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Beethoven soviético

 

Quienes hayan estado atentos en los últimos días, habrán comprobado que hace pocas fechas hubo un cambio en la página de entrada de El Oído Crítico. Estos días, la música que se escucha en la página de entrada es la interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven que Wilhelm Furtwängler realizó al frente de su Orquesta Filarmónica de Berlín en marzo de 1942, una ocasión memorable y que puede encontrarse en varios sellos discográficos con sonido variable. Se trata de una interpretación sensacional, llena de tensión, como correspondía a una época terriblemente complicada en la Historia del país, y a un tiempo de guerra cuyo resultado, aunque entonces relativamente favorable para Alemania, nadie veía claro.

La razón de que esta sinfonía ocupe la página de inicio en El Oído Crítico, como bien suponen los que conocen la programación musical pamplonesa, es que el próximo día 19 de Marzo se celebra el concierto central de los festejos del sesquicentenario del Orfeón pamplonés, concierto cuya obra fundamental será precisamente la Novena beethoveniana liderada por un director tan mediático como Valery Gergiev. Y puestos a hacer un homenaje al compositor y a sus obras sinfónicas, hemos rescatado para nuestra sección de crítica discográfica una novedad de hace varios meses, que no es otra sino un cuasiciclo de sinfonías beethovenianas lideradas por un director ruso, llamado Rudolf Barshai, al frente de la Orquesta de Cámara de Moscú. Un ciclo que apenas ha sido conocido en Occidente prácticamente hasta el día de hoy y que, a nuestro juicio, reviste bastante interés.

Antes que nada, se hace necesario presentar al protagonista, que no es otro sino el gran Rudolf Barshai. Quienes estén familiarizados con la discografía de las obras de Dimitri Shostakovitch posiblemente conozcan la existencia de este director, nacido en 1924 y fallecido en Basilea en 2010. La trayectoria de Rudolf Barshai precisamente está muy unida a la del mencionado Shostakovitch, puesto que Barshai asistió a las clases del ilustre compositor en el Conservatorio de San Petersburgo, y posteriormente estrenó su Sinfonía número 14 y realizó versiones para orquesta de cuerda de algunos de sus cuartetos. Asimismo, nuestro protagonista realizó una conclusión de la Décima Sinfonía de Mahler, al parecer contando con materiales preparados a tal efecto por Dimitri Shostakovitch y Alban Berg, dos compositores que consideraron en un momento de su carrera la tarea de completar la sinfonía inacabada de Mahler pero que no terminaron nunca el encargo.

Barshai fue además viola fundador del Cuarteto Borodin, y creó la Orquesta de Cámara de Moscú. Fue asimismo un intérprete habitual en conciertos junto con el extraordinario violinista David Oistrakh, con quien tiene grabada la Sinfonía concertante para violín y viola de Mozart. Su despegue internacional se produjo cuando, a la muerte de Shostakovitch, Barshai abandonó la URSS y empezó a hacer carrera en Europa Occidental, haciéndose cargo durante algunos años de la Orquesta Sinfónica de la Wdr de Colonia. Su grabación más célebre, precisamente junto con la citada orquesta, fue la integral de sinfonías de Shostakovitch que hoy se puede encontrar en Brilliant Classics, un conjunto de extraordinario nivel y, para quien esto escribe, posiblemente la mejor vía de entrada para acercarse a las obras del autor de La nariz, al menos si lo que prima es la búsqueda de interpretaciones sinceras y conectadas de primera mano con las vivencias del compositor, (sólo Kirill Kondrashin sería una alternativa comparable, pero este ciclo se vende a un precio bastante más caro). A propósito de ello, próximamente Valery Gergiev presentará al público un ciclo de sinfonías y conciertos del compositor ruso grabado en público. Será el primer ciclo completo de obras de este compositor presentado en DVD, y aunque este comentarista no ha sido nunca especialmente partidario de Gergiev, creemos que la empresa es suficientemente importante y ambiciosa y merecerá un comentario por nuestra parte.

Pero volvamos a lo nuestro. Este cuasiciclo de sinfonías de Beethoven que presentamos data aún de la época soviética de Barshai, y fue registrada por el sello oficial del régimen, Melodiya. Esta grabación supuso el debut de Barshai como director, y al parecer en la URSS consiguió un éxito sensacional, contando asimismo con el entusiasmo del propio Shostakovitch quien, como veremos, tenía argumentos sólidos para ello, sin necesidad de fundamentarlos en su antigua relación de maestro y discípulo. Hay sin embargo un inconveniente bastante interesante. En esta serie de grabaciones, sólo se incluyen las ocho primeras sinfonías. La ausencia de la Novena, se nos indica, se debió a razones “ajenas a la voluntad de Barshai”. ¿Qué pudo evitar que se completara el ciclo? ¿Tal vez fue imposible reunir al coro y a los solistas para la sinfonía coral? ¿O acaso las autoridades del régimen exigían grabar el cuarto movimiento con el texto traducido al ruso, como ocurrió algunos años antes con las grabaciones mahlerianas de Kirill Kondrashin, y Barshai no quiso aceptar? En todo caso, es realmente lamentable la ausencia.

