LA JOVEN ORQUESTA GUSTAV MAHLER «UN ORQUESTÓN» EN BALUARTE

CLÁSICA Xabier Armendáriz

Un orquestón

Sábado, 9 de marzo de 2019. Auditorio Baluarte de Pamplona. Elena Zhidkova, mezzosoprano. Joven Orquesta Gustav Mahler. Jonathan Nott, director. Alban Berg: Tres piezas para orquesta, Op. 6 (1915). Gustav Mahler: Cinco canciones sobre poemas de Friedrich Rückert (1902). Jesús Rueda: La Tierra,(2007). Dimitri Shostakovitch: Sinfonía número 15 en La mayor, Op. 141 (1971). Concierto inscrito en la Temporada de espectáculos de la Fundación Baluarte 2018-2019.

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En Pamplona se han escuchado conciertos de grandes orquestas en los últimos años. Recordamos aún algunas actuaciones notables, como aquel memorable concierto de Frübeck de Burgos con la Filarmónica de Dresde o la imponente Cuarta Sinfonía de Bruckner que realizó el gran Jirí Behlolavek con la Sinfónica de la BBC. El concierto que ahora nos ocupa, que ofreció la Joven Orquesta Gustav Mahler con Jonathan Nott a la batuta, se cuenta desde ahora entre esas ocasiones. Es bien sabido que este conjunto, fundado por Claudio Abbado, se forma mediante un rigurosísimo proceso de selección, al que se presentan más de 2.000 candidatos para algo más de 120 plazas. Escuchar a una orquesta de este calibre a pleno rendimiento siempre es un pequeño milagro, de esos que sólo la música puede ofrecer.

Dicho esto, la Joven Orquesta Gustav Mahler se enfrentaba a un programa de máxima exigencia tanto para los intérpretes como para el público. Nada más indicativo para iniciarlo que las Tres piezas para orquesta, Op. 6 de Berg, obra compuesta en plena Gran Guerra y en la que el autor austríaco bebe de profundas influencias mahlerianas (Sexta Sinfonía) para construir un fresco sinfónico de tremenda potencia expresionista. Jonathan Nott, director en esta sesión, es un gran especialista en el repertorio contemporáneo, y se nota. Es muy complicado organizar el tejido polifónico de una obra como ésta de Alban Berg y Nott lo realizó con una suficiencia extraordinaria.

No resultaron tan interesantes los Rückert-Lieder de Mahler. La ejecución orquestal fue igualmente impecable, pero la magia poética apenas apareció. Quizá la principal razón fue la mezzosoprano rusa Elena Zhidkova, una voz atractiva pero sin el poso que demanda la escritura mahleriana y que cantó las canciones con demasiado espíritu operístico. Además, Nott tomó tempi muy rápidos, que impidieron escuchar algunos de los detalles orquestales más interesantes de Mahler (Ich atmet’ einen Linden Duft). Eso sí, la canción de cierre (Ich bin der Welt abhangen gekommen), origen del Adagietto de la Quinta Sinfonía, sí alcanzó todo su sabor, con un gran solo de corno inglés.

La obra larga de la segunda parte fue la Sinfonía número 15 de Shostakovitch, en la que el autor soviético se recluye en sí mismo para ofrecer una composición de una tremenda sinceridad, sin la superficialidad que desgasta las sinfonías más oficialistas. En esta sinfonía se observó todo el potencial de la orquesta, con una actuación imponente de los solistas de todas las secciones (flauta, violín, violonchelo, trombón, etc.). Pero por encima de todo, primó la visión de conjunto. Jonathan Nott ofreció una lectura sin concesiones que alcanzó la cima en un tremendo segundo movimiento, que es una de las marchas fúnebres más imponentes de la Historia. El mismo final de la obra, tan dubitativo, provocó unos segundos de impresionante silencio por parte del público.

Se hace difícil comentar La Tierra de Jesús Rueda en este contexto; es una obra de gran lucimiento orquestal y que en otras situaciones podría haber funcionado mejor que antes de la sinfonía de Shostakovitch. Pero en cualquier caso, fue un concierto para aficionados que, sin dejarse impresionar por la dureza del repertorio, conocen y aprecian el esfuerzo que cuesta conseguir estos resultados.

Autor entrada: xabier armendariz

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