IVO POGORELICH HACE «LO IMPREVISIBLE» EN EL GAYARRE

CLÁSICA Xabier Armendáriz

Lo imprevisible

Domingo, 19 de Mayo de 2019. Teatro Gayarre de Pamplona. Ivo Pogorelich, piano. Wolfgang Amadeus Mozart: Adagio para piano en Si menor, KV 540, (1788). Ferenc Liszt: Sonata para piano en Si menor, S. 178, (1853). Robert Schumann: Estudios sinfónicos, Op. 13, (incluyendo las variaciones póstumas publicadas por Johannes Brahms en 1890 como preludio), (1835). Concierto inscrito en el Ciclo de Grandes Intérpretes del Teatro Gayarre 2018-2019.

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La globalización ha llegado a la música clásica. Casi todos los pianistas jóvenes de hoy tienen una técnica muy desarrollada, pero llegado el momento de interpretar obras del gran repertorio decimonónico, se delata su carencia de ideas y, en definitiva, su falta de personalidad. Al final, necesitamos tomar aire y escuchar a pianistas que, sin ser muy académicos, no dejan indiferente a nadie y tienen cosas muy importantes que decir.

Este último concierto del Ciclo de Grandes Intérpretes del Teatro Gayarre concitaba la expectación de muchos aficionados. Ivo Pogorelich fue uno de los principales pianistas en los años ochenta y primeros noventa, cuando grabó para Deutsche Grammophon varios discos con interpretaciones fundamentales (preludios de Chopin, Sonata de Liszt y Gaspard de la nuit de Ravel, entre otros). Ahora, Pogorelich sigue actuando en concierto y está volviendo al mercado; de hecho, acaba de firmar un contrato discográfico con Sony Classical.

Sin embargo, el pianista que deslumbró en los años 1980 poco tiene que ver con el que se escuchó en el Teatro Gayarre. Lo demostró claramente en la Sonata en Si menor de Liszt, en la que se mostró “más allá del bien y del mal”, al margen de cualquier comparación con cualquier otra versión de la obra que hayamos escuchado. Pogorelich realizó una lectura muy lenta, (alrededor de 40 minutos, si no más, en una obra que no suele durar mucho más de treinta), y despojada de cualquier virtuosismo. Eso sí, hubo drama desde el principio hasta el final y el serbio maximizó la tensión de los silencios, especialmente alargados por el tempo elegido. No faltaron los arranques de potencia marca de la casa y las secciones líricas fueron tomadas con una lentitud que, por momentos, se hacía insoportable. Pero milagrosamente, y al contrario de lo ocurrido en la última presencia de Pogorelich en este ciclo, el edificio se mantuvo en pie y el pianista completó la versión más extrema y discutible, pero al mismo tiempo más genial por momentos, que recordemos haber escuchado en vivo de esta obra.

La segunda parte comenzó con una decisión discutible. Pogorelich interpretó los Estudios sinfónicos de Robert Schumann, una serie de doce variaciones sobre un tema del barón Von Fricken, tutor de la entonces prometida del compositor. Originalmente, la obra constaba de diecisiete variaciones, de las cuales cinco fueron descartadas antes de su publicación original, pero Brahms las restauró en una edición posterior. Los intérpretes actuales suelen intercalar las variaciones póstumas en el ciclo o añadirlas antes del movimiento final, pero Pogorelich decidió tocarlas antes de presentar el tema, algo aparentemente difícil de entender. Pero nuestro pianista consiguió que todo tuviera sentido; esas variaciones fueron tocadas como si la música se deshiciera por momentos. Al llegar “la obra en sí”, todo pareció mucho más convencional, con un Schumann tierno y delicado en las secciones líricas y fogoso en las virtuosísticas, sin ninguna precipitación. El final fue un tratado sobre cómo hacer crecer el tema hasta una culminación de gran fuerza.

El triunfo de Pogorelich fue importante y el concierto terminó con un Vals triste de Sibelius donde cualquier referencia a la danza vienesa era pura coincidencia, pero el sentido dramático fue escalofriante. En fin, fue un concierto donde reinó lo imprevisible, ese aspecto tan perdido en nuestra práctica musical clásica que hoy conviene recuperar.

Autor entrada: xabier armendariz

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