¿Cómo es el Beethoven de Rudolf Barshai? Como siempre, es mejor empezar diciendo lo que no es. No es, desde luego, un Beethoven wagneriano, en la tradición centroeuropea de Furtwängler o Klemperer. Sí puede ser en ocasiones un Beethoven severo, y en muchos casos el rigor rítmico es extraordinario. A veces, se intuyen ataques de cierta violencia, que parecen anticipar los enfoques de David Zinman con la Orquesta de la Tonhalle de Zúrich (RCA), y hay otros guiños al historicismo posterior, como es el respeto a todas las repeticiones previstas por Beethoven, incluso las tradicionalmente ignoradas (exposición del primer movimiento de la Heroicay de la Séptima, exposición del cuarto movimiento de la Quinta). Pero Barshai no sigue estrictamente las indicaciones metronómicas atribuidas a Beethoven, ni parece querer buscar exhibicionismos inútiles, cosas todas ellas muy favorables.

Lo que juega, sin embargo, en contra de Barshai es fundamentalmente la calidad de la orquesta. Las maderas y las cuerdas tienen en estas interpretaciones una acidez que se agradece en muchos casos, pero los metales carecen de nobleza y suenan muchas veces desabridos, broncos. Los ejemplos son muy numerosos, pero sobre todo el Trío del Scherzo de la Heroica puede servirnos como modelo gráfico de lo que puede ocurrir cuando las trompas toman excesivo protagonismo. Analicemos las interpretaciones sinfonía por sinfonía.

La versión de la Primera es de rigurosidad toscaniniana y de construcción perfectamente clásica. En los movimientos extremos, hay energía a raudales, y el Scherzo se plantea con una precisión rítmica pasmosa y con una variedad y sabiduría en la administración de los acentos realmente admirable. Quizá no alcanza ese nivel el segundo movimiento, que aunque no llega a sonar frívolo, como les ocurre a muchos directores de hoy, (Harnoncourt, Zinman, Abbado…), sí resulta de una altura algo inferior al resto de una interpretación más que interesante.

Lo de la Segunda Sinfonía sí es verdaderamente referencial, para quienes no les importe el sonido toscaniniano de los movimientos primero, tercero y cuarto. La precisión rítmica de estos movimientos es admirable, y destaca sobre todo un tercer movimiento en el que, al contrario que en la sinfonía precedente, queda más claro el aire de Scherzo, al tomar Barshai un tempo más rápido y medir más claramente a dos, y no a tres tiempos como en la sinfonía anterior. La joya de la corona, sin embargo, es el Andante, tomado con calma y con poesía infinita. A nuestro juicio, esta interpretación está al nivel de las mejores de la obra, y demuestra por qué los primeros oyentes de la sinfonía se quejaron, al ver en ella un salvajismo al que no estaban acostumbrados.

La Heroica no llega a ese nivel, aunque la interpretación sigue siendo muy buena. El problema fundamental es el primer movimiento, que aunque está tomado a un tempo perfectamente posible, como muchos directores han demostrado, aquí puede sonar por momentos algo pesante. Los demás movimientos mejoran mucho el nivel, a partir de una Marcha fúnebre de gran profundización sin necesidad de pomposidad postiza al estilo Karajan. El Scherzo y el Finale, dejando al margen las reservas sobre los metales, son admirables.

La interpretación de la Cuarta Sinfonía es sencillamente admirable. Ya desde los primeros compases de la sombría introducción de la obra se percibe que Barshai ha llegado a una comprensión profunda del sentido de la obra, y el estallido orquestal que inicia el Allegro resulta de una contundencia extraordinaria. Sigue a partir de ahí una interpretación festiva y alegre, de tempi ligeros, en la que de todas formas los pasajes dramáticos también tienen su relieve. Posiblemente lo mejor de esta versión sea el Scherzo, y muy particularmente el Trío, tomado al mismo tempo que el resto del movimiento, y que adquiere aquí una rusticidad que no podrá encontrar el lector en otras muchas versiones. En conjunto, esta interpretación está al nivel de las de Bruno Walter, Arturo Toscanini, Willem Mengelberg, etc.

