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Bach esencial

 

En las fechas en las que nos encontramos, tan propicias para los regalos y para encontrarnos con familiares y amigos, también puede haber tiempo para realizar una inmersión en algunas obras que, durante el resto del año, no solemos poder degustar en toda su magnitud. Una de las obras en las que ese esfuerzo resulta particularmente interesante es El clave bien temperado de Johann Sebastian Bach, ese monumental conjunbto de 48 preludios y fugas en todas las tonalidades que el compositor alemán escribió entre 1722 y 1749. Sin duda, fue una de las obras más influyentes de Bach, incluso durante la época en la que este compositor sufrió ese supuesto “olvido” del que tantas Historias de la Música nos han informado. En realidad, Bach siempre contó con el apoyo de los grandes compositores de todo tiempo y lugar después de su muerte, y si en la segunda mitad del siglo XVIII Johann Chrisstian Bach o Carl Philipe Emanuel Bach eran más populares, los preludios y fugas de El clave bien temperado siempre fueron apreciados. Un siglo más tarde, Hans von Bülow presentaba la obra como “el Antiguo Testamento” para los pianistas, entendiendo que el Nuevo Testamento lo componían las sonatas para piano de Beethoven, de las que esperamos hablar pronto en detalle a propósito de un ciclo terminado de grabar recientemente después de casi cuarenta años desde su inicio.

Hoy nos ocupa una nueva grabación del primer libro de El clave bien temperado de Bach, realizada por un pianista que poco tiene que ver con el circuito habitual de los virtuosos actuales. Pierre-Laurent Aimard, pues de él estamos hablando, comenzó su carrera como pianista actuando como tal en el Ensemble Intercontemporain de Pierre Boulez, donde dio a conocer buena parte del repertorio contemporáneo, pero años después el público lo conoció mejor cuando nada menos que Nikolaus Harnoncourt, el pionero de la interpretación historicista, le llamó para grabar junto con él los conciertos para piano y orquesta de Beethoven. Siendo ésta una integral bastante polémica en su momento, con la perspectiva del tiempo podemos decir que se ha convertido en un clásico, y aunque las referencias de los conciertos de Beethoven están en otras grabaciones, (básicamente Zimermann con Bernstein en D.G. y Barenboim con la Staatskapelle de Berlín en Decca), la versión de Aimard y Harnoncourt tiene una importancia histórica que no debe ser despreciada.

Posteriormente, Pierre-Laurent Aimard fichó como pianista en solitario para D.G., y sorprendiendo a propios y extraños, presentó un registro de El arte de la fuga de Bach que en su momento obtuvo división de opiniones entre la crítica, y ahora, unos cuantos años después de aquella grabación, regresa a Bach para interpretar el primer libro de El clave bien temperado. Sólo que, al contrario que en el caso de El arte de la fuga, la discografía de El clave bien temperado en piano moderno sí es muy abundante, desde la pionera grabación del gran Edwin Fischer (Emi, 1936), hasta András Schiff en su registro más reciente, pasando por Glenn Gould, Rosalyn Tureck o Daniel Barenboim. ¿Qué sería capaz de aportar Pierre-Laurent Aimard de nuevo a una obra que se ha grabado tantas veces?

Lo primero que llama la atención al escuchar las interpretaciones de Pierre-Laurent Aimard es, sobre todo, la sobriedad con la que afronta la obra. Se nota que, después de todo, Aimard se formó interpretando repertorio contemporáneo, y por consiguiente no encontraremos aquí ningún gesto sorprendente, como los que se pudieran esperar de un Glenn Gould o Friedrich Gulda, por citar a dos pianistas muy conocidos que han grabado la obra siguiendo esos presupuestos. Aimard escoge siempre tempi juiciosos, dejando que la música fluya. Los adornos se introducen en el discurso con plena naturalidad, de manera que uno es apenas consciente de que están presentes a menos que no tenga la partitura delante para comprobarlo. Los recursos pianísticos se usan con moderación, y en ningún momento Aimard pretende imitar el sonido clavecinístico, pero a la vez el resultado no suena romántico en general ni chopiniano en particular.

Y por fin, lo más importante. Es difícil encontrarse con una versión donde el discurso contrapuntístico fluya de una manera más eficaz. Nuevamente uno es consciente de ello sobre todo cuando puede seguir la obra con partitura delante, porque entonces puede uno asombrarse con la extraordinaria disección de la monumental Fuga en Do sostenido menor, una colosal construcción a cinco voces que, casi tres siglos después de haber sido compuesta, aún nos parece algo extraordinario. Pero Aimard no baja la guardia cuando el número de voces es menor, como puede observarse en la Fuga en Mi menor, que tantas veces ha pasado por ser la Cenicienta del ciclo por aquello de que es la única fuga a dos voces del Primer Libro. Aimard nos regala en conjunto una versión sin gestos espurios, sin nada que no sea esencial. Es decir, puro Bach al teclado, lejos de academicismos y de informalidad gratuita.

El resultado probablemente no sea el más conveniente si se desea escuchar preludios y fugas sueltos. En esos casos, pueden ser preferibles algunas de las versiones que hemos citado, particularmente las de Edwin Fischer (Emi), o Friedrich Gulda (Decca), ambos pianistas que, cada uno a su estilo, consiguieron cotas importantes en algunas obras sueltas del ciclo. En concreto, Edwin Fischer seguía la corriente de la época y utilizaba plenamente los recursos pianísticos, incluso ampliando el ámbito original bachiano para construir algunos pedales pseudoorganísticos que resultan pertinentes para quienes no sean historicistas a ultranza. Gulda sí presenta algunas decisiones algo más polémicas, pero aportó una frescura y un saber hacer con estas obras que otros pianistas más celebrados que él, como Glenn Gould, nunca alcanzaron.

Pierre-Laurent Aimard es, sin embargo, imbatible a nuestro juicio para quienes quieran una grabación integral del primer libro de El clave bien temperado. La versión de Aimard, con la claridad y la falta de gestos a la que aludíamos, es ideal para seguirla de principio a fin, y especialmente con una buena edición delante, (quiero decir, una edición sin añadidos editoriales como ornamentaciones o indicaciones de articulación y expresión no previstas por Bach). En la interpretación de Aimard, el ciclo es superior a la suma de sus partes.

La comparación con los clavecinistas no ha lugar, porque los recursos del clave y del piano son muy diferentes, como precisamente Pierre-Laurent Aimard demuestra en el registro que comentamos. Ahora que va a ser publicado el registro del clavecinista Kenneth Gilbert para Archiv, quien quiera podrá volver a disponer de una de las versiones al clave más prestigiosas durante mucho tiempo a buen precio y con otros añadidos apetecibles, como los conciertos para teclados junto con Trevor Pinnock, entre otros. Para quienes preferimos el Bach pianístico, Aimard se ha convertido en una alternativa muy firme, y sinceramente no vemos el momento de que se decida a grabar el segundo libro que completaría, posiblemente, el mejor ciclo de El clave bien temperado jamás llevado al disco.

 

 

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