Música Xabier Armendáriz
¿Es esto, entonces, la muerte?

Miércoles, 14 de enero de 2026. Auditorio Baluarte de Pamplona. Rachel Willis-Sorensen, soprano. Euskadiko Orkestra. Jaime Martín, director. Juan Crisóstomo Arriaga: Los esclavos felices: Obertura, (1820). Richard Strauss: Cuatro últimas canciones, (1948). Johannes Brahms: Sinfonía número 4 en Mi menor, Op. 98, (1885). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Euskadiko Orkestra 2025-2026.
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En el año 1948, Richard Strauss seguía intentando recuperarse de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Incluso sin te ner en cuenta la crisis económica, política y moral a la que debió enfrentarse Alemania tras la caída del nazismo, el compositor bávaro se sintió especialmente destrozado en un plano más personal. Las ciudades en donde más éxitos había logrado como músico (Múnich, Berlín, Dresde y Viena) habían sido severamente bombardeadas. Como bien advierte Mikel Chamizo en las notas al programa de este concierto, los apuntes que conservamos de él en ese período nos lo muestran planificando la vuelta de la actividad cultural en los países germanos en los años siguientes, algo que se convirtió para él en una obsesión. Pero en paralelo Strauss compuso también dos obras que supusieron el testamento de la tradición clásico-romántica: Metamorfosis y las Cuatro últimas canciones.
Este último ciclo es una colección de cuatro canciones, unificada bajo el citado título sin la participación del compositor. No obstante, los textos de Hermann Hesse y de Joseph von Eichendorff son suficientemente evocadores como para reforzar el carácter otoñal ya citado.
La magia orquestal de Richard Strauss aparece en ellas en toda su dimensión, muy especialmente en la que por tradición ocupa el último lugar. Cuando la soprano termina de cantar el texto con las palabras que titulan este artículo, se escucha una cita de Muerte y transfiguración, el poema sinfónico juvenil del propio Strauss, pero en un tono mucho más reflexivo que en el original.
Nunca fue fácil encontrar la soprano adecuada para interpretar estas canciones.
En el estreno, cuya grabación conservamos con sonido precario, la encargada fue Kirsten Flagstad, una soprano wagneriana que ofreció su mejor esfuerzo para hacer frente a una escritura demasiado ornamentada y lírica para ella. En el concierto que nos ocupa, la soprano estadounidense Rachel Willis-Sorensen mostró una voz firmemente apoyada en los registros central y agudo, pero no tanto en el grave.
Su mejor momento llegó en las dos canciones finales, donde pudo frasear en plenitud y con gran musicalidad, sin verse condicionada por la escritura más ornamentada de las canciones anteriores, que necesitan una voz más flexible.
La Euskadiko Orkestra ofreció un acompañamiento cuidadísimo, mostrando cada detalle de la orquestación de Richard Strauss al máximo efecto. Ya en la segunda parte, se escuchó la Cuarta Sinfonía de Johannes Brahms, una de las cumbres del sinfonismo centroeuropeo del siglo XIX. Jaime Martín, ahora director a tiempo completo y anteriormente flautista de la Sinfónica de Londres y solista de gran prestigio, ofreció una lectura clasicista, construida formalmente con gran atención. Fue en los movimientos extremos donde Martín consiguió los mejores resultados, sobre todo en una chacona final donde convirtió las variaciones centrales en un momento de gran serenidad antes del poderoso arranque final.
Sólo en el segundo movimiento habríamos echado en falta mayor concentración en algunos momentos puntuales, pero en todo caso Martín encontró la calidez del sonido brahmsiano, presidido por la seda de las cuerdas y reforzado por la calidez de las maderas y, cuando tocaba, por el mordiente de las trompas.
La sesión se había iniciado con la obertura de Los esclavos felices de Juan Crisóstomo Arriaga, obligado homenaje de la agrupación vasca por el bicentenario del fallecimiento del autor bilbaíno. Fue una interpretación bien pensada pero que demostró que, en general, la Euskadiko Orkestra debe trabajar más música del período clásico para conseguir una adaptación más natural a esta estética.
En conjunto, la principal novedad del concierto fue poder escuchar en directo las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss, último producto musical de un mundo que, en 1948, estaba en ruinas.

