini grabó con tres sellos discográficos importantes: Emi, D.g. y Sony, por este orden. Los tres han lanzado álbumes conmemorativos del centenario de Giulini con algunas de sus grabaciones más significadas, e incluyendo estos lanzamientos y algunos otros publicados en los últimos años, esto nos permitirá realizar una semblanza discográfica muy completa del quehacer giuliniano, que expandiremos a lo largo de varios artículos.

En este primero, nos centraremos en una caja de 17 CDs publicada por el sello Warner Classics, que incluye buena parte de lo que Giulini grabó con las orquestas londinenses entre mediados de los cincuenta y mediados de los setenta para Emi, sin incluir las grabaciones de conciertos con solista, a las que se dedica un cofre específico. De este último cofre, que no comentaremos en detalle, destacaremos sin embargo la integral de los conciertos para piano de Brahms con Claudio Arrau, dos discos que ningún aficionado a la música clásica debería perderse. El lirismo que ambos intérpretes encuentran en estas obras inmortales convierte a este ciclo en la mejor integral de las obras para piano y orquesta del compositor hamburgués.

La caja que nos ocupa, como decíamos, incluye la mayor parte de las grabaciones más significativas de Giulini con orquestas londinenses durante sus años de Emi. Como se comentará, hay algunas ausencias importantes, incluso imperdonables, pero el conjunto alcanza un admirable nivel, y quien realice la compra habrá invertido bien el dinero. Entremos en detalle.

No hay mucha representación en la caja de la música del Clasicismo. Giulini apenas frecuentó para Emi las obras puramente orquestales de Mozart, algo que sí haría después para Sony a finales de los ochenta y principios de los noventa. Lo que sí incluye esta caja es una versión simplemente magnífica de la Sinfonía número 94 de Haydn, una interpretación de gran claridad formal, muy bien fraseada y con un Finale de finísimo humor. La sinfonía de Boccherini que la acompaña no alcanza el mismo nivel, puesto que a veces le falta la viveza que encontrábamos en Haydn, especialmente en el primer movimiento; no obstante, el segundo movimiento sí se distingue por un lirismo muy adecuado, merced a la extraordinaria musicalidad del italiano.

Dos CDs completos se dedican a las grabaciones beethovenianas del maestro. De todo ello, lo más granado es la interpretación de la Sexta sinfonía aquí incluida, grabada con la Orquesta Philharmonia de Londres durante la época en la que Klemperer era titular de la agrupación londinense. La versión de Giulini es justamente celebrada: es una interpretación de tempi y fraseo muy amplios, que le permiten al italiano lucir su excepcional vena poética. Es difícil destacar momentos concretos; simplemente, hay que oír esta versión para creer en el continuo prodigio que se alcanza. Curiosamente, la interpretación de Klemperer está llevada a tempi similares a los de Giulini, pero el italiano resultará más ortodoxo para la mayoría de los oyentes por ese humanismo que tan bien le sienta a esta obra, frente a la lectura más amarga del director alemán. En resumen, una referencia a la altura en esta obra de las versiones de los Furtwängler, Klemperer, Walter, Mengelberg y compañía, solamente alcanzada después posiblemente por Karl Böhm en su ciclo vienés (D.g.). Por la misma época y al frente de la misma orquesta, Giulini grabó una interpretación de la obertura de Egmont de Beethoven, de dramatismo a flor de piel y de intensidad similar a las interpretaciones de los directores anteriormente citados. Ciertamente, dos interpretaciones beethovenianas memorables que hay que conocer.

Las otras dos interpretaciones de sinfonías beethovenianas que se incluyen, Octava y Novena, no alcanzan el mismo nivel, aunque ambas son notables. En la Octava, se agradece la calidez del fraseo en el primer movimiento, y se escucha con grandísimo placer un segundo movimiento que es todo bonhomía y delicadeza. Con todo, en general falta fluidez y garra; el Minueto puede resultar algo pesante, y los movimientos extremos podían haber tenido más vitalidad. La versión de la Novena es más interesante, por el dramatismo del primer movimiento, la poesía del tercero y la viveza del segundo, una de las mejores interpretaciones de la discografía. La interpretación se cae, lamentablemente, en el Finale, que suena lírico pero carece de la exaltación de otras interpretaciones. Tanto el coro como los solistas son buenos, pero no destacan.

