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Elogio de la precisión

 

Jueves, 13 de Noviembre de 2014. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Vanessa Navarro, soprano. César San Martín, barítono. Escolanía del Orfeón Pamplonés. Juan Gaínza, director de la escolanía. Orfeón Pamplonés. Igor Ijurra, director del coro. Orquesta Sinfónica de Navarra. Cristóbal Soler, director. Aaron Copland: Billy el niño: Juego de cartas nocturno y danza de celebración, (1938). Aaron Copland: Primavera apalache: Suite, (versión de 1945), (1944). John Rutter: Misa de los niños, (2003). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Navarra 2014-2015.

 

En los años treinta y cuarenta del siglo XX, dos directores de orquesta se disputaban la primacía entre sus contemporáneos. En Alemania, Wilhelm Furtwängler, con su estilo subjetivo, abundante en modificaciones de tempo y rico en imaginación, era el traductor ideal de la música sinfónica desde Beethoven a Brahms. Al otro lado del Atlántico, Arturo Toscanini mostraba un estilo objetivo, de una precisión inflexible, con acordes orquestales ocasionalmente como martillos. Para comprobarlo no hay más que escuchar a este último los acordes iniciales de la Heroica de Beethoven.

Aaron Copland, que trabajaba bajo la influencia de Stravinsky y en un país donde Arturo Toscanini dominaba el panorama musical, exige una precisión rítmica extrema en las secciones rápidas de sus obras. Pero también es asimismo importante la precisión en una obra como la Misa de los niños de Rutter, donde los juegos rítmicos constantes del Gloria y la armonización de los diversos coros también requieren ese trabajo. A estos efectos, Cristóbal Soler fue un director adecuado.

Después de la breve selección de Billy el niño de Copland, la suite de Primavera apalache fue un acierto. Ya desde el comienzo de la interpretación, en donde el clarinete solista realizó una actuación muy destacada, Soler recreó el ambiente de espacios desérticos característicos de la América profunda, una sensación que igualmente pudo percibirse al final. Pero tal vez la mayor muestra de dominio sobre la obra se dio en las secciones centrales, más rítmicas, en donde Soler demostró que, más que una aceleración excesiva, son el orden y la precisión los que consiguen resultados. Después de intensos segundos de silencio, el público aplaudió con fuerza.

La música de John Rutter no es desconocida en el mundo coral. Sus señas de identidad son claras: son obras agradables, armónicamente elaboradas aunque sin grandes disonancias, y con algunas secciones rítmicamente más complejas pero no inasumibles. En suma, John Rutter es un buen compositor para los coros, cuyas obras se cantan por todas partes, porque funcionan bien entre el público. Esta Misa de los niños, que incluye todo el ordinario de la misa a excepción del Credo y que añade textos literarios de autores ingleses en el Kyrie y en las dos partes del Agnus Dei, no es una excepción, y luce de manera adecuada tanto a la orquesta, como a los coros y al director. La escolanía juega un papel particularmente importante.

Cristóbal Soler condujo el conjunto de manera muy adecuada, sin renunciar al lirismo del Kyrie y el Sanctus, y llevando con vigor el Gloria, el movimiento más espectacular de la misa. Sin embargo, quizá el momento más conseguido fue la primera parte del Agnus Dei, que adquirió todo su dramatismo. Fue especialmente meritoria la manera en que consiguió mantener la tensión, habida cuenta de que tuvo que detenerse la interpretación por un pequeño accidente ocurrido a uno de los niños de la escolanía durante el Sanctus.

La Escolanía del Orfeón Pamplonés realizó un trabajo admirable. Siempre precisos en la afinación, frasearon con muchísimo gusto y fueron los grandes protagonistas de la interpretación. El coro adulto realizó asimismo su actuación con gran diligencia. Las partes solistas de la obra, que no son complicadas, funcionaron bien en las voces de Vanessa Navarro y César San Martín, aunque puntualmente echamos de menos voces de mayor entidad.

En conjunto, fue un concierto que demostró la magnífica forma en que se encuentra la Escolanía del Orfeón Pamplonés, además de la importancia que tiene la precisión rítmica, especialmente en determinadas músicas de los siglos XX y XXI.