ORQUESTA SINFÓNICA DE EUSKADI «NI UNA TOS» EN BALUARTE

CLÁSICA Xabier Armendáriz

Ni una tos

ORQUESTA SINFÓNICA DE EUSKADI

Martes, 7 de mayo de 2019. Auditorio y Palacio de Congresos Baluarte de Pamplona. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Robert Treviño, director. Gustav Mahler: Sinfonía número 9 en Re mayor (1909). Concierto inscrito en la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi 2018-2019

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Uno de los grandes intérpretes mahlerianos de los años 1980 fue el alemán Klaus Tennstedt. Este importante músico procedía de la RDA y aprovechó una gira de conciertos por Suecia para pedir asilo en Alemania occidental, paradójicamente para vivir a sólo a unos pocos kilómetros de su residencia anterior.

Tennstedt dirigió en aquellos años a las mejores orquestas del mundo en una carrera irregular, lastrada por la propia inseguridad del maestro y sus problemas de salud, prácticamente constantes. Tennstedt hacía muy bien toda la literatura sinfónica alemana, pero destacaba en Mahler, con quien se sentía más que identificado. A su parecer, cualquier otro compositor permite cierta “neutralidad” del intérprete, pero no es el caso de Mahler.

Robert Treviño cumple este año su segunda temporada como director titular de la Orquesta Sinfónica de Euskadi y además ha tomado mucha responsabilidad en esta labor, implicándose en muchos programas.

El maestro norteamericano ha dirigido con mayor o menor acierto obras de compositores muy variados (Beethoven, Prokofiev, Verdi, etc.), pero en ninguno de ellos ha destacado tanto como con las obras de Mahler, un autor con el que parece mostrar un dominio particular.

En el concierto que nos ocupa, se hacía cargo de la Novena Sinfonía, una obra tardía del autor en la que ya se aprecian las características de escritura de Schönberg y Berg, siempre mirando al futuro. La Sinfónica de Euskadi, siempre en plenitud, se adapta en esta época muy fácilmente al sonido noble y lírico en general, pero también áspero y contundente cuando es necesario para la obra. Fue el solista de trompa en particular uno de los grandes protagonistas del concierto.

Ya se apreciaba todo esto desde el primer movimiento, con ese angustioso ritmo inicial que a Bernstein le recordaba al corazón enfermo del compositor. Treviño supo construir el movimiento con paciencia, en particular sus tres grandes clímax, reservando la fuerza para el momento más adecuado.

El Ländler del segundo movimiento fue tomado con más drama que humor; el segundo vals, el más rápido de los tres, resultó quizá demasiado acelerado, pero en cualquier caso el resultado fue satisfactorio.

El tercer movimiento, que es uno de los Scherzos más alucinados de la literatura sinfónica, sonó con toda la fuerza necesaria, pero lo mejor fue la sección central porque al final, le faltó un último grado de locura para funcionar.

El gran momento de toda la versión fue el Finale, ese tiempo lento de extraordinario lirismo y que termina con esos memorables minutos en los que la música de Mahler, con esa orquesta aparentemente tan enorme, se pierde en un pianissimo constante. Robert Treviño supo dotar de cuerpo a ese final y consiguió mantener la tensión durante unos interminables segundos de silencio en los que no se escuchó ni una sola tos.

En conjunto, fue un concierto memorable en el que Robert Treviño demostró que Gustav Mahler es el compositor con el que consigue mejores resultados. El año que viene, podremos escucharle la Segunda Sinfonía con el Orfeón Donostiarra y en otras ciudades hará con la OSE también La canción de la tierra. A tenor de lo escuchado ahora, hemos de esperar lo mejor.

Autor entrada: xabier armendariz

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