En cuanto a Schubert, está aquí solo representado por una interpretación de la Sinfonía Incompleta. Eso sí, estamos hablando de una interpretación fabulosa, tal como se hacía esta música en aquellos años. Los tempi nos parecen oy reposados, pero la amplitud del fraseo y los contrastes están muy bien llevados. Aunque a algunos les pueda sonar esta versión más a Brahms que a Schubert, lo cierto es que pocos directores posteriores han sabido sacar tanto de esta partitura genial, y esta interpretación se coloca a la altura de los Furtwängler y Klemperer, los mejores traductores de la obra.

La representación de Schumann se limita igualmente a una sinfonía, la Renana, una interpretación llena del carácter cálido y sano propio de los naturales de la región del Ruhr, culminada con un coral final grandioso pero sin pompa añadida al estilo Karajan. Si la interpretación no alcanza a lo mejor, eso se debe a un cuarto movimiento poco solemne. Finalmente, la interpretación de la obertura de Manfred es una versión extraordinaria, gracias a una introducción muy bien cantada y a un movimiento rápido de gran empuje y pasión. Junto a los Furtwängler, Kubelik y compañía, esta versión tiene un hueco entre las grandes. De la grabación posterior que Giulinni realizó de ambas obras, hablaremos en otro artículo.

Otro gran acierto de Giulini incluido en esta caja es el disco de preludios y oberturas de Rossini, delicioso de principio a fin y muy especialmente en las oberturas menos conocidas. En este caso, Giulini opta por interpretaciones de tempi reposados, al menos en comparación con otros grandes intérpretes de estas obras, como Claudio Abbado o Riccardo Chailly. No obstante, es la riqueza de las articulaciones, la naturalidad del fraseo y el humanismo del enfoque lo que ganan al oyente. Se destacan sobre todo los rasgos más sinfónicos de la escritura rossiniana, especialmente en una obertura de Guillermo Tell paladeada hasta el más mínimo detalle. Estamos probablemente ante el mejor disco de oberturas de Rossini existente en el mercado, muy por delante de los citados Chailly y Abbado y de las interpretaciones sueltas de Reiner o Toscanini, por no hablar de Karajan, Leinsdorf y otros.

La representación incluida de la obra de Verdi es, desde luego, muy escasa. No está incluida la famosa primera grabación del Requiem, un clásico de la fonografía reeditado muchas veces y que por eso mismo, al parecer, no se ha querido incluir en la selección. En su lugar, sí está una selección de preludios y oberturas, en donde se advierte el poso sinfónico de estas partituras sin abandonar la rusticidad que deben tener. De todo ello, tal vez lo más destacado sea la interpretación de la obertura de La forza del destino, una versión tomada con amplio aliento, empuje y decisión que no cede ante ninguna otra de la discografía.

El primer ciclo de sinfonías de Brahms grabado por Giulini, incluido aquí en su integridad, ofrece resultados muy interesantes. El Brahms que nos presenta el director italiano tiene esa melancolía que tradicionalmente se asocia al compositor de Hamburgo, pero asimismo las pasiones no se ocultan. Son interpretaciones expansivas, de amplio aliento, de tempi moderadamente rápidos y bastante optimistas. Los momentos más logrados de este ciclo son los tiempos lentos, en particular los de las sinfonías Primera y Cuarta, merced sobre todo a acertadísimas intervenciones de las maderas. Como complemento, se ofrecen interpretaciones de la Obertura Trágica y de las Variaciones sobre el Coral de San Antonio, asimismo de gran nivel. Este ciclo Brahms por Giulini, injustamente olvidado durante años, es a día de hoy uno de los mejores para introducirse en las sinfonías de Brahms, y nada tiene que envidiar a otros ciclos más conocidos, como los de Sir Georg Solti (Decca) o Karl Böhm (D.G.), y no digamos ya los de Herbert von Karajan (Emi, D.G.). Le falta a Giulini en esta ocasión el punto de genialidad necesario para situarse a la altura de los Bernstein, Furtwängler o Klemperer. El segundo ciclo Brahms de Giulini sí tendrá un sello más personal, como explicaremos en otro artículo llegado el momento.