La versión de la Quinta Sinfonía es en general muy académica, pero no carece de interés. Es una interpretación muy ordenada, al estilo de la vieja escuela, con tempi muy mesurados, algo especialmente perceptible en el Finale. Pero hay en la interpretación una contundencia, una pausa y una reflexión desconocida para otros directores, y que le otorga un cierto atractivo, haciendo de esta versión una interpretación muy interesante para conocer bien la obra y muy superior a otras más conocidas, como las de los dos últimos ciclos de Karajan. Aunque, por supuesto, aquí las referencias hay que buscarlas en otro sitio: Furtwängler (D.G., 1947), Richard Strauss (igualmente D.G.), Klemperer (Emi), o Harnoncourt (Warner Classics) entre otros.

La Sexta ha tendido a ser siempre la sinfonía más problemática para los directores que han afrontado el ciclo de las sinfonías de Beethoven, pero para Rudolf Barshai no supone mayor complicación. Estamos aquí ante una Pastoral decididamente rural, nada que ver con los directores urbanitas que, bien no entienden el bucolismo de la obra (Karajan o Solti), o hacen de él la parte fundamental de la interpretación, sublimando el significado de la obra (Giulini, furtwängler, Klemperer, etc.). Barshai no cuenta con una orquesta especialmente refinada, pero esto lo usa a su favor para crear un ambiente de gran rusticidad que funciona muy bien en los tres movimientos finales. Es verdad que, al tempo rápido al que se toma el Scherzo, unos campesinos que bailaran con zuecos difícilmente podrían seguir el ritmo, pero el Trío no resulta pesado, al contrario de lo que ocurre en tantas versiones. La tormenta es una tormenta de verano, ni más ni menos, y no hay énfasis añadidos, (compárese sobre todo con Karajan, que intenta sorprender a todos con un despliegue orquestal a todas luces excesivo). El final resulta de una sencillez desarmante. Los dos primeros movimientos fluyen con naturalidad y mantienen el aire bucólico necesario, pero es cierto que en comparación con las interpretaciones más logradas se quedan algo cortos de poesía y hay demasiado rigor en el tratamiento del tempo. En todo caso, y aunque la interpretación no llegará a la altura de los Böhm, Furtwängler, Giulini o Klemperer, resiste perfectamente la comparación, cuando no es directamente superior a casi cualquier otro director que se nos ocurra, por ilustre que sea.

La Séptima tiene aquí una interpretación que va claramente a más. El primer movimiento se inicia con una introducción especialmente solemne, y el Allegro suena con considerable precisión rítmica, aunque a un tempo muy calculado, posiblemente excesivamente lento. Todo mejora en el Allegretto, tomado aquí como Andante, (como era entonces tradicional), y los dos últimos movimientos tienen la energía, el vigor rítmico y la fuerza beethoveniana que todos asociamos con esta obra. No llegará el conjunto al nivel de un Furtwängler o un Klemperer, pero el resultado de esta versión de Barshai convence plenamente.

Lo de la Octava Sinfonía es simplemente sensacional. Posiblemente Barshai tenía aquí como referente la Sinfonía Clásica de Prokofiev, y se observa eso en los ataques, especialmente incisivos, en los dos primeros movimientos. El rigor clásico está garantizado, y las maderas de la orquesta tienen magníficas ocasiones de lucirse, especialmente en el Trío del Minueto. En conjunto, una gran interpretación de esta obra singular, tantas veces incomprendida.

En conjunto, es éste un cuasiciclo beethoveniano que no sobra en ninguna fonoteca. Las versiones alcanzan en conjunto un nivel altísimo, y sólo es de lamentar la ausencia de la Novena Sinfonía, que habría completado un ciclo seguramente sensacional. Lo bueno de no disponer de la sinfonía que completaría el ciclo es que Barshai no tiene que competir, de esta manera, con la legión de versiones disponibles del ciclo completo, encabezadas por las de Wilhelm Furtwängler y Otto Klemperer (Emi), Bruno Walter (Sony) y Willem Mengelberg (Decca). Quienes busquen versiones más recientes del ciclo completo, pueden buscar en el segundo ciclo de Leonard Bernstein (D.G.), Daniel Barenboim (Decca), Maris Jansons (BR Classik) y David Zinman (RCA), estas dos últimas integrales ideales para quienes busquen una aproximación más ligada a criterios historicistas. Pero, insistimos, esta serie de grabaciones por Rudolf Barshai en nada tiene que envidiar en general a la mayoría de directores mencionados, y supone una aportación importante a la historia de la fonografía beethoveniana.

 

 

 

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