«UN PIANISTA EXPEDITIVO» BORIS GILTBURG EN BALUARTE CON LA EUSKADIKO ORKESTRA

Clásica Xabier Armendáriz

«Un pianista expeditivo»

Viernes, 5 de junio de 2026. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Boris Giltburg, piano. Euskadiko Orkestra. Michal Nesterowicz, director. Sergei Prokofiev: Concierto para piano y orquesta número 3 en Do mayor, Op. 26, (1921). Piotr Illyich Tchaikovsky: Sinfonía número 5 en Mi menor, Op. 64, (1888). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Euskadiko Orkestra 2025-2026.

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Igual que ocurrió con Bartok o Rachmaninov, Sergei Prokofiev mantuvo durante buena parte de su trayectoria una doble dedicación, como compositor y pianista virtuoso. En el caso que nos ocupa, Sergei Prokofiev grabó un buen número de sus obras, incluyendo el Concierto para piano y orquesta número 3. Hablamos de una grabación algo olvidada, en la que al compositor le acompaña la Orquesta Sinfónica de Londres, dirigida por el italiano Piero Coppola, un intérprete más conocido por sus incursiones en las obras de Debussy y Ravel.

Si analizamos esta versión del concierto de Prokofiev, observaremos que el propio autor adopta un acercamiento hoy bastante inhabitual. Si cuando jugaba al ajedrez Prokofiev se caracterizaba por un estilo de juego muy agresivo y directo, más característico del siglo XIX que de su propia época, cuando se sentaba al piano tendía a leer las partituras desde un prisma igualmente romántico, tomándose muchas libertades respecto a lo escrito en la partitura, sobre todo en lo referente al manejo del tempo. En este sentido, el comienzo del tema con variaciones que configura el movimiento central de la obra es muy ilustrativo.

En el concierto que nos ocupa, la Euskadiko Orkestra afrontaba este mismo Concierto para piano y orquesta número 3 de Prokofiev junto al pianista israelí Boris Giltburg. Hablamos de un intérprete bien conocido entre nosotros, que dio su primer aldabonazo al conseguir el segundo premio del Concurso Internacional de Piano de Santander en 2002, una edición donde el primer premio fue declarado desierto y él era el participante más joven que alcanzó las fases finales. Desde entonces, Giltburg se ha convertido en un pianista altamente respetado, por la extensión de su repertorio y la seriedad de su concepto como intérprete.

En esta ocasión, ofreció una visión directa y expeditiva, de alta precisión en las articulaciones y en la complicadísima escritura de la parte solista. Hablamos, por lo tanto, de una interpretación muy actual, en oposición frontal a lo que el mismo Prokofiev apunta en su grabación de la obra. Michal Nesterowicz ofreció un acompañamiento muy eficaz, adoptando decididamente el concepto propuesto por Giltburg y llevándolo a la práctica con total eficacia. El resultado fue una interpretación muy efectiva y aplaudida por el público, que fue respondida por dos propinas, entre las que destacó un delicadísimo Arabesco Op. 18 de Schumann.

Quedó para la segunda parte la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky, una obra que, como tantas veces ocurre en este compositor, oscila entre la concepción formalista del género y una idea programática que, al igual que ocurrió con la sinfonía siguiente, el compositor sólo dio a conocer a medias. En cualquier caso, hablamos de una obra cíclica, cuyo eje central está en el motivo que enuncian los clarinetes justo al comienzo de la obra y que reaparece en los tres movimientos siguientes, la última vez en tono triunfal.

Michal Nesterowicz optó por un tratamiento agreste del sonido orquestal, en línea con lo que proponían las orquestas soviéticas en la segunda mitad del siglo XX. Esto pudo apreciarse ya en el desarrollo del primer movimiento, que el director polaco construyó con gran minuciosidad, y también en su descarnado final, donde la cuerda grave resonó con fuerza. El segundo movimiento fue concentrado y apasionado, quizá hasta un cierto nerviosismo por la aceleración que Nesterowicz propuso en la sección central. Pero el momento de mayor ebullición fue el dinámico movimiento final. Nesterowicz retardó lo justo y se permitió una mínima respiración para afrontar la coda final (aun así, ya se había iniciado el tradicional conato de aplauso), y los compases finales sonaron con gran determinación y energía.

En conjunto, fue un concierto de gran nivel, donde nos reencontramos con uno de los grandes clásicos de la música rusa del siglo XIX y escuchamos en acción a un pianista expeditivo, afrontando uno de los conciertos más tocados en la actualidad.

Autor entrada: xabier armendariz

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