Por lo que respecta a la música checa, se reduce su representación a la música de Antonin Dvorák. La manera en que Giulini interpreta a este autor es “a la occidental”, mirando a Brahms y fraseando las melodías con gran amplitud, aunque siempre tienen las interpretaciones una luz distintiva que permite reconocer al autor checo. La parte del león se la llevan las tres últimas sinfonías del autor bohemio. Para la Séptima y la Octava, estas interpretaciones de Giulini son de las pocas que han conseguido hacerse un hueco al margen de las interpretaciones más “raciales”, del tipo Kubelik, Szell o Kertész en D.g., Sony y Decca, respectivamente. De entre todo este conjunto en la versión de Giulini, hay momentos verdaderamente irresistibles, como el tercer movimiento de la Octava. Por lo que respecta a la Novena, la competencia es mucho mayor, pero en contra de lo que hacen muchos directores de antes o de hoy, Giulini no acude a ningún tipo de manierismo, lo que hace especialmente recomendable la interpretación. En conjunto, tal vez lo más logrado de esta Nuevo Mundo sea, no ya el tiempo lento, sino el Scherzo, pletórico de energía y fuerza rítmica.

La música rusa está ampliamente representada en esta caja. Un anticipo lo tenemos en una colorista interpretación de Una noche en el Monte Pelado de Mussorgsky, versión Rimsky-Korsakov, que suena perfectamente tchaikovskiana en manos del director italiano, ajena al sentido del espectáculo de directores como Lorin Maazel (D.G.). Pero la parte del león se la lleva, por supuesto, Tchaikovsky. Lo más interesante es una interpretación muy apasionada, pero al mismo tiempo nada populista, de la Segunda Sinfonía, y una interpretación de gran lirismo, aunque quizá algo falta de rebeldía, de la Patética. De entre los complementos, destaca un Francesca de Rímini fogoso, apasionado y con gran tensión interna. Es una lástima que Giulini no grabara nunca un ciclo Tchaikovsky, ni siquiera una colección de las tres últimas sinfonías, porque el nivel es mucho más compacto que el de otros directores tchaikovskianos más afamados, como Mravinsky o Karajan (ambos en D.G.).

Es igualmente extraordinaria la interpretación de la suite de 1919 de El pájaro de fuego, siendo ésta una versión que nos recuerda cuánto debe esta música a las enseñanzas de Nikolai Rimsky-Korsakov. Es asombrosa la cantidad de matices que Giulini extrae de la Introducción o de la Ronda de las princesas. Es de imaginar que el propio Stravinsky estaría escandalizado ante una interpretación semejante, (hay que tener en cuenta que Stravinsky interpretaba sus obras de manera muy diferente, y con el tiempo se volvió bastante inflexible a ese respecto), pero esta interpretación es de conocimiento obligado. Ahora bien, el propio Giulini volvió a grabar la obra con la Orquesta de Chicago, también para Emi; hablaremos de ello en otro artículo.

El repertorio francés está, asimismo, ampliamente documentado en la caja. De entre los compositores románticos, escuchamos aquí una versión de la Sinfonía de Franck de sonido orquestal típicamente berliozano, pero de aliento bruckneriano por la incontestable lógica de su construcción. Desde luego, una interpretación espléndida que poco tiene que envidiar a lo que se hubiese escuchado en disco con la obra hasta entonces. El propio Giulini volvió a grabar la obra en interpretaciones más afamadas, y asimismo otros directores como Bernstein o Klemperer han tenido cosas que decir al respecto, pero esta interpretación no debe ser ignorada. Como tampoco hay que perderse un sensualísimo Psyché y Eros del Psyché de Franck, o un encantador Juego de niños de Bizet, de vivacidad asombrosa.

Un director como Giulini, con tanto gusto por lo humanista y por el fino detalle orquestal, tenía que sobresalir por fuerza en la música de Debussy y Ravel, y en efecto, esta caja lo demuestra. Se incluye una interpretación de El mar de Debussy de amplio aliento dramático, llena de claroscuros y sin ningún tipo de grandeza postiza añadida, muy particular al final del primer movimiento. Siendo una versión típicamente francesa, no desmerece ante ninguna versión grabada hasta entonces, y de entre las grabaciones posteriores más afamadas, algunas de ellas (Boulez en particular) palidecen ante esta interpretación. El propio Giulini volverá a la obra en ocasiones posteriores. Finalmente, los Tres nocturnos conocen una interpretación de bella factura, aunque quizá lastrada en parte por unas Fiestas un tanto aceleradas, en particular en su sección inicial.

