Beethoven Raphal Blechacz Antoni Wit 29/01/2015

El poder de la voluntad Jueves, 29 de Enero de 2015. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Rafal Blechacz, piano. Orquesta Sinfónica de Navarra. Antoni Wit, director. Ludwig van Beethoven: Concierto para piano y orquesta número 3 en Do menor, Op. 37, (1803). Sinfonía número 3 en Mi bemol mayor, Op. 55, (Heroica), (1804). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2014-2015. En una de las lecciones que Daniel Barenboim ofreció a jóvenes pianistas, y que se incluye como complemento de su ultimísimo ciclo de sonatas beethovenianas, el maestro argentino citaba una anécdota en relación con Vladimir Horowitz. Al parecer, el maestro ruso, después de hacer las observaciones que consideró oportuno sobre su forma de abordar las sonatas beethovenianas, le hizo notar a Barenboim el gran poder de la voluntad. Por definición, el piano tiene una serie de limitaciones, entre ellas el no poder hacer un legato perfecto o conectar con exactitud varias notas, o un regulador sobre una única nota, como sí pueden hacerlo los instrumentistas de viento. No obstante, el empeño de intentar estas cosas que parecen imposibles da a las interpretaciones una intensidad indefinible que no alcanzan los demás. En el caso de un programa Beethoven como éste, las circunstancias vitales del compositor y el carácter de la música se prestan a interpretaciones titánicas, enérgicas. Todos los grandes intérpretes beethovenianos de antes y de ahora (Furtwängler, Klemperer, Szell, Zinman, Barenboim, etc.), ofrecen algo de esa cualidad prometeica, junto con el humanismo y el sentido del fraseo. Dicha combinación fue perfectamente servida en este concierto. Rafal Blechacz ya no es el adolescente que se alzó sorprendentemente con el primer premio del Concurso Chopin de Varsovia en 2005, y aunque aún sigue destacando básicamente en Chopin, en el concierto que nos ocupa mostró grandes aptitudes como pianista beethoveniano. Compuso una interpretación con todo el rango sonoro deseable, desde el lirismo más arrebatador del segundo movimiento hasta el virtuosismo y el fuego de la cadencia, incluyendo asimismo un sentido del humor muy amargo en el Finale. En todo caso, fue Antoni Wit quien gobernó la interpretación con mano de hierro, aprovechando al límite a una orquesta que parecía especialmente motivada. El público aplaudió con mucha fuerza, y se vio recompensado con una mazurca y con el Preludio Op. 28 número 7, ambos de Chopin. La interpretación del preludio, aparentemente tan simple, fue sensacional. La Heroica es una de esas obras peligrosas, porque todos la hemos escuchado tantas veces que encontrarse con una versión más puede resultar poco motivador. Pero el concepto de rutina es ajeno a Antoni Wit. Su interpretación fue enérgica, en la línea de lo que hicieron en su día en disco directores como Szell, pero no por ello perdió de vista el discurso musical, y en particular la evolución del fraseo. La marcha fúnebre sonó con tiempo fluido y sin tremendismo, pero con tensión interna y rigor, de manera que los clímax surgieron con verdadera hondura. Pero tal vez lo más logrado fue el Finale, en donde Wit supo aprovechar al máximo las distintas variaciones, sin dejarse llevar por las trampas en las que caen muchos directores historicistas. Aunque en el primer movimiento la orquesta no consiguió la precisión que Wit seguramente pretendía, el conjunto resultó en una muy buena interpretación de esta obra inabarcable. En conjunto, fue un concierto que se recordará por la magnífica interpretación del Tercer Concierto de Beethoven, en donde entre Blechacz y Wit demostraron que arrojo y voluntad titánica son los primeros ingredientes necesarios para llevar a cabo buenas interpretaciones de cualquier obra musical, y de Beethoven en particular.

Autor entrada: Xabier Armendariz

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