La obra de Maurice Ravel está también bastante representada en la caja, aunque las interpretaciones no siempre tienen el mismo interés. La versión de la Alborada del gracioso es por momentos un tanto populista, algo no muy habitual en Giulini pero que podía darse también, en obras en donde el virtuosismo orquestal es importante. Frente a esto, la interpretación de la suite de Mi madre la oca es mucho más lograda, dentro de un estilo muy particular; si con el tiempo Giulini pulirá los timbres orquestales en esta obra y llegará a interpretaciones más lánguidas de las que hablaremos en su momento, esta versión tiene siempre un impulso que muchos aficionados agradecen. Lo mejor es, sin duda, el movimiento de Los entretenimientos de la bella y la bestia, en el que se las arregla para que el contrafagot alcance una sensualidad irresistible. La Pavana para una infanta difunta conoce una versión de mediano interés, poco comparable con las que Giulini grabará después. La Rapsodia española alcanza cotas importantes de dramatismo en el movimiento inicial y resulta muy sensual en la Habanera, siendo comparable a las mejores de la discografía. Finalmente, la interpretación de la suite número 2 de Dafnis y Cloe es absolutamente sensacional, a la altura de las mejores de la discografía. En particular, el Amanecer es una verdadera delicia, con las intervenciones de los solistas de viento convenientemente fundidas dentro del magma orquestal. Pocos directores anteriores a Giulini habrán interpretado mejor esta música, (tal vez sólo Monteux y Ansermet), y de entre los posteriores, directores como Abbado, Barenboim o Dutoit, aunque son muy idiomáticos, no alcanzan la genialidad de Giulini en esta versión.

Quedan por analizar las interpretaciones de obras de Britten y Falla, compositores aparentemente muy alejados del repertorio del maestro que, sin embargo, están incluidos aquí. Con respecto al autor inglés, se ofrece una interpretación elgariana, majestuosa y noble, de la Guía de orquesta para jóvenes. Al afrontar esta obra, lo más habitual es encontrarse con versiones que exploten el sentido del espectáculo inherente a esta obra, pero Giulini va mucho más allá. En ese sentido, tal vez sólo Benjamin Britten (Decca) sea comparable. Asimismo, los cuatro interludios marinos de Peter Grimes también son muy dramáticos, pero aquí la competencia es mayor: además de Britten, tanto Bernstein como Previn  tienen cosas que decir, y todo esto sin contar con las interpretaciones de la ópera completa.

Nos queda por analizar lo más interesante para nosotros, los españoles, que es por supuesto las interpretaciones que Giulini realizaba de la obra de Manuel de Falla. La versión de las suites de El sombrero de tres picos que se incluye, siendo muy interesante, no alcanza un nivel verdaderamente referencial; donde Giulini da su mejor nivel es en los pasajes líricos, particularmente en la colorista Danza de los vecinos, pero la Jota suena con trazo bastante grueso y rígido. Sin embargo, la versión de El amor brujo sí es directamente una versión propia de un maestro. Desde el misterioso comienzo, pasando por una sensualísima Danza del fuego, hasta terminar con unas impresionantes campanas del amanecer, todo es insinuante, sensual e idiomático. Para que nada falte, Victoria de los Ángeles se asegura de que no hayan excesos ni tópicos demasiado marcados, pero sí canto idiomático y racial. Ataúlfo Argenta y Antal Dorati han logrado resultados comparables, pero esas versiones son muy difíciles de encontrar; de entre lo que sí está disponible, la interpretación de Ernest Ansermet (Praga, Decca), es la única que puede compararse con Giulini.

Finalmente, se incluye un reportaje de John Tolansky que analiza en extenso la trayectoria de Giulini, contando con testimonios de personas que trabajaron con él. como suele ser habitual en estos casos, el tono es en general bastante hagiográfico, pero en todo caso quienes entiendan el inglés no deberían dejar de escucharlo. Ni que decir tiene, las ilustraciones musicales son espléndidas, e incluyen algunas de las mejores interpretaciones de Giulini, aunque no sólo de esta caja. Por cierto, es ésta la única oportunidad de escuchar en esta caja algo del Requiem de Verdi del que hablábamos antes; no insistiremos suficientemente en que la inclusión de estos breves fragmentos es insuficiente, porque simplemente hay que tener la grabación íntegra.

En conjunto, estamos hablando de una caja que incluye maravilla tras maravilla. Estamos hablando de un conjunto de interpretaciones en muchos casos maravillosas, y la compra de este cofre puede entenderse como una inversión de enorme valor. Pero el centenario de Giulini también ha dado lugar a otros lanzamientos interesantes, de los que hablaremos en otros artículos.

 

 

 

Autor entrada: Xabier Armendariz

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